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El collar del curaca

Humberto del Águila Arriaga

Índice del libro
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O F R E N D A

A mi esposa, CAROLINA GERBI,

la abnegada compañera de mi vida.

Al gran escritor VENTURA GARCÍA CALDERÓN, abanderado de la inteligencia y excelentísimo señor en el arte y en la diplomacia.

A mis compañeros de aventuras en la selva:

JOAQUÍN FERREIRA, el maestro.

PEDRO PASMIÑO, el mitayero.

CARLOS PALMEIRO, el audaz y simpático castellano.

SEGUNDO ARÉCHAGA, el vasco duro como las rocas de sus montañas.

NICOLÁS CACHIQUE Y FÉLIX TALECA, mis bogas indios.

Hace muchos años que dejé de ver a estos mis recordados compañeros. Cuando en la selva pregunté por ellos, nadie me supo dar razón de sus paraderos. Acaso en ignorados rincones de la selva se encuentran sus huesos blanqueados por el sol y por las lluvias.

Humberto del Águila

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Presentación

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Todas las tardes, al salir del colegio, era mi encanto acomodarme en una eminencia del terreno y contemplar la inmensa curva que, como amparando a la ciudad de Iquitos, forma el Amazonas. De las embarcaciones que llegaban de los más lejanos ríos Napo, Putumayo, Yavarí, Ucayali, Tamaya, desembarcaban las negras y redondas bolas de jebe, que, más tarde, cortadas y embaladas en grandes cajones de oloroso cedro, eran embarcadas en los trasatlánticos que partían para Liverpool. Yo soñaba… Soñaba con ser un poderoso extractor de goma elástica. Soñaba con esas ciudades lejanas: París, Madrid, Londres, Viena, Roma, Berlín.

Tenía quince años. Los consejos y la habilitación de un poderoso comerciante español hicieron que me decidiese a abandonar mi hogar y los estudios, y me lancé a la selva, y de pronto me encontré como jefe de más de cien hombres que habían llegado siguiendo la ruta que les trazaron los treinta y dos puntos de la rosa de los vientos. Procedían de diversas regiones del Perú y de diferentes naciones: italianos, brasileros, portugueses, chinos, colombianos. Había, sobre todo, muchos españoles: vascos, gallegos, catalanes, andaluces.

La selva fue para mí el encanto y la maravilla. Me encontraba en un mundo que no me había imaginado. Los árboles enlazaban sus ramas cerca de las nubes, tejiendo un toldo de verdura poblado de aromas, trinos y rumores. Sus troncos, rectos unos y otros contrahechos, deformados, retorcidos, se esparcían en un desorden lleno de belleza. Las lianas ya pendían de las ramas altas o se enroscaban a los árboles como sierpes monstruosas, estrangulándolos poco a poco. El suelo estaba cubierto de una gruesa y mullida alfombra en la cual se combinan todos los colores, como si fuese la obra de un pintor alocado. Sobre el fondo amarillo pajizo de la vegetación que moría, las hojas apenas desprendidas de la punga ponían una decoración sonrosada. Las flores nacaradas de los huabos parecían estrellas temblorosas. Y los jacarandás silvestres derramaban la maravilla blanca, azul, lila y roja de sus pétalos menudos. Alas de mariposa y caparazones de insectos fantásticos.

Había que trabajar. En un trabajo rudo y agotador. Era necesario abrir las estradas: enlazar con un camino que, después de dar una vuelta de muchos kilómetros, captando cien o doscientas heveas, volvía al punto de partida. Había que cortar ramas y arbustos o abrirse paso por entre los matorrales de enredaderas hostiles. El largo machete, de empuñadora guarnecida con alambre de cobre, fatigaba el brazo y ampollaba la mano. O era preciso levantarse con el alba para cuidar del trabajo, recorriendo leguas y leguas por senderos que la vegetación angostaba día a día, cubriéndolos de «cortadera», el carrizo menudo de hojas largas y delgadas, de bordes filudos, que dejan huellas sangrientas en el rostro y en las manos. Ya era indispensable cruzar un aguajal, vasta extensión, siempre inundada donde crece el aguaje, la palmera que sólo brota en los terrenos pantanosos y que, según la leyenda, que ha invertido los términos, extrae el agua del fondo de la tierra. A menudo había que remontar el curso de un río en frágil piragua, bajo un sol de fuego o soportando el azote de una lluvia implacable, con los brazos adormecidos por el cansancio.

