Zombis

Por Juan Salvador Pipito / 17

Clavarse un puñal en el corazón durante el escaso tiempo de duración de la caída desde la terraza del décimo piso hasta la avenida principal, previo a estrellar su cabeza contra el pavimento, fue la primera opción de otras no menos violentas, que se le ocurrió al gran Charles de la Torre de Piedra, el popular Eche, antes de tomar la determinación final que lo llevaría a las fauces de la criatura más encantadora y sangrienta que jamás imaginó ver en su vida. Ahorcarse con un pijama, abrir un surco profundo con una navaja en una vena sobresaliente de su brazo, o ahogarse en la piscina encadenado al piano del salón de recepciones, fueron otras tentativas de muerte. 

La idea del piano le pareció memorable, de lujo. El gran Eche, el chico de la mirada encantadora, el de las cejas pobladas, el editor PRO de videos de alta gama inspirados en el universo zombi, el diseñador de contenido visual basado en hechos paranormales, agente de ventas publicitarias y gerente absoluto del canal independiente de horror y misterio, Gen-Z, transmitido en Facebook, Youtube y su propia plataforma 9G, tan pronto se imaginó sin vida en el fondo del agua, abrigó el concepto gráfico de un diseño exclusivo para una edición especial, en H4D, de un episodio post pandemia dedicado a la extinción humana. El título principal del vídeo introductorio, en letras doradas y grandes, sumergidas en sangre, en fondo negro, refulgió contundente: “Zona despejada”. Y debajo del mismo, en un plano principal, la toma de rigor, la de él en estado putrefacto al costado del piano, con las cadenas llenas de herrumbre, fuera del alcance de los zombis. El registro fílmico desde un Galaxy NOWA 3000, se le ocurrió, sería el complemento perfecto de una obra de arte de valor incalculable. Qué paja. Alucinante. De no ser por la distancia (calculó unos treinta metros), por la debilidad que lo aquejaba y por el insufrible hambre, habría empujado el jodido piano hasta el borde de la piscina sin pensarlo dos veces. 

En realidad, en el fondo de ese corazón compungido, otrora lleno de amor y de buenas intenciones, prevalecía el apego a la vida. Para Eche, vivir tenía sentido, solo que la muerte, paradoja del confort anhelado, representaba el único sendero a seguir. La noche del despertar de los zombis, la primera lejos de ese amor totalizador que no lo dejaba pensar como debía, se sintió derrotado, impotente, sin fuerzas para seguir adelante. El ocaso de la desesperanza, pórtico del más allá, fue una playa desierta y soleada en el que se acomodó para sucumbir. Se moriría de amor, pensó. Y recostó su hermosa cabeza, ya en el plano verídico, en una confortable mecedora, cerca de la piscina. Si no la volvía a ver, si no había forma de escribirle al WhatsApp siquiera, moriría de amor, se reafirmó dentro de sí. El edificio en el que se encontraba, era uno de los más altos de la ciudad; en él operaban dos bancos de criptomonedas, cuatro estudios de abogados y al menos ocho distribuidores de computadoras Micropus. El último piso y la terraza, le pertenecían a Eche. En la madrugada, loco de atar, ebrio de amor y de ron con Coca NOWA, la llamó a todo pulmón. No hubo respuesta. Cuánta falta le hacía la conexión a Internet, qué demonios ocurría en el mundo para que no funcionasen los teléfonos, mierda, y esas alarmas policiales, qué ocurría allá afuera, por qué no funcionaban los ascensores, por qué todas las puertas estaban cerradas. Eche no sabía que, dentro de unos días, se vería obligado a cortar los cables eléctricos que hacían funcionar a los ascensores. No imaginaba que tendría que romper el vidrio de seguridad de la puerta que daba con las escaleras, para que esta se averíe y se cierre desde adentro. Eche, el popular Eche, director del canal Gen-Z y modelo las revistas LGTB de circulación nacional, Cariocas y Somas, a varias semanas de la noche del despertar los zombis, reafirmó, ante una lata de conserva de espárragos, que el único dolor en su vida imposible de soportar, era el hambre. Salomé, en otras palabras, le había dicho lo mismo: “si la amas, ten el valor de separarte de tu novia tal cual ella está dispuesta a hacerlo de su esposo; sepárate, huevón, vive con ella, no importa en la miseria. Yo sé que no lo harás, cobarde, tú eres demasiado bello para padecer hambre por amor, tú no quieres ser echado de tus comodidades por tu hermano aunque te cojas a su mujer, pendejo de mierda, porque para ti primero está tu vida llena de lujos antes que cualquier otra cosa”.  

