
Atrapada
Miuler Vásquez González
Atrapada
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Has revivido en mí un sentimiento olvidado. Debo de estar un poco loca para aferrarme a esta ilusión o como esto se llame; pero estoy consciente de lo que pueda pasar.
Muchas tristezas, amarguras y decepciones he tenido; alegrías, muy pocas. En esta vida, ciertamente, no hay dicha cumplida.
Nací en un pueblito llamado Esperanza, seguro escuchaste hablar de él; en ese lugar mi papá era profesor y ahí conoció a mi madre, una mujer que se dejó seducir por sus falsas promesas. Según mi papá, mamá era hermosa; aunque ella ya tenía tres hijos de su primer compromiso.
A los nueve meses de nacida, mi papá se casó con otra y se fue de la casa, llevándome con él a otro pueblo de nombre Porvenir.
Hasta antes de cumplir diez años, ya tenía tres hermanos de mi papá con mi madrastra. Después vinieron tres hermanos más, o sea, llegamos a ser siete.
Te diré, yo era ahí la cenicienta porque les atendía a todos. Desde los ocho años ya sabía cocinar: hacía el arroz, el frejol y los plátanos… Ahí fue que empecé a notar las diferencias que mi madrastra hacía conmigo y mis hermanos.
Un día que le pregunté por qué no tenía el mismo apellido que mis hermanos; sin preocuparse cómo podría sentirme, me dijo que porque yo no era su hija. Esa vez creo que lloré todo el día, hasta me enfermé y me dio mucha fiebre, y ni siquiera me echaba de menos para darme aunque sea un poco de agua. No me quería. Como dicen, hijo sin dolor, madre sin amor. Recuerdo ese triste día como si fuera ayer.
Mi madrasta me trataba muy mal, desde chiquita. No quería que me sentara en el piso para no ensuciarme la ropa. Y eso que yo andaba con mis ropitas viejitas. De eso yo no me acuerdo porque tenía dos a tres años; la que me contó ya después fue mi abuelita, la mamá de mi papá. Ella vivía en Nuevo Edén, es decir en el distrito capital. Siempre me echaba de menos mi abuelita, y más de una vez le avisó a mi madre de mi deplorable situación. Las pocas veces que mis hermanos o mi propia madre se aparecieron a buscarme, fue gracias a su oportuno aviso. Linda mi abuelita, hermosa, por ella tengo la piel blanca, y dicen por ahí que lo que se hereda no se hurta.
Una vez mi hermana mayor, aprovechando la ausencia de mi padre, fingió pedir trabajo para cuidar y limpiar la casa. Al ser aceptada, en un descuido me robó. Habré estado con mi madre hasta los cuatro años, luego, un buen día se apareció mi padre para llevarme de vuelta a su casa. Me acuerdo un poquito de eso: yo no quería irme; me agarré de las piernas de mi madre para que no me dejara ir, porque yo le tenía un miedo terrible. Pero, donde la fuerza está presente, el derecho se pierde. Al final me llevó con él.
A los cuatro años de edad, o cinco, creo, varios meses después, un día, mi papá viajó a capacitarse en otra región. Durante su ausencia, y claro, por mi deplorable situación, mi madre y una de sus hijas, la mayor de mis hermanas, llegaron de improviso, para sorpresa de mi madrastra.
Me encontraron prácticamente cautiva, con mi ropita toda rota y raída. Mi mamá le dijo sus verdades a mi madrastra; bueno, todo esto me contó mi abuelita. ¿Por qué me tenía en esas condiciones?, ¿acaso era una niña huérfana?, ¿dónde estaba la ropa que me había comprado?, eso y más cosas le reclamó mi madre. Entonces, en ese momento mi madrastra sacó una maleta con todas las ropas nuevas que nunca me puse y, tras gritar: “¡aquí están las ropas que tiene!”, las tiró a la calle, agarró un jarro con kerosene, las roció y prendió fuego.
Mi madre solo atinó a llevarme con ella, nada más dijo. Hizo bien: la violencia no mata el odio.
Dos cortos años, a lo mucho, fui muy feliz junto a la mujer que me dio la vida y mis tres hermanos, que por cierto son dos hombres y una mujer que ahora viven en el norte.
Pasado este tiempo, uno de esos días en que había bastante sol, mientras estábamos almorzando mis dos hermanos hombres y mi madre, de repente, vimos entrar a alguien.
Como la puerta siempre se mantenía abierta, cualquiera entraba. No reconocí o no me acordaba mucho del aspecto que tenía mi padre, solo escuché decir a uno de mis hermanos: “¡tu papá!”, y yo, que le tenía miedo, me puse a llorar. Mi hermano mayor le preguntó a qué había venido, y él le contestó que a llevar a su hija. Yo seguía llorando. Mi hermano le dijo que no le iba a permitir que me lleve y que pudiera ya ir saliendo de su casa, así le dijo. Mi papá me llamaba, “ven, hijita”, me decía; yo no lo quería ni mirar. En vista de que mi papá vio que no me iban a dejar ir, salió de la casa diciendo que otro día iba a volver. Y se fue.
