Conversación inspiradora
En un bar, a medianoche, en medio de una inspiradora conversación con dos editores, uno de ellos obsesionado en hacernos notar que era un «músico frustrado», el otro convencido de que los tocamientos en donde no sale sol equivalían a un manjar de los dioses digno de degustar en cada acto amatorio y yo, fiel oyente, observador a medias, perdido en mis cavilaciones, e ido por el cansancio producto de un largo viaje, de pronto, cervezas iban y venían, por primera vez en mi vida, la charla se volvió literaria en el sentido más sublime de la palabra. Para mí, fue una dosis vital de emoción, una sacudida de placer extremo, inusual. Carajo, nunca me pasa eso cuando me reúno con escritores, poetas o editores. Por el contrario, las eventuales reuniones que tengo con ellos, son vanas, triviales, de exagerada desvinculación con la literatura. En cambio, esta vez, fue diferente. Pero quiero puntualizar solo una parte de esta velada. Lo voy a recrear a mi modo, de una manera sencilla, elemental, sin aspavientos ni exageraciones. Mi amigo editor, el autor – expositor – narrador de lo que voy a referir a continuación, expuso estos sucesos de una manera poética, literaria y magistral.
—El azar, la rueda de la fortuna, el designio del creador que todo lo ve —refirió—, puso en mi camino a una mujer celestial, de belleza inhumana. Poseía cien kilos de placer, un culo exageradamente redondo y un clítoris de dos centímetros…
—¡Ala…! —intervino el editor adjunto, a medio metro de mí.
—Sí, es muy grande —confirmé.
En los próximos minutos, no exagero, con palabras rebuscadas pero fáciles de entender, ceñido a una precisión inquebrantable en cuanto a los tiempos y lugares, mi amigo (ganador del premio Copé, Norma y otros galardones importantes que todo escritor y aspirante a serlo, quisiera tener), hizo gala de sus dotes de narrador experimentado. Contó, sin llegar a la vulgaridad y con mímicas de orador, cómo esa proyección exagerada del órgano reproductor femenino que acababa de mencionar, se erguía con rigidez extrema al compás de su lengua exploradora. «Parecía un mástil de acero en miniatura, una ponzoña redondeada gigante, una bala de cuero», decía, eufórico, con el vaso lleno de cerveza en una de sus manos. Debía proceder con ese ritual amoroso, explicó, porque ella, el gran amor de su vida de ese entonces, no llegaba al clímax de otro modo. Aun si la amaba con vehemencia, con delicadeza o fuerza, por mucho o por poco tiempo, por horas o minutos, esa forma convencional de consumar el amor no iba con ella, enfatizó. Nada, el clímax no surgía de otra forma que no fuera estar debajo de sus entrepiernas. El desenlace, no obstante, la hora del «chorreo», del «vaceo», venía en chorros, en «asperjada lluvia» que lo inundaba a cara llena.
—Una vez, al descubrir en ella una infidelidad con un mecánico, se postró de rodillas ante mí para implorar perdón. Sus loas incluían juramentos y promesas. Decía la guarra: «Te juro amor, por Diosito, que se propasó conmigo. Yo no quise. Yo me rehusé. Yo cerré las piernas con fuerza, ¡grité!, ¡lloré!, ¡imploré!, pero el maldito, debido a su fuerza superior, consumó la profanación a mi sagrado cuerpo. ¡Te lo juro! ¡Así fue! Ese mal paso hoy me condena y me está matando de a pocos, porque a es ti a quien amo más que nadie en el mundo, no hay ni habrá otro a quien yo ame como te amo a ti, idiota, mal parido, ¿eres o te haces el loco?, ¿no ves que ando loquita por ti?».
—¿Y seguiste con ella, huevón? —le preguntó mi otro amigo.
—¡La amaba! Claro, seguimos. ¡Nuestro amor fue mucho más intenso!
El aludido, llamémosle «El abanderado de los premios literarios», continuó sin pausas: «Años después la encontré en una esquina de la laberintosa Lima». En esta parte, en una jugada maestra propia de los verdaderos literatos, se adelantó a la historia en un tramo de tiempo considerable. Contó, con lujo de detalles, un encuentro con ella en el futuro. La encontró, precisó, en una esquina de una avenida concurrida. Tras los saludos usuales del caso, él, en parte a modo de broma, también por la nostalgia, se atrevió a sugerirle que, si hubiesen continuado juntos, ella sería la madre de sus hijos. Fue una pésima idea decirle lo dicho. Ella, con una voz un tanto ronca, agarrándole del cuello con violencia tras una brutal mentada de madre, le increpó sin miramientos: «qué chucha te pasa huevón, respeta, tengo mi novia».