A Eche le fue favorable el destino. En la terraza, había varios ambientes cerrados donde los dueños de los negocios interiores guardaban todo tipo de enseres, incluyendo conservas, tragos y otros alimentos comestibles. En un extremo, incluso, había un helicóptero que no se atrevía a usar. A diario se vestía con elegancia, se bañaba en la piscina, se asoleaba el cuerpo un rato, u otras veces se paraba en el borde de la baranda y meaba a su gusto. Mientras sus aparatos digitales aún seguían con la batería cargada, filmó, grabó su voz y escribió algunos apuntes. Con la pérdida de la energía eléctrica, arrinconado a la prehistoria, lejos de la modernidad, empezó a hacer ejercicio. De igual modo, imaginar historias del fin del mundo e iniciar una conversación consigo mismo fueron cosas de todos los días.

Sólo cuando empezaron a faltar los alimentos, Eche se animó a pensar en la muerte. ¿De qué le servía respirar si escaseaba la comida?, ¿qué utilidad podría tener un hombre sin fuerzas?, ¿valía la pena ser parte de un mundo en ruinas? Tal cual se encontraba, no tenía sentido alguno vivir. Era preferible un final digno, a vivir arrastrándose, literalmente, en el último piso de un edificio sitiado por zombis, en lenta agonía con rumbo hacia una muerte inevitable. 

Después de tomarse sin miramientos la última Coca NOWA que atesoraba en una caja de cartón junto a dos sacos rojos y una corbata amarilla, ávido de sentir ese líquido gasificado en su garganta por última vez en su desgraciada vida, miró hacia abajo. “Mierda, ¿quién es ese?”, se sorprendió, al distinguir en la avenida desierta y pestilente de hacía unos segundos, de pronto alborotada por una horda de zombis hambrientos y descontrolados, a un hombre fornido abriéndose paso en esa muchedumbre enloquecida. 

Rodrigo Mendrock Reyes Penoloco, el triturador, el hombre en aprietos que viera Eche desde la cima del edificio del que intentaba lanzarse, tras ver en el cielo a esa luz azulina proyectada en forma fálica, decidió abandonar Palitrokes para siempre. Aquella luz se mostró en el firmamento en una noche propicia, así lo creyó Mendrock al sentir cómo se erigía una poderosa estaca entre sus piernas. Tan pronto estuvo listo para la acción, desnudo, atento a la mirada temerosa del poeta Consagración Fernández, dio aviso a su harem del inicio de una gran fiesta. El ambiente iluminado de un azul tenue, como si se tratara de un salón de baile o de un burdel de prestigio, merecía una gran celebración. Al llamado displicente del semental, acudieron en procesión sumisa Domínica y Diana, las primeras en ser elegidas. Fue una noche irrepetible. El despliegue de energía, el uso de la fuerza para sostener los cuerpos desnudos en el aire o en posiciones diversas y la agilidad para realizar acrobacias sin un ápice de cansancio, fácilmente, de existir una categoría afín, habrían catapultado a Mendrock Reyes a ser el primero en el top ten de los reyes de la copulación. Domínica, patente de una muñeca inflable, muda, versátil, fácil de ser arrastrada de un lugar a otro, fue la que se llevó el premio mayor. Al menos unas diez veces, Mendrock descargó en ella toda su fuerza interior. Las cosas por poco se salieron de control cuando el triturador coaccionó a Diana Vivanco a tragarse una descarga potente y voluminosa de semen, al punto de casi atragantarla hasta la muerte. Salvo ese impase, en otros escenarios, en el frente y en la retaguardia, no hubo más incidentes que lamentar. Cerca del amanecer, Mendrock empezó a eyacular sangre en vez de semen. En la cumbre del esplendor de un hombre afortunado medianamente satisfecho, bañado en un mar de sudor, en medio de varias mujeres sumidas en llanto de dolor y de humillación, aún con la viga en ristre, el triturador se detuvo. Domínica, su putita de lujo, la del culo rendidor, la incondicional, la que se la embocaba sin chistar hasta las bolas, a quien extrañaría a mares en el futuro próximo, se persignó aliviada. Diana, abierta de par en par, con la piel desgarrada y roja, dejó escapar una flatulencia imperceptible, tal si fuera su último aliento de vida, o algo parecido, porque dejó de moverse en el segundo siguiente, desparramandose como un saco lleno de piedras u objetos duros pero sellado. Diano se quedó inmóvil, ignorada, silenciosa. “Poeta”, llamó el triturador. Un ser minúsculo, con las piernas dobladas, pálido de terror, asomó su cabeza blanquecina. El miedo a ser quebrado en dos, o peor aún, a ser el objeto sexual de esa bestia insaciable, obligó a Consagración Fernández a temblar de pies a cabeza. “Poeta, te voy a heredar mis putas”, le volvió a hablar. Así fue como Rodrigo Mendrok Reyes Peneloco, el triturador, se fue de Palitrokes. Primero se comió veintisiete conservas de pescado, ocho latas de leche y dos Sprite NOWA, su gaseosa de limón favorita. Después, cogió el martillo de acero del almacén general, ubicado al final del pasadizo del primer piso y partió. El poeta, de alma noble y de carácter pacífico, carente de la fuerza necesaria para ser el líder de la manada, terminaría relegado en un rincón. En Palitrokes, la despensa aún seguía llena de frutos secos, alimentos procesados, agua y bebidas gasificadas. Esa mañana, todos los presentes, salvo Diana, que seguía inconsciente, desayunaron en silencio.

