Antología de la narrativa amazónica
Varios autores
Ilustradores
Beringh Oliveira del Castillo
Juan Jaime Vela Vásquez
José Asunción Arteaga Jiménez
Roberd Sixto Saurín Púa
José Martín Carbajal Tapullima
Lucio Córdova Mezones
Benny Rios Arenas
Watsildi López Cachique
Juan Enrique García
Cuadro de portada: Otorongo, de Beringh Oliveira del Castillo
Índice de navegación
↑ Volver al índiceMiuler Vásquez González / Orígenes del Chullachaqui, Lupuna, Pahatin, Yacumama, Chicua.
Jorge Nájar / Algo veo, pero muy nublado.
Mardell Tello Pérez / Un caballo llamado Viento, Hernandillo, La lamparilla, Lorenzo carachamillo.
Carlos Murayari Coral / La ciudad de los ahogados.
Haydith Vásquez del Águila / Misterio del pororoca, Helena.
Jorge Rojas Panduro / La boa del diluvio, El silbador del río.
Werner Bartra Padilla / Ojos de serpiente, El invitado, El anillo.
Carlos Maktangrunaka / Una extraña máquina fotográfica, El Churí-churí, Puntería regada, Un tunchi atrapado, El pichihuichi y las ñacatitas, Faustino Pérez, Bizarro.
Hildebrando García Velásquez / El mundo de las sirenas, Sachamama, El árbol encantado, El diabólico renaco.
Juan Rodríguez Pérez / ¡Ay... Juanita!, Anónimo vulgar.
Jorge Augusto Mesía Hidalgo / El hijo del circo, Mariano y el río, Pepe choclo.
Jonatán Paredes Vásquez / Dos mundos diferentes, Shirámpari pjijri.
Magín Barcia Boria / Oro Verde.
Juan Saavedra Andáluz / El maletín con dólares, El misterio, La sachamama.
Carlos Tafur Ruíz / El único detenido, El hombre que peleó con el cashapijuayo, El antiguo cementerio, De cómo cacho se quedó sin nido, Killukaklla.
Darío Vásquez Saldaña / Un gran banquete, El tunchi enamorado, El Cholo.
Róger Rumrrill / El venado sagrado.
Cayo Vásquez / El tambo de la loma más alta.
Jorge Luis Salazar Saldaña / Reina de Cashiboya, El flaco, Varillachanga.
Arturo Ríos Ramírez / Chullachaquis, «Café Express», La Bella.
Óscar Barreto Linares / Sabor a canela, El último beso, Hoy no era el día.
Armando Ayarza Uyaco / Pelejo, Coto-boa, La sachamama, El canto del amor, Tigre negro.
Elsa Angulo Vásquez / La venganza, Eterna compañía.
Luis Alberto Vásquez Vásquez / Tarde de gloria, Mi hermano Alberto.
Julio Oliveira Valles / Una pelea desleal, La metamorfosis de Cunayapa, Los relatos de doña Elvira.
Raúl del Águila Rojas / La rata y el incendio, La limosna, La chicua, La gallina juez, El leñatero y el cacho, Los privilegios de La Resho.
Martín Reátegui Bartra / Camarada zapote.
Elí Caruzo García / El mejorero, Revelación en el consultorio.
Welmer Cárdenas Díaz / Redoble por Juanito Cainameri, La chola Margarita, La multiplicada visión, La ira del visionario, Patty.
Darwin Córdova Vásquez / El loco Lucas.
Ana Ríos González / Illari.
