Zombis 18

El flaco Saturnino Antígeno Cali, Santi para los allegados, el codiciado galán de las prostitutas veteranas en los buenos tiempos del Capo Sotelo, cerró los ojos e intentó no perder la calma. Llevaba horas sumido en un dilema existencial. “Ser o no ser”, la pregunta del millón, calaba en lo más hondo de sus entrañas. De pronto, una luz se encendió en su cerebro. “Ca-char”, se filtró la voz de un Bono resplandeciente. Sí, el bueno de Bono, el extraño zombi enamorado de la sangrienta Katherine, surgió en sus pensamientos en clara respuesta a sus tribulaciones.

“Debo encontrarla, entregarme a esos encantos zombinos y vivir para contarlo”, habló en voz alta, presto a dar con ella en la espesura del bosque a costa de lo que fuera. Pensó en esas hermosas y contorneadas tetas y, en un instante de emoción, de olvido de la realidad, estuvo a punto de masturbarse. Esa boca roja, esa lengua de víbora y ese prodigioso culo, debieron ser de él, solo de él, de nadie más. Por la reputa madre, cuánto la había deseado, cuántas ganas de montarla había tenido las veces que la vio, desnuda y expuesta en un quiebre de infarto, chupársela al capo. Esa postura inusual de puta celestial, con la prominente posadera expuesta en perfecta redondez, ciertamente, en la temporada de confinamiento, hizo del cordillerano Constantino Caponi Putoski, alias Capo Sotelo, un espécimen humano privilegiado. Al menos Mendrock, el bárbaro, el héroe del grupo de Los Siete, que ya no eran siete, días más tarde, reconocería que Katherine tenía una belleza inusual. 

En tanto, en la azotea de un edificio a medio derruir, relegado del equipo de avanzada que pretendía llegar a la base militar NOWA-07 y ensimismado en una profunda indecisión, Saturnino tuvo un ataque de tos. No merecía ese desenlace absurdo, lloró con amargura. No quería morirse sin pena ni gloria, no en ese estado de penuria. “Quiero vivir, carajo”, le habló al vacío, desesperado. El viento, ajeno a sus quebrantos, jodidamente inoportuno, arrastró contra su cara el recorte de un periódico. “Covid-24…”, alcanzó a leer el título de una noticia. Quiso apoderarse de ese papel impreso, hacerlo pedazos en el acto; pero un nuevo acceso de tos le obligó a doblarse en noventa grados. La tos no se detuvo. En el suelo, una saliva sanguinolenta, pálida, flemosa, se confundió con el polvo de los escombros. ¿Debía esperar la muerte con dignidad, aguantar el hambre y cerrar los ojos a la espera de un inminente punto final? ¿Allá, en la densidad del horizonte, en esa montaña oscura, no le aguardaba acaso la peor de las tragedias? Volvió a escupir, o más bien vomitó un coágulo de sangre. Durante varios segundos, no pudo respirar. Así de desesperante debía ser la muerte, pensó. Además de dolerle el pecho, se le nubló la mente. 

“Si me repongo, si no me desvanezco para siempre, si me dan las fuerzas al menos para moverme… saldré a buscarla”, reafirmó su decisión en el último segundo de lucidez, antes de estrellar su cara contra el suelo. Y en efecto, el flaco Santi, a media hora de caer desmayado, se levantaría con mejor semblante, dispuesto a emprender la empresa planeada. La idea de probar nuevas cosas, el dilema de “ser o no ser”, en realidad, como ya supondrá el lector, no tenía que ver con la búsqueda de Katherine. Para ser fieles a sus hondos sentimientos, Saturnino anhelaba saciar ese deseo reprimido que lo consumía por dentro y por fuera: ser una damisela hambrienta de carne fresca, una mula en celo, la carnecita de cañón de la tropa. En el corazón de ese rostro identificado con el asco a las mariconadas, detrás de ese aspecto varonil y rudo, desde muy temprana edad y aún mucho más desde que viera de reojo la enorme bazuca del increíble Mendrock, se escondía un capullo multicolor, una mariposa ansiosa de ser violentada a profundidad. Qué diablos, la muerte le rondaba, suspiró el flaco Santi, decidido a introducirse en el recto el Orange 3000 – Vibrator collection, sustraído de la carroza de Luciano durante una confusa trifulca contra zombis, suscitada dos días atrás aún en compañía del grupo de Los Siete, que ya no eran siete.