Al otro lado de la ciudad, en la montaña Azul, Gato Sméagol se despertó bañado en sudor. Cerca, en un arbusto de flores rojas, una avecilla de color celeste, piaba con insistencia. Sméagol la pudo ver con atención. Los rayos solares, al estrellarse en ese pico amarillo, en el preciso instante en que la colorida ave se acurrucaba para planear vuelo, se aunaron en burbujas aplanadas, relucientes, del tamaño de las devualuadas monedas de cincuenta centavos. Ante esos ojos empapados de sudor, el pico se traslució en una sonrisa resplandeciente, cálida, de una dimensión palpable. El olor del sexo de María Trinidad de los Remedios, disperso en el sonido de los insectos y en el color del paisaje, tan pronto se intrujo en sus fosas nasales, a la par que la avecilla se elevaba rauda por los aires, contrajo su corazón hasta las lágrimas. ¿Eres tú?, ¿estás aquí?, se retorció entre las hojas. Maria Trinidad, envuelta en un halo de neblina, con ese vestido celeste que tantas veces Sméagol retiró de su cuerpo para poseerla con pasión, se cristalizó en la luz del sol, en el aire y en el olor de la tierra. 

Wiwi Velo, en ese instante, alerta al peligro, parado en un rincón de una de las calles derruidas de la ciudad, ni bien alzó vuelo una bandada de aves cerca de él, las denominadas de Castilla, estiró la mano con audacia y logró capturar a dos de ellas. A una se la comió en el acto, casi sin desplumarla. A la otra, la fue digiriendo de a pocos, de bocado en bocado. Podría, de haberlo encontrado necesario, haberse mimetizado con la sangre putrefacta de aquellos humanos carentes de sentido común. Podría, si ese hubiera sido su propósito, ladear el peligro, avanzar sin dejar rastro, escurrirse cual agua en la arena. Mas no; Wiwi Velo quería acción, ansiaba destrozar cráneos de zombis con el indestructible fémur del poeta Egosad. “Sueeeel-tlo”, se encabritó, a modo de relincho, “arreeee-llito”, volvió a la carga. Probablemente, en ese tono de pronunciación acelerada, decía frases completas, quizás de algún recuerdo lejano, se le ocurriría a Mendrock Reyes, horas más tarde, al encontrarlo en las afueras de la ciudad, en una zona despejada. Mientras tanto, Wiwi Velo calculaba el peligro y medía la zona con mirada escrutadora. El fémur era maniobrado con verdadera proeza. A ratos era un hélice, o un búmeran, o una espada poderosa, o sencillamente, un bastón de apoyo. Un zombi despistado, atraído por el olor a sangre humana, quizás confundido porque Wiwi Velo no era un humano convencional, tuvo la desdicha de acercarse demasiado. El arma letal le llevó medio rostro de un solo golpe; en una segunda acometida, le voló el craneo restante varias decenas de metros más allá; para cuando Wiwi arremetió con una andanada de golpes certeros, el cuerpo de la desdichada criatura cayó hecha jirones. A otro zombi de aspecto femenino, al acercarse con la boca abierta, le atravesó la cara de palmo a palmo, abriéndole la cabeza en dos. Diez, veinte, cincuenta zombis, caían al suelo doblegados por la fuerza del poderoso gurú ayahuasquero, el futuro líder de Los Siete, a quien Mendrock vería en tan solo unas horas, al despuntar la tarde, parado cerca de la criatura más encantadora y sangrienta que Eche jamás imaginó ver en su vida: Katherine Rodríguez.