Todos los sentidos tenían que estar aguzados para distinguir una liana desligada de una culebra, para adivinar por el olfato si el áspero olor del ajo montés procedía de una planta o de un jaguar en acecho. El grito de un mono, un vuelo de pájaros, el temblor de una rama, podían advertir de un peligro.

Para sobrevivir era preciso aprender mucho. Saber los frutos de que gustan los venados para cazarlos fácilmente. Conocer los remansos en los cuales la pesca era abundante, y los frutos comestibles. Distinguir las plantas en sus virtudes curativas y en sus efectos nocivos. Había que tomar precauciones hasta para cortar un árbol, porque una sola gota de la savia de la catahua podía enceguecer para siempre.

Durante el día, a la hora del descanso, tendidos sobre un lecho de hojas, al pie de una lupuna milenaria, el gigantesco ceibo bombarix, los peones, con su charla, me iban instruyendo en la ciencia del bosque. Hablaban del pavoncito, con los huesos del cual se puede despertar un amor ardiente en cualquier mujer. Del clavo-huasca, que hace fuertes a los hombres aun cuando estén abrumados por los años. De la savia del ojé, que extermina los parásitos. De la corteza del chuchuhuasha, que, como la del sanango, fortalece los huesos. Del ayahuasca, soga de muerte, la infusión de la cual, preparada en medio de fórmulas mágicas, sólo puede beberse atado dentro de una hamaca, porque, sucesivamente, despierta todos los furores, da a la imaginación todos los ensueños, al cuerpo todas las delicias y, por último, levanta para el iniciado una punta del tupido velo que cubre el porvenir.

Por las noches, ya en el fondo de la selva o en alguna vasta playa, sentados en torno de una hoguera, oía hablar de las historias y de los mitos de la selva, mientras millares de luciérnagas, en el lindero del bosque, tejían maravillosas marañas con su vuelo luminoso, y mientras los jaguares, en la sombra que nos rodeaba, con sus ojos que nos miraban golosos, ponían un amenazante fulgor de topacios. Contaban los peones… Contaban. Esas aves negras y gemelas, que sólo levantan un vuelo silencioso por las noches, eran los huishco-huracas, los niños abandonados en la selva por sus padres. Decían de los bufeos que vuelcan las canoas y arrastran a las mujeres a su palacio de cristal, en el fondo de las aguas. De la yacu-maman, madre de las aguas, dos veces más grande que la boa de mayor tamaño, la sierpe que vivifica los ríos y les da su caudal. Se mezclaba la realidad con la fantasía. Y dentro de ese marco, la realidad parecía un mito y la fantasía tomaba las apariencias de la verdad.

Algunas veces se nos agregaba un curaca, jefe de alguna tribu salvaje amiga, quien nos hablaba de sus dioses, siempre sanguinarios y vengativos. De los brujos, que a voluntad pueden transformarse en ave, fiera o reptil. Del árbol maldito, en el cual viven los supay, los demonios. Del chullachaqui, especie de fauno, siempre maléfico.

Prácticamente, en ese ambiente lleno de gritos, aullidos, zumbido de insectos, alarma de caimanes, vuelo de pájaros y reptar de alimañas, nacieron los «Cuentos amazónicos». Ellos no son sino reflejo de la verdad y de la fantasía que se hermanan bajo la doble bóveda de un cielo intensamente azul y de la que forman los árboles enlazados en la altura. Luz y sombra. Zarpas y dientes. Pájaros y mariposas. Trinos y color.

Nace este libro bajo la égida de nuestro más grande escritor de la hora, del señor don Ventura García Calderón, ardiente apasionado de la selva amazónica. Él, generosamente, me alentó a publicar esta serie de cuentos, y con una decisión fraterna, se creó afanes y trabajos que no se habría tomado para algo suyo. Para agradecerle, tengo que repetir las palabras de Dante: «Tu duca, tu signore e tu maestro».