Quince años atrás, Saturnino sintió una punzada en el pecho. Los médicos le dieron un diagnóstico poco alentador: atelectasia crónica. La enfermedad, le advirtieron, era llevadera; sin embargo, debía llevar una vida sana, sin excesos. Es decir, cero bebidas heladas, cero desvelos, cero drogas. La depresión, la ira y la impotencia gestadas por las limitaciones de las que fue objeto, harían de él una sombra desaliñada, una piltrafa andante. En aquellos tiempos, si bien el flaco Santi poco a poco iba ocupándose de los negocios turbios del más grande mafioso de todos los tiempos, el capo de capos, Sotelo, por otro lado, de manera paralela, llevaba una vida de padre y esposo ejemplar. Tenía dos hijas pequeñas. Ellas eran lo más valioso que poseía, habría matado para protegerlas, o, como las haría creer, dio la vida para que pudieran progresar sin el sacrificio que a él le había tomado hacerlo. Así fue como Santi, una tarde de invierno en la que sus queridas hijas patinaban sobre el hielo en una pequeña ciudad de la lejana Europa, murió en un titular de media página, impreso en un periódico de solo tres unidades que los hombres del capo Sotelo, junto a una considerable suma de dinero y luengas advertencias de no regresar nunca más a su país de origen, bajo pena de ser reducida a balazos en caso de hacer lo contrario, se encargaron de hacerle llegar a la abnegada Paty Pollo, la madre de las niñas. Saturnino Antígeno, desahuciado, reducido a un cuerpo esquelético tras varios meses de depresión, seguro de haber enrumbado un nuevo destino para los suyos, se sintió aliviado el día en que los influencers a sueldo del capo le enviaron sentidas condolencias a la reciente viuda. 

—Ahora sí, a vivir como se debe —brindó Santi aquella noche—. Salud, mi gran amigo Sotelo. Salud, Cocoroco Box. Salud, mis codiciadas muñecas de carne —a una de las cuatro putas de uso exclusivo para el personal de la casa, le tocó el monumental culo—. Me voy a enterrar en ti, preciosa, no me importa perderme en el más allá si me ahogo en tu sabrosa pulpa —se relamió.

—Enfermo de mierda, calavera andante, pareces un puto filósofo —rio a carcajadas el todavía confiable Evaristo Zuela, el popular Cocoroco Box—. Está bien, causita, disfruta, goza, la vida es pa’ gozarla.

—Mi cago di hambre, gafos —Sotelo pidió dos fuentes de ceviche de cuy y una de estofado de patitas de chancho—. Comieras so liendroso —le increpó al enfermo.

—Me comeré este panqueque con relleno de chocolate natural —el flaco volvió acariciar el culo de la puta—. Qué rica estás, mamacita. Te voy a meter la lengua por todos tus huecos. Hoy es tu día de suerte y lo es el mío. ¿Cumplirás en satisfacer los deseos de este moribundo?

—Habla so puta —el capo, en vista del silencio prolongado, apresuró la respuesta de la más sumisa de las acompañantes, la tímida Erika Sandy Quino.

—Soy toda suya, don Santiago.

—Llámame «Amo Santi» o «Patrón».

—Amo de los cadáveres del cementerio, será —Cocoroco volvió a reír—. ¿Qué tienes ahí? ¿Pene o huesito?  —le dijo enseguida, apuntándole a la entrepierna. Salvo él, nadie más se rió de  aquel chiste de mal gusto. Cocoroco se caracterizaba por ese humor disparatado, a veces sin sentido u otras carentes de empatía—. Ríete pues calavera de mierda, leproso conchatumare, o te doy ahorita un lapo para quebrarte de una vez. ¿Te zampo un combo en la cara, causita? Mira que estoy regalón.