El popular Eche, autor de la saga “Planeta perdido”, trilogía basada en guerras interplanetarias, cobró relevancia gracias al impulso del capo Sotelo, mecenas de una publicación en formato popular que tuvo bastante auge gracias a los códigos QR de descargas de un juego de estrategias y de guerras interplanetarias, de nombre homónimo, que los lectores podían escanear utilizando un número de serie exclusivo impreso al final del libro. El rostro de Eche, se viralizó en la web en tiempo record, aunque con el transcurrir de los años pocos lo recordarían como el autor de la ambiciosa saga, esto debido a la alta demanda de nuevos jugadores. En las versiones actualizadas del juego, además, la perspectiva de la trama original cambió por completo. Eche, de ser en el juego un guerrero que buscaba la liberación de planetas sometidos por un imperio dictador, pasó a ser un soldado sin perspectivas, adicto a las mujeres de toda índole, bebedor empedernido y bisexual. En los círculos de gamers, entonces, surgió el concepto “Eche”, para referirse a los que tenían apego a cierta bebida o droga. Si surgía la iniciativa de ir a embriagarse, los amigos decían, “esta noche somos Eche”, o si querían juntarse para fumar marihuana o meterse alguna otra droga “hoy toca Eche”, se decían. En resumen, Eche era sinónimo de exceso. En cuanto al verdadero Eche, ni más ni menos, hacía honor a esa popularidad. Del escritor prometedor de antaño, de ese que tenía una mente brillante para crear ficciones, no quedó ni la sombra. Gen-Z, no obstante, el proyecto audiovisual financiado por su hermano, tuvo una acogida inesperada. Ochenta y cuatro capítulos de historias escabrosas sobre las verdades y los mitos de los zombies, documentadas al detalle, daban cuenta de un trabajo PRO, elaborado con esmero, paciencia y buen gusto. Durante la pandemia, frustrado por la cancelación de un viaje al África, en donde se suponía tendría contacto con un brujo que hacía resucitar a los muertos mediante el conocido ritual vudú, se dedicó a mirar videos en YouTube sobre temas sobrenaturales. En este periodo fue que se enamoró hasta los huesos de su cuñada, la mujer de su hermano benefactor. El romance fue sórdido. Pese a las recomendaciones de su amiga de toda la vida, la rubia Salomé, de dejar ese absurdo o ir de una vez hasta el final, Eche decidió seguir a medias. El día que decidió lanzarse de la terraza del edificio en el que yacía cautivo, muchas lunas después de la noche del despertar de los zombis, al ver cómo Mendrock avanzaba martillo en mano en desesperada carrera, no supo por qué, se acordó de ese amor imposible. Más que la necesidad de verla, le dio curiosidad saber si aún vivía. ¿Sería posible encontrarla de nuevo?, ¿allá afuera, en las ciudades destruidas, existían otros humanos no zombis?, ¿qué carajos les había sucedido a Salomé, o a su hermano, o a sus amigos cercanos?, pensó. “Mierda, están por todos lados”, se alarmó, al mirar otra vez hacia abajo.