La Editorial Aguilar, de Madrid, a la cual todos los que a las letras nos dedicamos le debemos mucho por su labor orientadora, cultural y amplia, no ha vacilado, lo cual le agradezco sinceramente, ante la edición de un libro de un autor, el nombre del cual no ha traspasado los linderos de su patria.

Humberto del Águila

Lima (Perú), septiembre de 1957

El collar del curaca

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La selva, bajo el sol de enero, se llenaba de flores y de aromas. Todo tenía exuberancia de vida. En las hojas de las palmeras, abiertas como grandes abanicos, los guacamayos hundían el curvo pico en el moño de las hembras y lanzaban al viento su grito monótono. Los pájaros, con erótico apresuramiento, colgaban sus nidos. Al caer la tarde, los jaguares en celo rugían reclamándose para la nocturna cita. Y a la hora meridiana, los caimanes en tropel, alrededor de una hembra, se mordían y mataban. Luego, el más fuerte, el vencedor, sangrando entre las aguas que se estremecían en un escalofrío tornasol, se acercaba a la hembra humilde, y juntos, jugueteando, salían a tierra por la escarpada orilla, apretaban sus robustos cuerpos, azotaban el suelo con sus poderosas caudas y se quedaban después quietos, muy quietos, vidriados los ojos, mientras el sol rubio y ardiente secaba, dándole forma de escamas, al limo de que estaban cubiertos.

También a los hombres nos invadía el hálito creador de la naturaleza y de pronto reíamos con carcajadas locas o nos entristecíamos sin saber por qué, y teníamos deseos de reñir, de luchar, de matar. Hasta la faz del curaca Tupán, rugada como la corteza de una caoba centenaria, tenía frescura de juventud, y sus ojos pequeños y negros como achiras, más pequeños y más negros bajo la sombra de sus pobladas cejas, brillaban con extraña fosforescencia, como la de los ojos de los jaguares cuando miran a la hembra que se acerca a su llamada.

Una tarde, tendidos a la sombra de una lupuna, el curaca Tupán me enseñaba su ciencia, aprendida en el libro de la naturaleza, más antiguo y más sabio que todos los que se han escrito. Su voz parecía venir desde muy lejos, monótona y cansada como el ruido de una gota de agua intermitente que cae sobre una hoja seca. Ya no me interesaba, como antes me interesara conocer las hierbas que curan las mordeduras de las víboras, ni cómo se diseca una cabeza humana hasta reducirla al tamaño de una naranja. Nada… Mientras él hablaba, yo seguía con los ojos, con el alma, el errátil vuelo de una mariposa de alas azules.

—El curare, el veneno que no perdona, se saca de las hojas amarillentas…—decía la voz.

Pero en esto, la mariposa pasó casi tocando mi cabeza, y en ímpetu incontenible levanté las manos para aprisionarla. Tupán me miró severamente y yo hice un esfuerzo para concentrar mi atención.

—La flecha que tiene la punta de marona no se envenena, porque la marona, con sus filudos bordes, corta, y al disparar la flecha puede herirse un dedo, y basta una pequeña herida, más pequeña que la picadura de un mosquito…

Desde el tambo llegó fresca y cristalina, como el gorjeo de un pájaro que saluda el alba, una risa de mujer que hizo desviar la mirada del curaca. Sumac, trayendo los anzuelos, las farpas y la cesta de gusanos, bajó corriendo las escaleras del tambo y desde lejos me gritó:

—Vamos a pescar tucunarés.

Consulté con los ojos del curaca, y él, por toda respuesta, levantó el brazo señalando el sol, todavía muy alto. Pero llegó Sumac. Era la más joven y la más bella de las doce esposas del curaca y también la preferida. A ella nada le negaba.

Sumac, dándome la espalda, hincó una rodilla para acariciar la larga cabellera de Tupán. Al hacerlo, la pampanilla de suave hebra de huimba se alzó más arriba de la rodilla, dejándome ver el nacimiento de un muslo, y mi cuerpo se estremeció con una extraña sacudida. Sin embargo, muchas veces había visto arrodillarse así a Sumac, había contemplado el arco perfecto que al curvarse hacia su espalda, la línea firme de sus caderas y el bronce bruñido de sus muslos, sin que, como en ese momento, se angustiase mi corazón ni se empurpurase mi rostro.