Índice alfabético por autor
↑ Volver al índiceAna Ríos González (Nauta)
Armando Ayarza Uyaco (Iquitos)
Arturo Ríos Ramírez (Moyobamba)
Carlos Maktangrunaka (Lamas)
Carlos Murayari Coral (Yurimaguas)
Carlos Tafur Ruíz (Rioja)
Cayo Vásquez (Iquitos)
Darío Vásquez Saldaña (Piscoyacu)
Darwin Córdova Vásquez (Tarapoto)
Elí Caruzo García (Tingo María)
Elsa Angulo Vásquez (Moyobamba)
Haydith Vásquez del Águila (Tarapoto)
Hildebrando García Velásquez (Tarapoto)
Jonatán Paredes Vásquez (Pucallpa)
Jorge Augusto Mesía Hidalgo (Lamas)
Jorge Luis Salazar Saldaña (Pucallpa)
Jorge Nájar (Pucallpa)
Jorge Rojas Panduro (Yurimaguas)
Juan Rodríguez Pérez (Sauce)
Juan Saavedra Andáluz (Iquitos)
Julio Oliveira Valles (Iquitos)
Luis Alberto Vásquez Vásquez (Moyobamba)
Magín Barcia Boria (Iquitos)
Mardell Tello Pérez (Lamas)
Martín Reátegui Bartra (Iquitos)
Miuler Vásquez González (Rioja)
Óscar Barreto Linares (Pucallpa)
Raúl del Águila Rojas (Rioja)
Róger Rumrrill (Iquitos)
Welmer Cárdenas Díaz (Pucallpa)
Werner Bartra Padilla (Moyobamba)
Presentación
↑ Volver al índiceLa presente selección de narrativa amazónica, incluye a escritores de diversos lugares amazónicos del Perú: Iquitos, Tarapoto, Rioja, Lamas, Moyobamba, Yurimaguas, Pucallpa, Tingo María y otros, al año 2014, vigentes en producción.
Con el fin de uniformizar los textos, se han reemplazado letras de algunas palabras propias de las lenguas o modismos amazónicos por otras con igual valor fonético en castellano; estas palabras, a su vez, no están resaltadas de modo alguno, aunque sí están definidas en el glosario que abarca las últimas páginas de este libro.
Han contribuido de alguna forma, ya sea con sus aportes, sugerencias u opiniones, uno o más integrantes de los grupos culturales y literarios: «Machusacha», de Lamas; «Lupuna - Artes amazónicas», de Tarapoto; «Javier Heraud» y «Arturo D´ Hernandez», de Iquitos; «Maldita Boa» y «Kolpa», de Pucallpa; y «Luis Hernán Ramírez», de Moyobamba. Y, empezando por los autores seleccionados, muchos otros amigos escritores, amazónicos, a quienes nombrarlos sería interminable.
Para la elección de los escritores de esta antología, aparte de tomar en cuenta la calidad literaria, se determinó algunos criterios de selección, como por ejemplo: lugar de nacimiento, libros publicados, reconocimientos, etc.
Los escritos de este libro, no abarcan una temática específica, ni están en función a técnicas o estilos literarios de alguna índole en especial; más bien, estos han surgido, por lo general, de la tradición, lo mitológico y el espacio geográfico de donde provienen sus autores. Salvo estos detalles, la calidad literaria impera con marcada trascendencia.
El orden de los autores no comprende, en absoluto, el grado de importancia de los mismos. En las siguientes páginas hay voces muy reconocidas, con invaluables y fecundas producciones, como también hay voces nuevas, quizás las próximas lumbreras de la literatura. La secuencia de los autores, en todo caso, responde al criterio del equipo editorial.
Con el fin de facilitar una buena lectura y la ubicación rápida de algún autor o escrito en especial, además de un glosario, se ha dispuesto, al final, un índice completo, por página, títulos, lugares de procedencia y autores.
Se ha incluido, además, por cada autor, un retrato artístico. Participan en este despliegue de ilustraciones, una decena de artistas plásticos procedentes de diversos lugares (Yurimaguas, Tarapoto, Iquitos y Pucallpa), cada cual con su propio estilo.
El propósito de la publicación del presente trabajo antológico de narradores de la Amazonía peruana, dado que los autores involucrados se han sumado desinteresadamente, responde a una intención prioritaria: difundirlo en bibliotecas escolares y municipales de todo el ámbito amazónico. Siempre y cuando resalte este propósito, cualquiera de los grupos antes mencionados, o cualquier autor de este libro, dispondrá de este material para una posterior reimpresión.