Rodrigo Mendrock Reyes Peneloco, fue acorralado por cientos de zombis. Tras varias horas de sacrificada defensa y encarnizado ataque, se encontraba en un callejón sin salida, a punto de ser descuartizado. Al menos daba esa impresión. Un zombi de aspecto femenino, sin duda de complexión atlética en sus mejores tiempos, se acercó raudo con las piernas desnudas y los pechos descubiertos. “Hermano, me da vergüenza admitirlo, pero me volví loco”, le diría a Eche al día siguiente, a más de dos mil metros de altura sobre la vasta selva amazónica. En el callejón sin salida, en tanto, otro zombi, también de aspecto femenino, con el uniforme raído y lleno de sangre del banco BVB-NOWA, intentó morder Mendrock. Otro, con las tetas al aire, aún esbeltas, dio un mordisco al vacío. Carajo, no era el lugar ni el momento adecuados para despertar a la bestia dormida, intentó controlarse. La muerte le acechaba, mierda, cálmate Elvis de la Riviera, modérate, vuelve a tu lugar. Los zombis, a pesar de no tener idea de lo que venía ocurriendo, parecían alelados al ver cómo la carnada le hablaba a un ser imaginario. Al llamado desesperado de “vuélvete a tu guarida Elvis, es una orden”, el descontento de una bestia indomable, quizás descendiente directo del poderoso Serverguer, se exteriorizó en el poderoso falo que siempre se jactaba de ser. Esta vez rompió el pantalón de Mendrock, liberándose en contados segundos. Al ruego, casi súplica, de “por favor, Elvis de la Riviera, te prometo un culito mucho más rendidor que la de nuestra Domínica cuando esto acabe, pero vuelve a tu rincón, no estamos para jugar ahora”, la bestia liberada se hinchó tanto, que el efecto se vio reflejado en los músculos de su poseedor. Mendrock había visto una película acerca de un tipo que, cada vez que sentía cólera, se hacía más fuerte y poderoso. En él, lo acababa de descubrir, ocurría algo equivalente, solo que, en su caso, la fuerza provenía del deseo que sentía. Cuánto más ganas de copular tenía, más músculos se formaban en sus extremidades y tórax. Tanto fue el deseo sexual de poseer a esas criaturas carentes de orientación y hambrientas de sangre y de carne humana, que, durante un periodo de tiempo, el suficiente para abrirse paso y seguir, Mendrock Reyes, el triturador, pasó a ser el Increíble Mendrock. El crepúsculo anaranjado, inicio de un atardecer inmejorable, se dejó sentir dolido cuando siguió cuesta abajo.

En otro escenario, en las inmediaciones de la librería Universus Buk y Asociados, otra cruenta batalla entre humanos y zombis, en la que formaron parte Wiwi Velo, Manolo de las Rayas y los sobrevivientes de las huestes del capo Sotelo, dejó un escenario macabro de muerte y destrucción. Eche vio a quienes conformarían el grupo de Los Siete, dirigirse a las afueras de la ciudad. Trató de no perderlos de vista y de seguirlos de cerca, pero algo parecido a una maza de la edad media, que resultó siendo el Orange 3000 – Vibrator collection de Katherine Rodríguez, lanzado con certera puntería, por poco se tumba al helicóptero de la terraza que al fin se había atrevido a maniobrar. Eche, en efecto, guiado por el instinto y la lógica, en afán de conservar su vida, no lo pensó dos veces para echarse a volar. La hostilidad de la futura mujer de sus sueños, Katherine, no detuvo al chico popular; por el contrario, sintió que debía estar cerca de ella, algo en su interior le decía que ese era el camino a seguir. 

El grupo de Los Siete, completo con el incorporamiento del talentosísimo Luciano Alejandrópolis, se fundó sobre la hierba del camino, al amparo del juramento de permanecer unidos ante la adversidad. Wiwi Velo, el líder indiscutible, con extraños relinchos de por medio, dio las dos únicas instrucciones para la buena convivencia: obedecer sus órdenes y evitar acercarse a Katherine para la cópula si ella no lo deseaba. Al gurú le habría gustado, según el plan inicial, tener entre sus filas a Mendrock Reyes en reemplazo de ese mequetrefe de Luciano, le contaría a Gato Sméagol, cinco semanas después, en la recepción del hotel “Luna y Sol”, propiedad del Sergio Alejandrópolis, padre de Luciano.

