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Portada de La llocllada
Atrapada — Miuler Vásquez González
Lectura de muestra

La llocllada

Carlos Tafur Ruíz

Índice del libro
  1. Presentación
  2. La leyenda del Huasta perdido
  3. Acusan a Lucifer de asesinato
  4. Junio en Yuracyacu
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Ilustraciones de Oscar Alva Tafur

Presentación

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Yuracyacu es el escenario principal donde se desarrollan las historias de Carlos Tafur Ruíz, en su libro “La Llocllada”. Las anécdotas, escritas de una manera didáctica, de fácil comprensión, nos permiten un acercamiento hacia el conocimiento de los orígenes de ciertas leyendas que se han contado por siglos en las reuniones caseras o veladas. Son situaciones llenas de humor, sin malicia, buscando un propósito: divertir y hacer pasar un momento agradable al lector.

Cada relato nos hace cómplices de los sucesos. No podemos dejar de sonreír ante los acontecimientos que le ocurren a Lucifer, acusado de asesinato; así como la caída del féretro y de los cargadores en el relato “El antiguo cementerio”. Los personajes desfilan con mucha inocencia, como “Joshé” o el “Aspirante a petrolero”, o la ingenuidad de la policía en “El único detenido”.

Se podría decir que la historia llena de anécdotas de Yuracyacu se encuentra en este libro, lleno de vivencias, explorando las fiestas, las primeras lecturas, los personajes que son el alma del pueblo, como “Don Shalva”, “Don Sheshita” o “El cumpita Puricho”. O los acontecimientos como el relato que origina el título del libro, donde la anécdota gira en torno al desembalse del agua llenándose de barro, asfixiando a los peces; lo que motiva una movilización de la gente para recursear un alimento tantas veces deseado para el timbuchi.

Carlos Tafur Ruíz nos pinta cuadros que desfilan ante nuestros ojos con mucha vitalidad, ingenuidad, y sobre todo, llenos de humor, donde la espontaneidad y la nostalgia son los ejes que dan vida a este libro.

Juan Rodríguez Pérez

La leyenda del Huasta perdido

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Capital del distrito del mismo nombre, mi pueblo se encuentra asentado en las márgenes de los ríos Yuracyacu y Mayo. Si nos ponemos a hurgar en su origen, nos encontramos con datos un tanto confusos que no nos permiten por el momento aclarar el panorama. Lo que sí podemos afirmar es que en tiempos remotos Yuracyacu fue un asentamiento aborigen de regular población e importancia, a juzgar por los vestigios encontrados en distintos sectores: ceramios y hachas de piedra de distinto tamaño, en los alrededores del pueblo, y un cementerio en el sector Río Seco (actual Patria Nueva), al que se ha echado a perder con la mecanización de esas tierras.

Se desconoce la fecha de fundación de Yuracyacu. Por esto, podemos afirmar que sus padres, un tanto descuidados, no sentaron su partida de nacimiento. Sin embargo, existe la leyenda del Huasta perdido que nos habla de este acontecimiento.

Se cuenta que, a orillas del río Huasta, afluente del Mayo, había un pueblo floreciente y religioso. Para las festividades venían los curas de Chachapoyas por un camino que pasaba por el pueblo de Olleros. Para una de ésas vino un cura a Huasta, el cual, apenas llegó, convocó a una reunión previa a toda la población y, al término de la misma, recomendó a los asistentes que no llevaran criaturas a la misa. Pero sucedió que una señora, que no había escuchado esta advertencia, llevó a uno de sus hijos de unos tres años de edad. Cuando la misa estaba en su parte culminante, el niño empezó a gritar:

―¡Mamá, mamá, el cura tiene rabo!

Al oír estas palabras, todos los asistentes vieron que efectivamente era cierto lo que el niño decía. Se produjo entonces un momento de silencio, luego una explosión, seguida de un temblor. Todos los que estaban en el interior de la iglesia quedaron encantados y desaparecieron. Los pocos que quedaron vivos huyeron abandonando el pueblo y fueron quienes dieron origen a los caseríos de Jacinto, Dorada, Yuracyacu y al barrio Huastilla de Moyobamba.

Nuestros abuelos nos contaban que cuando iban a cazar o pescar por el río Huasta, escuchaban tañido de campanas y cantar de gallos, especialmente en la época de San Juan.

Acusan a Lucifer de asesinato

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La Habana, distrito perteneciente a la provincia de Moyobamba y ubicado entre Calzada y Soritor, es un pueblo apacible, cuyos habitantes se dedican mayormente a la agricultura; sin embargo, no deja de tener sobresaltos de tanto en tanto. Uno de estos sobresaltos ocurrió a principios de la segunda mitad del siglo pasado, cuando se cometió un crimen con tal ensañamiento que en un principio se creyó que ese “trabajo” no había sido hecho por manos humanas sino por el mismísimo Lucifer.

El día del crimen, Juan Reynaldo, luego de desayunar, salió rumbo a su chacra que distaba apenas una hora a pie, con el fin de abastecerse de dos racimos de plátano, por lo que le dijo a su mujer que iba a regresar lo más pronto posible, ya que tenía un compromiso en el pueblo. El hombre llegó al platanal y luego de un rápido desyerbe se hizo de los dos racimos. Una vez amarrados y cargados estos, emprendió el retorno, colocando entre los brazos su retrocarga, arma cuya posesión era común para los hombres del campo en aquellos tiempos.

De repente, en cierta parte del camino, dos individuos salieron del monte y le atacaron a traición. Después de golpearle cruelmente, le quitaron el arma cuyo cañón lo introdujeron en su ano haciéndolo llegar hasta sus intestinos que quedaron destrozados; es decir, cometieron atrocidades con él. Luego le maniataron con sus propios vestidos y creyéndole muerto le dejaron a un costado del camino.

Su mujer, al ver que la noche se venía y Juan Reynaldo no regresaba, sospechó que algo malo le había sucedido a él, por lo que pidió ayuda a varios vecinos, quienes salieron en su búsqueda y le encontraron moribundo, conduciéndole a su casa. Tres días duró la agonía de este hombre, quien durante este tiempo balbuceaba algo que los que le cuidaban entendieron que decía Lucifer, lo cual se regó en el pueblo, a tal punto que se creyó que el diablo había cometido este crimen. Cuando la policía de Soritor se enteró de este caso, se hizo presente en La Habana y sin realizar mayor investigación aceptó la versión de los pobladores y envió el atestado respectivo al juzgado de primera instancia de Moyobamba.

El juez, que muy poco creía en el diablo, no aceptó esta versión, por lo que en uso de sus atribuciones solicitó al comando policial que se practicara una investigación a fondo de este caso, lo cual se hizo y se descubrió que quienes habían perpetrado este execrable delito fueron dos hombres, uno de ellos llamado Israel, a quien la viuda había rechazado para casarse con Juan Reynaldo, y ese nombre balbuceaba el agonizante, pero como lo hacía de manera casi ininteligible, se sospechó que mencionaba al diablo mayor.

Si bien el caso se resolvió y se aclaró, quedó en el pueblo como anécdota el hecho de haber acusado a Lucifer por un crimen que no cometió.

Junio en Yuracyacu

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