—¡Anda, loco!, ¿te pasó todo eso?, ¡increíble! —intervino el otro editor.
—Sí. En ese momento, todo empezó a tener sentido en mi cabeza. La había visto antes, varias veces, pasar cerca de mí. De ser esa mujer robusta y contorneada, a mi medida, la mejor para mi gusto, pasó, poco a poco, a ser una figura aún más escultural pero provista de músculos. Iba al gimnasio todos los días, lo había notado. Esos brazos gruesos y grasosos, se hicieron de fibra. Esa cintura antes flácida, se hizo plana e impenetrable. Ese cuello blando, joder, se hizo venoso. El día que me levantó sobre la superficie del suelo para refregar en mi cara pelada que tenía novia, me oriné de miedo, empecé a temblar, puta madre, me dije: «esta cojuda me va a meter un consolador por el occipucio por haberla enervado, Dios mío, auxilio, no quiero pagar esta osadía». Gracias a mis súplicas, por suerte, me dejó ir ileso. Pero no me olvido de lo que ocurrió en la época de nuestro idilio. Ahora lo recuerdo más que nunca, siempre estarán en mi mente esos sucesos inolvidables y perturbadores que viví.
Y aquí, como ya lo advertí, volvió al punto de partida de su historia: al tiempo preciso de inicio de su historia de amor. Con ella, reafirmó, el amor se introdujo en sus entrañas y copó toda fibra de ese cuerpo joven y ansioso de amar. Lo del mecánico, según él (yo no le creí esta parte), dejó de ser importante. Para ella, no obstante, se convirtió en una obsesión. En los momentos de intimidad, para borrar esos recuerdos indeseables, le pedía, con lágrimas, envuelta en llanto inconsolable, un par de nalgadas, «para que sea él, su adorado escritor, y no ese carachoso, ese mecánico abusador, peneloco, violín y horrible hombre, a quien le recuerde».
—La jijuna empezó con «dame palmadas en mis nalguitas», luego «dame tu saliva», «ahórcame», «dame una cachetada», «golpea a tu perra, mariconcito, como hombre», hasta, «hijo de… las mil y una… madre que te parió…, sácame la m…». Pero yo no pude, no quise, no me dio la gana hacerlo.
—Estás metiendo floro, pendejo. Yo sé que las mujeres tienen un único propósito en sus vidas y es sexual, y sé que son como huecos sin fondo, traidoras y desleales, pero eso que cuentas, no tiene lógica, no es normal —intervino el editor adjunto.
—Cierto —aseveré, no sé si con o sin razón.
—Ahí no acabó la función —continuó el abanderado de los premios literarios—. Un día, ella, de estar besándonos con pasión y ternura, me hizo una llave maestra desde el cuello y el pecho. «No te muevas, cabrón, o te fracturo», me dijo. Y de un empujón, en una suerte de acrobacia que hasta ahora no sé cómo se dio, dimos un volantín en la cama. Al cabo de esta maniobra, me encontré de pecho sobre las sábanas, con las manos cruzadas en mi espalda y en proceso de ser amarradas con una manta. Ese día, amigos, vi la luz del creador. Qué rico, carajo, es ser besado ahí, ustedes ya saben dónde…
En la pantalla del televisor sonaba «Si tú no estás ahí», de la banda española «Ángeles del infierno». Desde hacía rato, éramos nosotros quienes poníamos la música. «Qué historia tan honesta, será cuestión de experimentar», pensé, antes de marcharme, como finalmente hice, porque la verdad es que ahora tengo control en cuanto a consumir bebidas alcohólicas. Pienso, ahora, si debo o no enviar este escrito a mi amigo Walter Pérez Meza, director del diario Ímpetu de Pucallpa. Quizás, al igual que el otro diario en el que ya no publicaré más los jueves, también me vete al leer este mamotreto gestado entre cervezas y un frio abrumador en la hermosa ciudad de Ayacucho.