Rodrigo Mendrock Reyes Peneloco, el triturador, intentó llegar al helicóptero de un solo salto. Su esfuerzo fue en vano. “Hermano, me sentí inmortal, capaz de todo, hasta de volar como un pájaro”, le contaría a Eche al día siguiente, tras abandonar el grupo de Los Siete, a donde llegó con ganas de seguir masacrando zombis. 

El chico de los excesos y de las artes amatorias, el popular Eche, a su vez, aterrizó el helicóptero en lo que debió ser una plantación de arroz, para variar, cerca del grupo de avanzada en aniquilación de zombis, Los Siete. A ellos se dirigió en el acto, en exigencia de comida y agua. Los chicos populares suelen ser así, no hay nada de extraño en ese comportamiento. Katherine Rodríguez, esmerada en darle una cálida recepción, le dio un cachetadón hasta dejarlo inconsciente varios minutos. “Estamos para servirte, papi”, le guiñó con un ojo. 

En este periodo de reposo, cada personaje más insólito que el otro, parecía reflexionar en profunda concentración, el advenimiento de un futuro caótico. Al costado, en el borde de la carretera, el patriarca de los patriarcas, el sabio ayahuasquero más poderoso del final de los tiempos, le pedía a Mendrock Reyes, el triturador, el cumplimiento de una consigna de suma importancia, de vida o muerte. Para convencerlo, con una mano empuñaba el fémur del poeta y con la otra le apuntaba con el dedo índice. Algo serio parecía decirle, lo decían esos movimientos acelerados de manos y de cabeza. Las palabras “domo” y “hongos”, se dejaron escuchar varias veces.

Al final de la tarde, reunidos alrededor de un fogón, departieron una cena opípara: caldo de rana, murciélago rostizado y otros roedores de nombres desconocidos asados al palo. Para evitar el acecho de los zombis a la improvisada guarida, tuvieron que seguir las indicaciones del gurú ayahuasquero Wiwi Velo. Ya se imaginarán los detalles en los que incurrieron. Con el pasar de las horas, el grupo se acostumbró al olor putrefacto del ambiente.    

Katherine, sentada debajo de un arbusto con la cabeza de Bono entre sus piernas, aún guardaba la esperanza de encontrar con vida a su hermana y a sus sobrinos. Al pedido de salir a buscarla, Mendrock, de vuelta a la realidad, o tal vez preso de sus recuerdos llenos de armonía, se ofreció en ir a buscarlos él solo, a costa de su propia vida. Lo haría en cuanto regrese de cumplir la misión ultrasecreta que Wiwi Velo le había encomendado. “Yo lo arreglo, no debes preocuparte”, Mendrock se mostró amable. “Tranquila, chiquita, no temas a este futuro hostil, yo cuidaré de ti, de tu hermana y de mis hijos”, le susurró, tieso de deseo, o mejor dicho, Elvis de la Riviera palpitaba de emoción con la sola idea de escarbar en ese precioso cuerpo.

El capo Sotelo, meditabundo, muerto de celos, miraba con odio a Mendrock. A ratos quería cortarle la cabeza a machetazos, matarlo, decirle que esa mujer era su puta, su esclava, pero temía no ser el ganador. Además, la muy zorra se creía emancipada. Santi, al notar esas intenciones suicidas, se hizo el desentendido. 

Bono, el bueno y olvidado Bono, de rato en rato le lamía las piernas a Katherine. A veces ella, movida por la ternura o quien sabía qué sentimientos, le dejaba lamer más al centro. Bono no cabía de contento. “Ca-char”, repetía una y otra vez. 

Manolo de las Rayas Doradas, con su poderosa Katana, la mayor parte del tiempo no decía una sola palabra. En determinado momento de la noche, ciego de ira porque nadie se rió de un chiste acerca de un elefante violador de monos, atacó a un grupo de hierbas y arbustos hasta no dejar ramas ni hojas enteras. Enseguida volvió a sentarse en su rincón, en su recurrente postura de impavidez.