—Cállate, baboso de mierda, perpetrador de momias, gerontófilo de asilo de los suburbios.

El pobre Santi, al intentar levantar la silla para lanzarla en la espalda de Coco, se agitó demasiado y se cayó de bruces. El aire se le fue de los pulmones, sintió un dolor en el pecho. Igual sentiría diez años después, en la azotea de un edificio a medio derruir…

Sesenta y siete años atrás, el día uno del mes de diciembre, en un hospital de militares de la extinta marina de guerra del país, el doctor Francois S., en ese entonces de tan solo unas horas de nacido, reaccionó favorablemente al paciente cuidado de un selecto grupo de médicos esforzados en salvarle la vida. Al año y veintitrés días, Francois voló por los aires al desplomarse la hamaca en la que estaba siendo mecido. Por fortuna, cayó en un cesto de ropa sucia. A los trece años, en el día de su cumpleaños, el auto en el que viajaba con su tío Juan, se estrelló contra un tráiler. De milagro, al no llevar el cinturón de seguridad puesto, salió disparado por la ventana, dió vueltas y vueltas en el aire, como un ovillo, pero aterrizó en un pozo de agua de medio metro de diámetro, excavado el día anterior para la imposición de una zapata de construcción y lleno de casualidad gracias a una  inusual lluvia que sorprendió a todos por su intensidad. A los diecinueve, el olvido de su documento de identidad, le obligó a perder un viaje en bus. Fue el único que se salvó de morir. Para cuando abrió la carpeta del paciente 56-C, con registro histórico 234-2014, contaba con un historial de situaciones fortuitas que lo habían librado de la muerte, tan numeroso como los años que arrastraba consigo. Pero ni bien leyó el nombre SATURNINO ANTÍGENO en el expediente médico, en letras mayúsculas, intuyó que algo no andaba bien. Durante sus cuarenta años de ejercicio de la ciencia médica en honorables hospitales del estado, por primera vez se sintió desencajado del gremio, infeliz de tratar enfermos de toda laya. El doctor Francois Saturnino Pelagato Dormido, fue categórico en expresar su indisposición en el tratamiento quirúrgico-orto-anoviseceral del paciente 56-C, apodado “gato desnutrido” por su secuaz, o amigo, o pariente que lo acompañó el día de su desatinada aparición. 

—Me niego a tener contacto con este desnutrido de nombre estrafalario, no soporto verle la cara —se acercó a la enfermera de turno luego de revisar unas placas magnéticas del tórax del paciente, presuroso en transmitirle más que una decisión, un secreto—. Que lo echen de mi hospital, no lo quiero cerca. 

—Pero doctor Francois —le respondió la mujer, sorprendida—, este es un hospital del estado.

—Cállate bruja lameculo, aquí el que manda soy yo.

—Respete, viejo loco.

—Loco fue el padre de esa momia viviente para ponerle un nombre así. 

—¿De qué está hablando?

—Del marciano de Saturno.

—¿De quién?

Al doctor Francois se le cruzaron los recuerdos. Al leer ese nombre olvidado para él, su propio nombre, e identificar en el poseedor del mismo su pronunciada delgadez de antaño, viajó en retrospectiva a encontrarse con episodios olvidados de su niñez y adolescencia. En ese viaje mental, aterrizó en las aulas de aquél exclusivo colegio de varones en el que estudió la primaria y secundaria. «Llegó el marciano», lo recibió un alumno, el más fornido del salón. Un murmullo de risas se extendió durante varios segundos. Desde aquel día Francois, por ser cabezón, delgado y tener orejas un poco puntiagudas, cambió de nombre. Lo llamaron “Marciano”. Para remate, su nombre favoreció la creación de una frase que, aunque un poco extensa, fue usada por años para identificarlo: «Saturn, el marciano de Saturno». Ni bien lo veían llegar, cualquiera que lo mirase primero, de inmediato anunciaba: «Señoras y señores, con ustedes, el gran Saturn, el marciano de Saturno». El resto de las horas, en cambio, sencillamente lo llamaban «Marciano» a secas. Fueron pocos minutos de extravío de la realidad, los suficientes para tirar por la borda todo su bien logrado prestigio. Francois, suspendido en la cuerda inestable de sus recuerdos indeseables, metió la pata al lodo sin medirse en la profundidad del terreno. En pocas palabras, la cagó, fue un lapsus nefasto e irreversible, letal, antagónico a su inquebrantable suerte. 