Miuler Vásquez
Miuler Vásquez González
↑ Volver al índice (Rioja, 1982).
Autor de las novelas «El árbol» (2010) y «Yakuruna» (2012), esta última ganadora de un concurso organizado por el Gobierno Regional de San Martín. También publicó el libro de artículos, cartas y poemas «No es nada personal» (2012). Editó y compiló la «Antología literaria sanmartinense. Autores contemporáneos» (2012), que reúne a más de treinta autores de la región. En 2013 fundó la editorial Trazos, con la que emprendió una importante labor de recuperación y difusión de la literatura amazónica. Entre sus trabajos como editor destacan los títulos de la serie «Mitos y leyendas de la Amazonía», ilustrados por reconocidos artistas plásticos amazónicos.
Orígenes del Chullachaqui
En el pasado, los hombres que poblaban la extensa selva, convivían con más de una mujer, a las cuales juntaban en un solo lugar para que se ocuparan de las labores de casa u otros menesteres afines; ellos, en cambio, cazadores y expertos en la pesca, salían al monte y a los ríos en busca del sustento indispensable.
Los poblados, casi siempre, solían extenderse cerca de algún riachuelo de aguas cristalinas, a donde las mujeres iban con sus tinajas a traer agua, y los niños y adolescentes se pasaban horas y horas pescando con las manos… Eran poblados de no muchas familias, compuestos de casas rudimentarias que se sostenían por palos y lianas, los mismos que proyectaban un techo de hojas de palmeras.
Quien gobernaba en estas comunidades, era el hombre más fuerte y audaz de todos; a este, a quien le decían curaca, era difícil ganarle en la pesca, en la caza, o en batalla. Si alguno osaba enfrentarlo, o le vencía a golpe de fuerza y se consumaba como nuevo líder, o moría y en adelante su familia, incluyendo a su mujer e hijas, pasaría a pertenecer a su victimario. Las mujeres, en este caso y en cualquier otro, cumplían con el acuerdo sin rebelarse. Y así, por ejemplo si un curaca las elegía siendo jóvenes, o las recomendaba a un varón, ellas aceptaban su destino. Pero había un día, uno solo en todo el año, en que las mujeres tomaban el control y no atendían a sus maridos; ese día, iban a un lugar que únicamente ellas conocían, para liberarse, sentir la libertad e iniciar en la vida cotidiana a sus infantas. Cuando eso ocurría, los varones se quedaban en casa.
Fue en aquella época, en algún poblado de la extensa selva, que un curaca muy poderoso, tras haber vencido a sus enemigos, se quedó con la mujer más bonita que viera en su vida. Por ella, por su belleza, para que le mirase con buenos ojos, permitió que su madre, una anciana que acababa de perder a todos sus demás hijos, se fuera a vivir con él.
Entre las otras cinco consortes que tenía este gobernante, ya viejas y cansadas, hizo de la reciente, su favorita. Esa actitud no gustó nada a las otras, a tal punto que decidieron hostigarla, en todo, incluso valiéndose de malas artes y de brebajes. Pronto, también el curaca empezó a incomodarse debido a que su nueva mujer no le daba un varón.
Eternamente bella, la nueva mujer se consolaba en el regazo de su madre, maldiciendo su mala suerte y descontenta de sus dotes. Pero su progenitora conocía las hierbas y plantas del bosque, todo sabía, entonces fue a buscar cortezas, resinas, hojas, raíces…, y preparó una pócima. «Ve ahora», le dijo, y ella fue en la noche, con su marido.
Al cabo de un tiempo, en efecto, le creció la barriga. El curaca andaba muy contento, orgulloso. Decía: «Será el varón más poderoso de esta tierra»; pero la bella mujer empezó a entristecerse, caminaba cabizbaja, muda, sin atreverse a decir nada a nadie, salvo a la anciana que le dio la vida, a quien un día finalmente le confesó que el niño de su barriga le hacía soñar con el monte, y que el monte tenía madre en forma de un varón que le hablaba, ¡cosas le decía!, y también reía como loco. «Tu hijo no es de gente, tu hijo no es de gente…», así decía que le hostigaba la madre del monte.