Luciano se acordaría, toda la noche, del poeta Egosad, sin imaginar que lo tenía cerca. Bueno, en esencia, el fémur tenía forma de lo que más añoraba de él: su falo erecto. Acabada la cena, dio un profundo suspiro de pura nostalgia al recordarlo. 

Para Eche, la bofetada de Katherine fue la más sublime de las caricias. En esencia, se rindió ante ella en cuerpo, corazón, alma, huesos o lo que pudiera darle sin importar el tamaño, costo, o dificultad. La amó aún antes de conocerla. Incluso, en otras vidas pasadas, la amó con locura. Y claro, la seguiría amando en el más allá. La aparición de Katherine, representó para Eche una nueva etapa en su vida. Desde que la vio por primera vez, dentro de él una mariposa devoradora de órganos, reordenó sus sentidos. Hubo un antes y un después desde entonces. El nuevo Eche era un ser renovado. Por ejemplo, si el anterior admiraba el cielo azul despejado en la plenitud de la tarde, el nuevo admiraba ese paisaje con los ojos más abiertos. Si el Eche anterior quería bañarse sin ropa en una quebrada llena de piedras, el nuevo quería lo mismo pero con más predisposición. Si el Eche de antes soñaba despierto, el nuevo vivía esos sueños en el día a día. Y en fin, todo este proceso, así lo entendió Mendrock Reyes, surgió de una falsa promesa de amor; es decir, el chico popular de antaño, en términos reales, nunca fue correspondido como se debe. O más claro: no mordió la pezuña. Ni siquiera la olió. Toda esa pendejada de sentirse renovado, de caminar en puntillas e ir deshojando flores silvestres, se debía, lo de “silvestres”, porque terminarían al día siguiente, tras volar más de dos horas seguidas sobre la vasta selva amazónica en busca de indicios de la construcción de un gran domo, perdidos en la enmarañada selva, y lo de “hombre renovado”, qué estupidez, esa locura fue una alucinación más prolongada que las resultantes de la ingesta de esos hongos que se zampaba el gurú ayahuasquero. Esa idiotez de sentirse enamorado debía tener alguna lógica, trataría de comprender Mendrock, en más de una ocasión, al ver cómo su amigo caminaba entusiasta entre los árboles. ¿Acaso no tenía derecho a buscar la complacencia de su alma? A fin de cuentas, el sendero no dejaría de ser espinoso. “Encontraremos el camino de regreso, hermano, e iremos al fin del mundo de ser necesario, en busca de tu felicidad, te lo prometo”, le diría Mendrock a Eche en una tarde lluviosa, en la víspera de ser atacados por una manada de otorongos.     

La falsa promesa de Katherine, en una mirada objetiva, fue el resultado de una serie de confusiones. Aquella tarde y noche de encuentro con Los Siete, en la improvisada guarida, Eche y Mendrock se encontraban discutiendo los detalles acerca de la misión que cumplirían al día siguiente. El segundo tenía muchas dudas acerca de la empresa. ¿Sobrevolar el llano en helicóptero sería buena idea?, ¿tenían el combustible necesario para lograr el objetivo?, ¿era complicado manipular aquél vehículo? El otro, por el contrario, encajado en una tallada seguridad, altivo, seguro de estar impresionando a Katherine, repetía a cada instante “pan comido”, “en un dos por tres lo hacemos”, “confía en mí”. Al cabo de un rato, en complicidad con las gastadas llamas de un fogón decadente, la mano de Eche se aproximó a tocar el culo de Katherine. Aquí ocurrió algo insólito. Bono, que no dormía nunca, intentó atacar a Eche. Fue un intento fallido, porque también Katherine se había movido para sacar a relucir su poderosa arma, el Orange 3000 – Vibrator collection. En el forcejeo, de alguna manera imposible de narrar para un testigo presencial, un tanto por la poca luz y otro por la rapidez del suceso, Bono, el inofensivo y bueno de Bono, mordió el suculento trasero de Katherine. Quizás tenía ganas de hacerlo desde hacía mucho, se le ocurriría a Mendrok en más de una ocasión. Quizás, solo fue el azar. Como sea que haya sido, el resultado hizo de la mujer mordida un cuerpo convulso, epiléptico. Al tener los ojos estrellados de sangre y la cara tatuada de venas azules, finalmente, Katherine  intentó atacar a los presentes. Otra vez el bueno de Bono lo retuvo. “Ca-char”, dijo, pausado, mientras la criatura sangrienta le mordía la cara, el cuello, los brazos… Nadie quiso intervenir. “Que se defienda sola esta puta desagradecida”, murmuró el capo Sotelo a los oídos del flaco Santi. Wiwi Velo se tocó el mentón, dubitativo. Los demás solo miraron atentos.