—El paciente 56-C tiene una complicación grave de salud. El pronóstico de vida que tiene es reservado. Si me permite… —el doctor Francois cambió de voz y de trato. Por arte de magia, volvió a ser el caballero de antes. Nunca se sabrá si escribió adrede un diagnóstico equivocado, o si por error traspapeló los resultados originales con los de otro enfermo terminal; solo se supo, en el círculo más cercano del colorado Santi, una nefasta segunda mala noticia: le quedaban contados días de vida. Los resultados de los exámenes pertinentes, así lo certificaría una exhaustiva búsqueda en Google realizada horas más tarde, darían cuenta de un agresivo cáncer terminal. 

El coloradito Santi, de piel un tanto ennegrecida por los baños matutinos de sol más no por alguna descendencia afro, se quedó en shock al recibir la aciaga noticia. Su compinche de siglos, sí, el de las abultadas mamas, el llamado Cocoroco Box, con aires matonescos e iracundo, irrumpió en el consultorio  para averiguar en qué andaba el asunto.

—Matasanos malparido, hijo’eputa, si se muere esta calavera viviente, yo mismo te reviento el culo a patadas —intentó agarrarle del cuello al médico, pero el personal de seguridad lo redujo en contados segundos.

—Decía que —continuó Francois como si nada hubiera pasado—, el enfermo tiene una complicación irreversible. 

—¿Es grave? —preguntó Santi, asustado.

—Te queda poco tiempo de vida, Saturnino —el médico respiró hondo, antes de continuar—. Vive al máximo tus últimos momentos, hijo mío, ese es mi consejo.

El matasanos gozó con cada palabra vertida, esa fue la impresión de Santi, así se lo haría saber al capo Sotelo. Y lo hizo con saña, reafirmó Cocoroco. El maldito se dio el lujo de matarlo por anticipado, sin pruebas fehacientes, a la firme, enfatizó el futuro mundialmente conocido pegaputas.  

Santi no murió. Contrario a los pronósticos de muerte, en otro establecimiento médico solo le detectaron una atelectasia controlada y un cuadro severo de anemia. 

—Aún estoy vivo —Santi le mostraría, semanas más tarde, una sonrisa de oreja a oreja al desconcertado médico. Tras seguirlo días enteros para conocer su rutina, una fría mañana, al encontrarse el objetivo en óptimas condiciones de ser interceptado, los hombres del capo, el capo en persona y por supuesto Santi, irrumpirían en su casa —¿Te alegra verme, tocayo? 

—¡El marciano Saturn! —se estremecería el desprevenido médico.

—Vive al máximo pi, a ver —el capo, sin esperar respuestas, le rompería varias costillas, le quebraría un brazo, le patearía en la cara y, para rematarlo, se apresuraría a extraer un filudo machete de una de sus fundas adheridas a su espalda.  

—Marciano Saturn… —los ojos del médico se llenaron de terror.