—Vayan, pero no olviden la carabina —dijo el curaca, y su voz estaba empapada de ternura.

Sumac se irguió de un salto, y cogiéndome de la mano me puso de pie.

—Vamos pronto… ¡Alcánzame!

Partió a correr por entre el boscaje y yo corrí tras de ella llevando la carabina. A poco la alcancé. Una liana espinosa le había clavado uno de sus curvos garfios en un brazo. Felizmente la espina estaba casi a flor de piel y salió con una ligera presión. Una gotita de sangre, roja y brillante, brotó de la herida. Era preciso chupar la herida, porque la espina era ponzoñosa. Mis labios se adhirieron al brazo en una succión desesperada.

—Deja ya —dijo retirando el brazo, en el cual, señal de mis labios, había una mancha rojiza.

Seguimos caminando. Iba yo adelante para apartar las ramas, cuando al llegar al bajío, donde el dosel de hojas era menos tupido y dejaba pasar algunos rayos del sol, Sumac me detuvo violentamente. Un paso y habría sido mordido por una víbora, por una terrible gergona, de color gris terroso, que recibía el sol con la triangular cabeza en alto, lista para el ataque. Disparé casi sin apuntar: la víbora dio un salto, se distendió y después se enroscó en contorsiones inverosímiles, como los de una viruta que cae al fuego.

—¿Has visto qué buena puntería? Le he dado en la misma cabeza —dije orgullosamente.

—Porque es una víbora —sonrió Sumac—. A las víboras nunca se las deja de dar.

Llegamos al lago. Dejamos a un lado los anzuelos y nos pusimos a recorrer las orillas donde los arbustos se inclinaban sobre el agua, y que eran los sitios elegidos por los tucunarés y los acarahuazús, como si supieran que allí no se podía tirar redes ni atarrayas.

El agua del lago, cristalina, dejaba ver los peces, metidos entre las ramas. Sumac eligió como blanco a un gran tucunaré, largo, del tamaño de un codo, y disparó su pequeño arpón. El pez, herido, huyó hacia el centro del lago, desenrollando el hilo fino y resistente que se envolvía en el asta. Para recobrar esta era preciso introducirse en el lago. Sumac lo hizo, pero para no mojarse el vestido, levantó la pampanilla, sin pensar más que en el pez que quería cobrar. Levantó tanto la apretada falda, que hube que cerrar los ojos mareado, aturdido, sintiendo que la sangre subía por oleadas a mi cabeza.

Sumac notó mi aturdimiento porque, al volver ya con el pez pendiente del hilo y que daba vueltas como rehilete, me preguntó sobresaltada:

—¿Qué tienes?

—No es nada —le respondí con voz temblorosa—. Me resbalé y por poco caigo al agua.

—Te hubieses dado un buen baño.

El pez dentro del cesto seguía agitándose. Era grande y hermoso, con su cuerpo que parecía bañado en oro y con sus estrías negras.

—Pescamos más, y esta tarde le damos una sorpresa a Tupán.

Seguimos pescando, y en menos de una hora habíamos cobrado quince ejemplares, entre tucunarés y acarahuazúes.

—Vamos a recoger aguajes.

Y yo, como siempre dócil a lo que ella me pedía, le respondí:

—Vamos.

Para llegar a los aguajales había que pasar una zanja pequeña. Un árbol caído servía de puente. Sumac quiso pasarlo a la carrera, pero se resbaló y cayó sobre las altas hierbas.

—Ayúdame a levantarme.

Y reía sonoramente.

Salté dentro de la zanja y le tendí la mano, pero ella, en lugar de hacer un esfuerzo para ponerse de pie, me dio un tirón y caí yo también. Fue un instante. Nuestros labios se juntaron en un beso desesperado, ardiente y dulce al mismo tiempo. De pronto, en el fondo del boscaje hubo un crujir de ramas y hojas secas. Me levanté de un salto, con la carabina en la mano, pronto a disparar, creyendo que era un jaguar.

—Soy yo.

Y por entre las verdes ramas apareció la cara rugosa del curaca.