Esperanza era un lugar bonito, yo lo recuerdo así; en esos tiempos no había carretera para ir allá, solo avionetas. Mi mamá era costurera, cosía de todo y me tenía siempre con bonitos vestidos. Recuerdo también que muchos hombres querían estar con ella; varios se iban a la casa en ese afán, pero ella siempre estaba con nosotros.
Todos mis tíos y tías, hermanos de mamá, me querían bastante porque yo era y soy diferente a ellos: blanca, con mi cabello bien castaño.
Un día que regresábamos contentos de bañarnos en el río, encontramos en nuestra casa a mi abuela paterna. Me abrazó, me besó, y me dijo que me iba a llevar con ella; yo no quería irme, le rogaba a mi madre que no me dejara ir. Mi hermano, el mayor, también lloraba y me abrazaba; mi madre, a su vez, me decía que yo no me iba a ir con mi padre, que yo iba a vivir con mi abuela. Y así, en el momento de partir, me agarré fuerte a un palo que había allí plantado. Vino a querer separarme mi abuela, pero no pudo: yo les rogaba que no me lleven… Odié a mi madre porque no hacía nada, solo lloraba nomás, no sé cómo le habían convencido. Lo que recuerdo es que mi abuela había llevado unos fardos de tela, eso vi en la sala, quizás con eso la convencieron.
En vista de que no me desprendía del palo, mi hermano se acercó y me dijo que me suelte. “No me cogeré de él si te vas conmigo”, le dije; él me aseguró que sí, que se iría conmigo. Me solté, confiada, y mi hermano me agarró de la mano para entregarme a mi abuela. Mi madre ni siquiera se despidió de mí, no me dio ni un abrazo para decirme “chao hijita” o algo, nada. Me dolió en el alma su pasividad. “¡Mamá, mamá!”, la llamaba con desesperación. Ella permanecía ausente a mis ruegos. Me sentí una cosita insignificante. “Mi mamá no me quiere, no le importo, es mala conmigo”, me dije. Cómo explicarte lo que sentía. ¿Qué harías tú si quien se supone debería protegerte, de pronto te entrega al peligro y te abandona? Mi pecho sangró desilusión y odio ante esa filuda traición que mi madre se apresuró a incrustarme, lo sentí dentro; pero el miedo al futuro aún era más aterrador.
Me estaba yendo, como te dije, y mi hermano iba tras de mí. A cada rato volteaba a mirar si venía y siempre lo veía atrás. Ya estábamos lejos de Esperanza, cuando volteo a mirar a mi hermano y… ¡ya no!, ¡ya no venía! Me sentí morir de miedo, de pena, de desesperación…
Ante mis ojos únicamente se expuso una carretera afirmada e inacabable. Pensé que no llegaríamos a ningún lado al paso de nuestro avejentado caballo; pero todo camino tiene su fin.
En casa de mi abuela, en Nuevo Edén, me encontraba más sola y triste que nunca, pese a que ella trataba de darme consuelo. Me decía palabras bonitas, me compraba chocolates, dulces; pero yo no quería nada de eso, yo solo anhelaba estar con mi hermano del alma que me había abandonado.
Nunca, a nadie, le he contado mi triste historia, ni siquiera al hombre que vive conmigo; en cambio a ti, que te conozco desde hace poco, te estoy abriendo mi corazón sin miramientos.
Me pediste que te contara mi vida y eso estoy haciendo. Pero ya es tarde. Han sido demasiadas emociones para un solo día, realmente me siento agotada.
Mi historia, en contados episodios, solo la saben algunas de mis mejores amigas; conocen de ella solo las más íntimas, que son dos o tres, no el montón de amigas entre comillas…
Llegamos a la casa de mi abuela. Todo volvió a ser nuevo para mí. De repente, ¡oh sorpresa!, encontré a un niño de la misma edad que yo, ¿quién era?, supuestamente el hijo de mi abuelita, todo él, delicadito, bien vestido, con unos pantaloncitos con tirantes, blanquito como yo: parecíamos hermanitos. Años después me enteré que realmente era mi hermano, hijo de mi padre, al que mis abuelos lo registraron con sus apellidos por haber sido la madre empleada en casa de ellos. Mi padre nunca quiso a este mi hermano, por eso estaba al cuidado de mis abuelos desde su nacimiento. De repente lo conoces, él habla en una radio muy conocida de Nuevo Edén.