La vida de Francois Saturnino Pelagato Dormido se apagó en menos de un parpadeo. Hubo mucha sangre. La cabeza rodó por el suelo como si fuera una pelota extraviada. Los dedos de las manos cayeron al suelo en orden macabro, alineados en una línea imaginaria perfecta. Los ojos, esos ojos titilantes, adormecidos de pavor y enrojecidos por la sangre salpicada, fueron dos cañones, dos arcos, dos lanzamisiles que hirieron a muerte el semblante del flaco Santi. A pesar de ser un criminal despiadado, un asesino a sueldo, un lacayo del poderoso dinero, se sintió vacío, cargado de remordimientos. No era lo mismo matar criminales que podían defenderse, que cortarle la cabeza a un viejo inútil e imbécil. Quince años después, consumado el capricho de comerse esa riquísima y dura golosina anaranjada, sentiría la misma sensación de vacío e intranquilidad de aquél entonces. Esa cosa dura, letal en las manos de Katherine, prodigiosa y sublime dentro de él, había matado su hombría. Pensó hasta en tirarse por la borda, pero el desasosiego duró poco. Qué diablos, nadie lo sabría. Con la llegada de un clímax intenso, bestial, único, Santi comprendió que ya no podría vivir más sin ese pedazo de látex. «Ojalá algún día pueda sentir uno tibio y de verdad; sería lindo comerme la enorme pieza del increíble Mendrock, se me hace agua la boca de solo pensar en ese animalote», pensó, sin desearlo, «o quisiera que el nonagenario Wiwi Velo me la meta toda, se le ve bien fuerte y sexi con ese boxer colorido». Un nuevo acceso de tos le hizo escupir mucha más sangre. El suelo se tiñó de rojo. «Me merezco ser feliz, no puedo morirme sin vivir a plenitud este nuevo comienzo. Haré mi mejor esfuerzo para que ningún puto zombi, salvo Katherine, se atraviese en mi camino. Lo lograré. El sabio Wiwi Velo tuvo una razón lógica para apartarme del grupo de Los siete, ahora comprendo que fue con el propósito de salvaguardar la perpetuidad de la especie humana. Soy uno de los elegidos para repoblar este mundo nuevo, a eso se refería cuando se dirigió a mí entre relinchos; no fue, como yo creí, una fuerza animal, caballezca, la que le impulsó a comportarse igual que un potro salvaje. Wiwi me dio una señal, me abrió una puerta al conocimiento. Lo que no me queda claro aún, es quién mierda es Serverguer. Fue la única palabra que entendí. Lo dijo dos veces. Debe ser, intuyo, una divinidad legendaria, el punto de partida de algo desconocido. Serverguer…». Al decirlo nuevamente, sintió un impulso magnético en la entrepierna. «Ser- ver-guer», musitó otra vez, sorprendido, e imperó un temblor progresivo ora focalizado en el glande, ora en las gónadas, ora en el robusto y engrosado cuerpo fálico. La boca sangrienta de Katherine refulgió ante él deliciosa y sensual. Y su emancipado culo, redondo, perfecto, abrió sus barreras cual agujero negro dispuesto a tragarlo todo. Recibir y dar, entrar en la muralla de fuego, salir del eje dormido, arriba, abajo, equilibrio en la perfección, poseer y ser poseído… «Ser-ver-guer». La erección inusitada del flaco Santi activó en su debilitado cuerpo la aparición de hormonas desconocidas para el género humano. De haber tenido cerca la presencia de humanos, los habría atraído a la cópula sin mayor esfuerzo. Los actuales sucesos, eso era lo mejor, le trajeron nuevos bríos. Se sentía rejuvenecido, fuerte, con ganas de de vencer todos los obstáculos. Era como si su corazón hubiera sido reemplazado por uno nuevo, alargado y potente. «Te voy a encontrar, Katherine, vas a gemir de placer con esta pieza de colección dentro de tu jugoso coño. Luego, al momento del diluvio seminal, me la vas a morder para no asfixiarte. Será un ritual sangriento. Tus fluidos me harán un ser inmortal, igual que tú, solo que mejorado, porque Serverguer es quien te reclama, él es quien quiere poseerte, maldita puta». Santi rió a carcajada llena. A la distancia, en las profundidades del bosque, acurrucada en las raíces de un árbol, quien fuera la cuñada de Mendrock, la protegida del capo Sotelo y la eterna adoración del bueno de Bono, ahora convertida en una extraña criatura mitad humana y mitad zombi, respiró hondo, activada por un olor embriagador venido de lejos, exactamente desde el rincón en el que se encontraba Santi. «Antes de que me la muerdas, te la voy a meter una y mil veces, hasta el cansancio, y mientras te coja duro y parejo por el culo y por todos tus agujeros, conforme Serverguer goce de tus carnes, el Orange 3000 – Vibrator collection, en paralelo, me hará vibrar de placer como seguro vibraste tú, perra golosa, putona». 