Aturdido le conté lo que había pasado, con lenguaje balbuciente. El curaca, sin responderme, mirándome a los ojos con una mirada indefinible, mientras me acariciaba la cabeza con sus manos sarmentosas, murmuró:

—Cuando la estrella de la tarde se hunda junto con el sol, tendrás ya dieciséis veces doce lunas.

Después añadió, con voz baja, como si hablase consigo mismo:

—Ya eres un hombre.

***

El curaca arrastró una piel de jaguar y se tendió cerca de la fogata, y a su lado, con la cabeza apoyada en una mano, Sumac. Yo, como siempre, me coloqué a la cabecera de Tupán. Los más viejos guerreros rodearon la fogata.

—Va a llover —dijo alguien.

Tupán levantó los ojos al cielo.

—No lloverá —dijo—; las nubes están muy altas y los cocuyos no vuelan.

Después de un momento suplicó Sumac:

—Cuéntame una historia.

Me erguí. Para mi imaginación de adolescente nada había más interesante que las historias de Tupán, llenas de fragor de terribles batallas, o en las que eran vencidos jaguares monstruosos y boas gigantes. También había historias terroríficas, en las que desfilaban, como en una visión de pesadilla, brujos malignos que convertían a los hombres en bufeos o sapos, y espíritus en forma de vampiros.

Tupán acarició los collares que llevaba sobre el pecho. Todos ellos estaban hechos de los dientes de los enemigos que cayeron atravesados por sus flechas o se abatieron a los golpes de su macana. Cogió un collar de dientes menudos e iguales y los separó de los demás.

—¿Conoces este collar? —dijo, dirigiéndose a mí—. Varias veces me has pedido que te cuente cómo lo conquisté. No he querido hacerlo, porque eras un niño. Ahora ya eres un hombre… Es el peor enemigo que he vencido, y era débil como la flor de la caña brava y delicado como el ala de una mariposa. Hace cincuenta veces doce lunas, era yo joven y fuerte. El remo que manejaba todo el día sin sentir cansancio nadie podía resistirlo el tiempo que el sol agranda o achica la sombra de un árbol el tamaño de una boa. Cori era la más linda doncella de la tribu, y nos queríamos desde que ambos estábamos en la edad de correr tras de una mariposa. Cuando partí a la guerra contra los aguarunas, ella tiñó mi cara con el color de guerra y aguzó las puntas de mis flechas, hechas con la chonta que ella misma trajo del bosque. Regresamos después de haber vencido a nuestros enemigos. En mi canoa traje plumas suaves de garza blanca, bálsamos que curan las heridas, ojos de bufeo que despiertan el amor, piedras verdes y transparentes que traen los huambisas de las cabeceras del Pastaza, calabazas teñidas con los brillantes colores del picaflor, llenas de granos de oro grandes como los del maíz; collares de alas de ronsapa, pieles de puma negro, tan raras que los huambisas dan tres mujeres por una. Todo fue para Cori, y ella curó mis heridas y me adormeció con sus canciones. En la fiesta del sol, cuando las pungas empiezan a florecer, según el rito que enseñaron sus abuelos a nuestros abuelos, ungieron a las doncellas con resinas olorosas y a los jóvenes nos dieron a beber masato, en el cual habían puesto raspaduras del miembro del achuni, para excitar el amor. A la medianoche, cuando la luna llegaba al punto más alto de su camino, las doncellas, a una señal del brujo, huyeron hacia el bosque, y nosotros corrimos tras de ellas. El joven que logra coger a una doncella por los cabellos, la hace suya, es ya su esposa. Pero siempre los jóvenes y las doncellas están de acuerdo. Ella indica al que ama hacia dónde se va a dirigir. Yo sabía por dónde correría Cori, pero como ella era muy bella, muchos la deseaban, entre ellos un guerrero de mi misma edad, tan alto y tan fuerte como yo. Se llamaba Shora. Llegó la hora que esperábamos con anhelo. El brujo dio la señal y las doncellas corrieron hacia el bosque. Yo corrí tras de Cori, y ella al verme se detuvo, cuando de pronto surgió Shora, que se me adelantó. Un flechazo recibido en una pierna no me dejaba competir con él. Cori lo vio, dio un grito y escapó. Con el esfuerzo que yo había hecho se me abrió la herida. Shora se acercaba a Cori. Ya no estaba más que a diez pasos, a seis, a uno… Cori, desviándose, lo dejó burlado, y de ese modo ella vino a quedar entre Shora y yo, y al mismo tiempo ambos pusimos las manos sobre la cabeza de la doncella. Nos miramos, y había tal odio en nuestras miradas, que sin decir palabra nos abrazamos en una lucha en la que había que matar o morir. Luchábamos en silencio. Hubo un momento en que me creí perdido: Shora se había aferrado a mi cuello con ambas manos y me faltaba la respiración. Pensé en Cori, la imaginé en los brazos de mi rival, y algún buen espíritu hizo renacer mis fuerzas y me deslicé de sus manos, al mismo tiempo que tomándole por los cabellos le obligué a echar hacia atrás la cabeza. Mis dientes se prendieron a su garganta. Sentí que algo tibio bañaba mis labios… Los brazos de Shora se aflojaron y yo seguí apretando los dientes hasta que mi enemigo se desplomó. Tambaleándome, a punto de caer, me acerqué a Cori, y entonces, por primera vez, sus labios, en un beso inacabable, se unieron a los míos, llenos de sangre y con sabor de muerte.