Con sueños repetidos, la tristeza en los ojos de quien daría a luz un nuevo ser, y las celebraciones constantes del supuesto padre, el día del nacimiento llegó. El curaca esperaba un hijo sano y sin defectos, al cual haría su heredero; en cambio, de nacer una hija, la ley le permitía a la madre desaparecer la criatura, en el río. Pero seguramente las probabilidades de que naciera una mujer eran pocas, dado a que las plantas no mentían, y si los vegetales decían varón, así sería.
Y no nació una mujer, aunque sí un varón robusto con un único defecto: tener el pie izquierdo encogido y chueco. La madre, que fue a parir en el río acompañada por quien le diera la vida, se asustó y se puso aún más triste por el destino de su hijo, al que ya imaginaba muerto y devorado por los peces. «Chullachaqui, chullachaqui», le decía su anciana madre, refiriéndose a la desigualdad de los pies del recién nacido, que miraba atento el espacio, quizás intuyendo su porvenir. En tanto, las dos mujeres decidieron llevarlo a un lugar seguro, en donde permanecería un tiempo. Y así fue que el chullachaqui acabó viviendo en una hendidura formada en el cimiento de un colosal renaco.
Cuando regresaron las mujeres, el curaca se negó a creerles. «¿Dónde está mi varón?», indagó. Ellas respondieron: «Mujer ha sido y muerta ya está bajo el río». Al oír esta contestación, el curaca entró en cólera, y valiéndose de su fuerza, incontrolable, ajeno a toda súplica, dio muerte a la mujer que no pudo darle el heredero tan ansiado.
La anciana, por su parte, horrorizada al ver la sangre derramada de su hija, se perdió en el bosque y fue en busca del último vástago de su estirpe. Y encontró tranquilo al pequeño chullachaqui, sumido en un sueño profundo y alentador. «Vivirás», le habló, e inició un discurso dirigido al árbol, a los ríos, a la selva, ¡a todos los espíritus del monte y de las aguas! E imploraba protección, acogimiento, sabiduría… Aquí fue que este insólito ser extendió las manos en son de plegaria, antes de emitir, contradiciendo toda lógica, su primer silbido. La anciana ni se inmutó al verlo, solo respiró aliviada, satisfecha de sus pedidos.
Pasaron los días, los meses, los años, y el chullachaqui fue creciendo bajo los cuidados de su abuela protectora y de la selva misma. Un día descubrió que los humanos estaban cerca, que él era uno de ellos pero diferente, desigual. Mucho le dolió esta comprobación, a tal punto que quiso saber de dónde venía, y para qué. La anciana entonces le relató su conmovedora historia, sin obviar detalles. El chullachaqui escuchaba, reía porque esa era su forma de ser, pero sus lágrimas se fueron vertiendo con tanto desconsuelo, que tan pronto le dejaron solo, partió hacia la inmensidad de la selva, sin rumbo preciso. Se fue, y tras larga marcha, se refugió en un bosque de renacos y ahí hizo su casa; de la anciana no supo más.
Y el tiempo siguió transcurriendo.
Un día, un cazador descubrió la morada del chullachaqui. Ya por esas épocas había el comentario sobre un hombre que caminaba cojeando por el bosque. Decían que nadie podía verlo, que era pequeño, deforme, con un pie desigual, o de venado, o con pezuña…, en fin, la gente no sabía de su apariencia precisa, y el cazador que acababa de descubrir su rastro, ni siquiera se interesó en averiguar su aspecto, en absoluto; por el contrario, si había llegado a su casa y sí realmente estaba en ella, se iba a burlar de ese ser tan misterioso. E inmediatamente, en el centro, en donde se amontonaba la hojarasca que componía su lecho, se aventuró a defecar.