Estaba decidido. Santi tomó su arma dejada en un rincón, la rastrilló, recargó de balas la recámara, contó las municiones que le sobraban y salió disparado con dirección a la montaña adyacente. Katherine avanzó a su encuentro. El sol se intensificó durante las horas siguientes. En el cielo, una bandada de gallinazos planeaba en círculos. 

—Esas aves huelen la muerte —le dijo Mendrock a Eche, cerca de la entrada de la ciudad. Ambos se encontraban en condiciones nefastas: Eche malherido y Mendrock bañado en sudor producto del esfuerzo de llevar en brazos a un moribundo.

—¡Maldita puta, suéltame! —la voz desesperada de Santi irrumpió en la apacible tarde.

En breve, Mendrock no daría crédito al espectáculo reinante. Varias damiselas que alguna vez fueron humanas normales adictas a los deseos carnales, entre ellas Tetiana Vasco, Salomé y otras cien de diferentes rostros, intentaban arrebatarle, a mordiscos, el codiciado pene de Santi. Una de ellas, más empecinada que las demás en comerse ese sabroso manjar, al noveno intento logró darle un mordisco no precisamente al botín, sino a la pierna; esta situación desfavorable para Santi, dió pie para que Tetiana, la zombi de grandes mamas que amara a Gato Smeágol más que a su vida, fuera la primera en darle una mordida a boca llena. El potente animal fálico, el mástil de carne, el gusano pervertido de acero, se quedó atrapado en una caverna letal, oscura, de máxima seguridad. Santi trató de liberarse de todas las formas, se esforzó en liberarse, pero todo intento fue en vano. 

—¡No me lo arranques! —quiso darle al zombi con la culata del arma  en la cabeza, sin embargo, hizo un mal movimiento. Fue desastroso el final. El miembro viril fue arrancado de raíz con todo el vientre, los órganos se quedaron al aire y, tras caerse, dar con el suelo, arrastrarse y morir, volvió a incorporarse esta vez convertido en un horripilante zombi.

Katherine lo vio confundido entre la horda de féminas. Por un instante se sintió desconcertada. Qué hacía ahí, qué había ido a buscar. Preguntas y más preguntas. Enseguida se percató de un objeto anaranjado que pendía de una faja amarrada a su espalda. ¡El Orange 3000 – Vibrator collection! Estuvo a punto de rescatarlo, un brillo en sus ojos le recordó lo que había significado para ella ese objeto perdido; no obstante, por alguna razón inexplicable, viró su cabeza en dirección a los pasos extraviados de Mendrock y Eche y, tal cual lo quiso el destino, los vio tendidos en la maleza.

—Ca-char —habló, con un tono de voz parecido al del extinto Bono, el bueno de Bono.

Ante la mirada inexpresiva de Mendrock, tan fuera de la realidad por el cansancio y lo deshidratado que se encontraba, Katherine besó los labios de Eche, o más bien dejó caer a través de ellos un líquido viscoso y putrefacto. Casi al instante, el moribundo empezó a toser. Enseguida, con la mayor delicadeza que pudo, Katherine empezó a chupársela. Temblaba. Mendrock nunca llegaría a saber si la nula coordinación motora de aquel ser extraño se daría por la naturaleza propia de los zombis o si la emoción que produce amar sería determinante para este trance de verdadero amor. Lo más desconcertante sería percatarse de las lágrimas derramadas sobre ese rostro de ojos inyectados de sangre, al parecer debido a que debía morderlo de todas maneras. Con una ternura inusitada, en efecto, la criatura híbrida le mordió los testículos. Eche se retorció de placer y dolor. Un chorrito de sangre chispeó en forma asperjada e hizo que Mendrock se ensuciara un poco. 