El curaca calló un momento, dio una chupada a su larga pipa y continuó:

—Te he contado esto para que veas cómo amaba a Cori. Un hombre no puede decir que ama a una mujer sino cuando ha estado a punto de matar o de morir por ella. Cori y yo fuimos felices, y, aun cuando te parezca mentira, yo no tenía más esposa que ella.

—Y ahora, ¿por qué tienes tantas? —interrogó Sumac.

El curaca, sin responder a la pregunta, continuó:

—Un día, en lo más enmarañado de la selva, mientras seguía el rastro de una manada de huanganas, encontré, desnudo, hambriento y desgarrado por las espinas, a un cauchero extraviado. Era un blanco como tú. Podía haberle atravesado de un flechazo; pero, por el contrario, lo traje a mi tambo, curé sus heridas y vestí su desnudez. Poco después supimos que los aguarunas preparaban un ataque contra nuestra tribu. Como los aguarunas son cobardes y sólo atacan a traición, era preciso vigilar sin descuidar ni un momento. Una noche, mientras con la mirada fija en la oscuridad del bosque y la flecha en la cuerda del arco, lista a disparar, guardaba el reposo de la tribu, sentí un ardiente deseo de ver a Cori, de tenerla en mis brazos. Dejando el campamento en peligro de un ataque por sorpresa, corrí a mi tambo. Y… ¿sabes lo que vi? Te lo imaginas. Era eso. Cori y el extranjero… Sí…, ellos. No sabía qué hacer. Me parecía que en mis oídos zumbaban diez enjambres de abejas irritadas. El grito de guerra de los aguarunas me despertó de mi dolor. Corrí a reunir a nuestros guerreros, que, sorprendidos, huían dispersos por la selva. Mi voz sonaba como el bramido de un otorongo. Se me juntó un grupo de bravos y al frente de ellos ataqué. Tenía sed de sangre, ansia de matar. Mi macana a cada golpe rompía una cabeza. De pronto el campo de combate se iluminó con el resplandor de los tambos incendiados, y a la rojiza claridad vi al curaca aguaruna. Como el oso hormiguero se abre paso a través de las hormigas, abrí el mío por entre los guerreros aguarunas y llegué hasta el curaca. Nos atacamos. Las macanas cortaban el aire con un breve silbido. Al dar un golpe mi arma se rompió y quedé desarmado. Mi adversario levantó la suya para darme el último golpe; pero antes me lancé sobre él, lo cogí por las piernas, lo levanté y, sin saber cómo, a modo de honda lo hice girar por encima de mi cabeza y lo estrellé contra un árbol. Sobrecogidos de espanto, los aguarunas huyeron y nosotros los perseguimos, sembrando el campo de cadáveres. Después volvimos para recoger nuestros muertos. Entre ellos estaba el extranjero. También había muerto, combatiendo valientemente, nuestro curaca, y los guerreros me eligieron en su lugar.

—¿Y Cori? —volvió a interrumpir Sumac.