Mi abuela me dijo donde iba a dormir, y me dio una cama en el mismo cuarto de ella y de mi abuelo. Enseguida me hizo bañar, me cambió de ropa y me puso unos zapatos nuevos. ¿Te conté que ella era directora de un colegio grande en Nuevo Edén? Creo que eran días de matrícula porque íbamos todos los días al colegio y no veía alumnos; solo la veía en la dirección, ahí con papeleos y sentada siempre a mi lado. No me permitía estar lejos de ella; a todos lados me llevaba y a cada rato me decía que yo iba a vivir en su casa, que me iba a dar todo.
Y así transcurría el tiempo. Durante el día jugaba en la casa, mientras que por las noches lo único que hacía era llorar, no podía dejar de hacerlo, extrañaba demasiado a mi madre y hermanos. Mi otro hermanito siempre venía a mirarme antes de acostarse y me encontraba con la carita empapada de lágrimas. Para consolarme, me decía: “no llores, mi mamá también es tu mamá y mañana jugaremos”; así me hablaba el pobrecito cada noche, bien dicen que un hermano es un amigo por naturaleza. Yo ni caso le hacía. De tanto llorar, finalmente me quedaba dormida.
Ya me estaba acostumbrando a vivir con mis papitos. Por cierto, a mis abuelos jamás les decía “abuelos”, siempre era “mamita” y “papito”; a ellos no les gustaba que les llame de otra forma. Yo realmente pensé que iba a quedarme con ellos, me hice la idea de que viviría ahí en Nuevo Edén, pues hasta entonces no sabía nada de mi padre, ni yo preguntaba y ni me hablaban de él.
A la semana y media, más o menos, a las cinco o seis de la tarde, apareció mi padre y su familia. Yo me encontraba en mi cama, recostada; en eso escuché la voz de mi mamita: “han venido a buscarte, hijita”, me dijo. E inmediatamente se apareció mi padre, vino a querer darme un abrazo. Yo no lo quería ni ver, mi rechazo hacia él fue instintivo. Me asusté con su presencia. Enseguida, de un salto me levanté y corrí a los brazos de mi abuela, pidiéndole que no me dejara ir; pero ella, con voz conciliadora, me decía: “hijita, pero es tu papá”. Yo no lo quería tener cerca, me daba mucho miedo.
Como mis lágrimas se vertían tal si mis ojos fueran la naciente de una torrentosa cascada, convencidos de que ningún ruego me haría cambiar de opinión, me dejaron sola. Al cabo de un par de minutos, al escuchar voces de niños, tuve curiosidad por saber quiénes más habían llegado. Sin hacer ruido, despacito, me acerqué a la puerta para oír de qué hablaban. La curiosidad es un castigo de los hombres, ¿no crees? Mejor sería no saber, vivir en la ilusión, soñar, aunque claro, la realidad es jodidamente trágica. Te decía que me acerqué a la puerta, cuando, en eso escuché que mi padre le decía a mi abuela: “mamá, vine a llevarla como habíamos quedado, yo sabía que a ti sí te la iban a entregar, por eso te mandé para que la traigas”; al escuchar esas palabras mi corazón empezó a latir aún más fuerte. Ahí mismo, con el miedo, salí a toda prisa a decirles que no quería ir con ellos. “Por favor, mamita, no me mandes con él”, le supliqué a mi abuela, entregándome a sus protectores brazos. Ella, recuerdo sus palabras, me tranquilizó diciéndome: “no, hijita, no te vas a ir, tú eres mía”.
Mis hermanos miraban asombrados todo lo que sucedía, y mi madrastra, a su vez, con su cara de hipócrita, me sonreía y rogaba que volviera con ellos. “Hijita, ven para que estés con tus hermanitos que te quieren y extrañan mucho”, me decía. “Sí, hijita, nosotros somos tu familia”, insistía mi padre. Yo me cerré, no quise saber nada de nada. A cada insistencia, mi respuesta era la misma: “no quiero, no quiero, no quiero”.
En vista de que no quise irme, no me llevaron con ellos, me quedé con mis papitos; pero más o menos al mes, mi papá, esta vez ya solo, vino a verme de nuevo. “Hijita, más que por mí, he venido por encargo de tus hermanos”, fue lo primero que me dijo. “Te extrañan, preguntan por ti todos los días, ¿por qué no los visitas, hijita?”, me siguió diciendo. Yo, recelosa, le hablé muy poco: “¿y qué han dicho?”, le pregunté. “Que eres linda y que quieren jugar contigo. ¿Quieres ir, hijita?”. “No”. Mi padre no se inmutó ante mi negativa, al contrario, pareció aceptar todo sin ninguna complicación. “Ya, hijita, quédate aquí pues entonces, con tus papitos. Yo vendré siempre a verte, ¿ya?”, me dijo antes de irse. Lo volví a ver a la semana, y a la otra, y otra, y así cada vez más seguido. Así como la gota horada la piedra por su constancia, así, mi padre, un buen día, deshizo de mí la desconfianza que le tenía. Finalmente, tras una larga conversación y la firme promesa ante mi mamita de tratarme de lo mejor, me llevó con él en su caballo.
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