—Ca-char —balbució Katherine, e hincó los dientes otra vez, ahora por las costillas de Eche. El moribundo se revolvió de un lado a otro, similar un pez en lenta agonía fuera del agua. Así estuvo unos segundos. Luego, abrió los ojos de golpe. Su mirada ya no sería la misma nunca más. 

—Mierda… —se preocupó Mendrock, cada vez más cercano a la muerte. Quizás, pensó, todo era mal sueño. 

No lo era. Katherine y Eche, en las próximas cinco horas, se amaron con locura. La sangre salpicó a chorros. Algunos pedazos de carne, de las improvisadas mordidas, de igual modo, volaron por los aires y cayeron en diferentes partes del suelo. Al término de la jornada, para nada agotados sino más bien felices de saber que se tendrían el uno para el otro por siempre, cogidos de la mano, se tendieron sobre la hojarasca. Para entonces Mendrock, por fortuna, había logrado dar con unos frutos espinosos que tenían agua por dentro. Aquél hallazgo, lo salvó de milagro.

La oscura noche, empecinada en mostrarse sin estrellas, cedió a la influencia de la luna. No fue gran cosa para Mendrock. Haber estado perdido en la espesura de la selva, fue ventajoso para lo que le sobrevino. Solo cuando Eche, no supo cómo ni de dónde, le trajo un roedor de esos llamados intutos, supo que no debía temer ni de su presencia ni la de Katherine. Mientras devoraba la carne cruda en la comodidad de una rama de un gran árbol, solo se preocupó de librarse de los murciélagos y de los odiosos zancudos.

A esa hora, en Palittokes, Domínica Púrpura cedió a las reiteradas ofertas sexuales del poeta Consagración Fernández. Qué rico se sentía entregarse sin presión, aunque el jactancioso galán era un desastre, duraba poco y la tenía chica. No quería reconocerlo, le asustaba la sola idea de pensarlo, pero estaba empezando a extrañar las súper cachadas del implacable Mendrock. Todavía, sin poder con una siquiera, el poeta le había sugerido tener otros encuentros con las demás damas, al menos de vez en cuando. Por supuesto, Domínica lo mandó a la mierda. Ella no era plato de segunda mano. Jamás, papito. 

Diana la odió. «Qué perra», murmuró, para que las otras la escucharan. «Esa es una golfa cachera».  No pudo decir más, aún tenía el cuerpo adolorido. 

En otro lado de la ciudad el grupo de Los siete, que ya no eran siente, se aprestaba a incursionar en la base militar NOWA-07.

—Esta es una misión suicida —se quejó Luciano.

—Cállate, mariquita —le calló la boca el capo Sotelo—, tú solo aguarda el retorno. El lujoso carro de Luciano, a sugerencia de Wiwi Velo embadurnado de sangre y vísceras de zombis, para despejar el peligro, fue camuflado con hojas y hierbas en un costado de la carretera.

Wiwi Velo, el capo y Manolo de las Rayas, avanzaron sigilosos. La consigna era reducir a los centinelas de seguridad. En teoría, estos debían de estar en los controles de vigilancia. A pocos minutos de la incursión, de pronto escucharon ruidos de pasos acelerados…

En tanto, Luciano buscó en la carroza de su carro el Orange 3000 – Vibrator collection. No lo encontró. «Este Manolo de mierda, cara de mosquita muerta, me ha robado con descaro. Yo sabía que era un marica encubierto. Pero de mi no se va a burlar este granuja. Le voy a cortar la cabeza con su propia espada, por cabro reprimido». Luciano estalló en cólera.

En algún lugar de la ciudad, el Orange 3000 – Vibrator collection cayó al suelo junto al tórax del extinto Santi, quien anduvo sin rumbo hasta caerse en una acequia. En vista de que le faltaban los órganos interiores y tenía vacío el vientre, se quebró en dos y nunca más volvió a levantarse. Sus ojos se quedaron abiertos y quizás así permanezcan durante toda la eternidad. 

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