—Esos labios rojos se veían encantadores —le diría Eche a Mendrock, la madrugada en la que se pusieron a descansar, adoloridos y llenos de arañazos, sobre una piedra plana—. Daría mi vida por meter mi lengua hasta el fondo de esa garganta profunda.

—Te la comería, hermano.

Katherine derribó a Bono. “Ca-char”, decía este, a voz quebrada, reacio a defenderse. En el suelo, la criatura encantandora y sangrienta que Eche jamás imaginó ver en su vida, siguió despedazando a mordiscos el cuerpo de Bono, el bueno de Bono. Cuando no quedaba más que un cuerpo inerte tendido en la tierra, en la extensión plena de un amanecer resplandeciente, Katherine, convertida en una fiera espeluznante a los ojos de todos, salvo a los de Eche, se tambaleó envuelta en graznidos aterradores. Un paso adelante, uno atrás, abiertas sus fauces en intención de ataque, se abalanzó sobre el impertérrito Eche. 

—Temblaba —le diría Eche a Mendrock, cada vez más débil, al borde de la inconsciencia—. Al estrechar su pecho junto al mío, sentí latir un corazón asustado. Me habló en silencio, escuché el rumor del miedo en su cálido aliento. También me asusté, es normal asustarse cuando uno ha encontrado el amor verdadero. Fue entonces que lo comprendí todo. Bono, al que llamaban “el bueno”, se merecía ese final sangriento. Se entregó por amor.

Eche recibió a la encantadora y sangrienta Katherine con los brazos abiertos. No huyas, quédate, pareció implorarle, atenazado alrededor de ella. Un grito de espanto, de visceral agonía, laceró su corazón enamorado. Ella le estaba prometiendo amor eterno, pero debía irse, no le quedaba otra opción, eso era lo que intentaba decirle con esa súplica ahogada, entendió Eche. Está bien, lo acepto, ve, amor infinito, huye de esta fatalidad cruel, piérdete entre los árboles, renace de tus cimientos y aguarda por mí. Yo, Charles de la Torre de Piedra, el gran Eche, volveré para encontrarte, lo juro. Mendrock y el grupo de Los Siete, que ya no eran siete, vieron a la ensangrentada mujer, o al zombi, o ya no sabían a qué criatura híbrida, incorporarse con gran dificultad motora. En breve, sin atacar a nadie, se marchó sin voltear la mirada.    

En poco tiempo, alzaría vuelo el helicóptero con Eche y Mendock a bordo. Perdería altura dos horas después de despegar, se estrellaría contra las copas de los árboles, explotaría. Pero los tripulantes, salvados de milagro, acabarían perdidos en la espesura de la selva.

A la hora prevista, los viajeros se perdieron en el cielo azul. En la guarida, entretanto, una vez retornada la calma, los Siete que ahora eran cinco, se preparaban para una excursión a la base militar NOWA-07, presumiblemente habitada por militares sanos y salvos. Luciano, sigiloso, se dirigió a un costado de los demás. Sobre las hierbas maltratadas, pudo ver el enorme consolador que fuera el arma letal de Katherine, el Orange 3000 – Vibrator collection. En adelante, ese objeto precioso sería de su propiedad.

Una brisa apacible, precedió el vuelo de una bandada de aves.

A esa hora, en Palitrokes, dentro de algún punto de la ciudad, Diana empezó a reanimarse después de haber estado inconsciente cerca de un día entero.

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