Cómo le parecía graciosa su idea, pensaba el cazador, mientras iba riéndose a sus anchas por un camino que de pronto le resultó extraño. Ya cuando se detuvo, recapituló: los mismos árboles, el riachuelo de siempre, sus señales en orden…, sin embargo, no sabía a dónde había ido a parar ni qué lugar sería ese. En los siguientes segundos la desesperación le obligó a correr, de prisa, por donde fuera, antes de que una carcajada enloquecedora le anticipase la presencia de un monstruo malvado y deforme, que de hecho vendría a matarlo si le encontraba quieto. Y siguió corriendo, asustado de su propia voz y de su suerte; de su voz, porque creía escucharla en todas partes, le decía «para ya, no corras ya», y era igualita, como si fuera él en persona.
Desde luego que el chullachaqui, oculto tras los árboles, reía e imitaba la voz del cazador; lo hacía bien, porque siempre que los humanos se acercaban, los observaba y seguía con detenimiento.
Al cazador lo encontraron algunos días después, loco, «chullachaqui, chullachaqui…», murmuraba. Los hombres que fueron a rescatarlo cuentan que así se quedó un largo periodo y que después no vivió más tiempo.
Desde esa vez, hasta hoy, nadie se burla del chullachaqui. «Su hijo de la tierra es», dice un anciano, «y debe de serlo... desde que conozco esta historia, hace ya mucho, muchísimo tiempo».
Lupuna
Un árbol muy grande llamado lupuna, de copa redondeada, como si fuera un hongo. El tallo, blanco, grueso, abultado en la parte intermedia. Por alguna razón, no hay vegetación cerca, ni tampoco muchos seres vivos. El urcututu, notable búho de la espesura boscosa que todo lo observa, a veces se aproxima, emite su canto lastimero pero se va pronto. El bacamuchacho, ave negra y lenta, también llega en bandada, puebla un espacio a regular distancia y mira con discreción; mas no osa acercarse, prefiere quedarse ahí donde está, silencioso. Solo unas aves, los paucares, se atreven a vivir en las ramas más altas. Estas, con sus nidos colgantes, siempre cerca de unos panales redondos y blancos, que son los refugios de unas avispas de coloración azul, se ufanan de las desgracias y transmiten las malas noticias que la madre de aquel árbol les comunica cada noche.
El paucar, antes era hombre. Vivía en un pequeño poblado, cerca de un río, con su mujer e hijos. A pesar de que todos los días pescaba o cortaba leña, su vida transcurría en medio de muchas dificultades; es decir, siempre le faltaba el sustento. Un día, le pasó algo extraño. Había salido de madrugada, igual que de costumbre, con su hacha esta vez, porque ya le faltaba leña en casa, y estuvo caminando por un emplazamiento que no reconocía, largo rato, hasta que, sin pensarlo, fue a dar con un bosque de árboles completamente secos. Se alegró mucho, dio por sentado que su pobreza estaba resuelta y de inmediato comenzó con su labor de tala. Para su desgracia, la madera resultó siendo extremadamente dura, impenetrable. Entonces cambió su semblante, se puso triste y evocó a la desgracia con el objeto de que viniera a extinguirlo. Sin embargo, nadie vino; por el contrario, la soledad y el silencio parecieron incrementarse.
Contrariado el hombre, con ganas de retornar pero indeciso porque aún no había conseguido nada, se le ocurrió una idea descabellada: prenderle fuego a ese bosque, por intentar burlarse de él.
Del bolsillo de su camisa extrajo una cajita con cerillas, prendió una, la arrojó a un árbol y esperó. No hubo fuego, por el contrario, de la nada un viento sopló con insistencia apagándolo todo, como una señal para que desistiera en sus intentos. Pero el hombre encendió más palillos y los fue regando en cada árbol, a lo largo de todo el perímetro. Cuando terminó, sin saber cómo ni por qué, estuvo en medio del bosque, donde había un árbol que no estaba seco, enorme y extraño, de tallo abultado… Ya para esto, el fuego se levantaba a su alrededor, creciente e imparable.
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