—Espera y sabrás… Dos días después… Bueno, ¿sabes cómo duele la picadura de una tangarana? Es esa hormiguita roja que arranca pedacitos invisibles de la piel con sus mandíbulas envenenadas de un líquido que quema más que una brasa… Pues bien: dos días después llevé a Cori lejos, muy lejos. Ella caminaba apoyada en mí. Encontré lo que buscaba: un nido de tangaranas al pie de su árbol favorito. De un tirón le arranqué todo el vestido y Cori quedó desnuda. Me sonrió. No comprendía lo que quería hacer, pues el gesto de cólera se parece al del deseo. Yo, ante su asombro, la até con sogas del monte, la cogí en mis brazos y la llevé hacia el árbol. En sus ojos se pintó el terror. Se defendió, atada como estaba. Su cuerpo se contorsionaba como el de una serpiente a la que se le corta la cabeza. Me hincó sus dientes en un hombro, pero logré atarla al árbol. En seguida me alejé. Sus gritos de desesperación taladraron mis oídos hasta la distancia. Cada vez más opacos, pero más doloridos. Yo sabía lo que iba a sufrir. Primero sería una hormiga, luego otra, y otra, y otra. Cada picadura sería la aplicación de una pequeña brasa. Después llegarían más hormigas, tantas como estrellas hay en el cielo. La picarían en los ojos, en los labios, en el cuello, en los senos, y su cuerpo se iría cubriendo de pequeños puntos de sangre, como en un sudor rojo. Luego, la sangre correría como hilos delgados. La piel iría desapareciendo toda ella lentamente. Pero su tormento todavía era pequeño, porque yo sufría mucho más. Cuando volví al siguiente día no encontré más que un pequeño esqueleto muy limpio y muy blanco. Al pie del árbol estaban esparcidos sus cabellos. Los recogí, le arranqué los dientes a la calavera, los horadé y los ensarté a la cuerda que había hecho con sus cabellos. Desde entonces pende este collar sobre mi pecho.

Calló el curaca. Un temblor de espanto sacudió a los más bravos guerreros de la tribu.

Sumac, disimuladamente, a espaldas de Tupán, cogió una de mis manos y la estrechó con fuerza, al mismo tiempo que sus ojos me clavaban una mirada ardiente y sus labios me sonreían en una sonrisa de promesa.

Y al ver sus dientes menudos, iguales y blancos, pensé: «¡Qué dientes más hermosos para un collar!».

Eran como monos

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Al sabio doctor Oscar Miró Quesada,

gran difusor de la cultura en el país.

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La carne de los monos–maquisapas, cotos, choros y huapos, es deliciosa, sobre todo cuando está ahumada, porque entonces pierde el sabor dulcete que tiene cuando está fresca.

La carne de los monos no se parece a ninguna. Tal vez a la humana, cosa que no puedo afirmar, pues nunca la he probado, y mis suposiciones se basan en las referencias de los indios cashibos de la zona del Aguaitía, los dientes de los cuales saben de la suerte de muchos caucheros desaparecidos en el misterio sombrío y rumoroso de la selva.

Repito: la carne de mono es deliciosa. Naturalmente, resto de prejuicios que la necesidad desvanece muy pronto, al principio se siente repugnancia. Después, escrúpulos cada vez más vagos. Por último, el paladar la considera un manjar de los dioses. Por eso me causó extrañeza que mi accidental compañero de aventuras, el capitán de aviación Miguel Pinón, experto explorador de la selva, permaneciese varios días alimentándose de frutos silvestres sin querer ver siquiera los monos que, asados enteros y espetados en una caña, nos ofrecía el curaca cashibo del Aguaitía, el inolvidable Sanguara.

Como jefe del Departamento de Bosques, me habían colocado al frente de una comisión encargada de estudiar el trazo de una carretera y las posibilidades de colonizar la zona del Palcazu y del Aguaitía. Designado por el Estado Mayor, me acompañaba el capitán Pinón. Otros dos oficiales, tres ingenieros, ayudantes, cartógrafos y peones, componían el resto de la expedición. En total, treinta y siete personas, de las cuales para nuestro objeto sobraban veinte.

Con el capitán Pinón me había adelantado al resto de los expedicionarios, pero no les llevaríamos una ventaja de más de tres kilómetros.

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