Sucesos 3

En este año, crucial y novedoso, me han ocurrido varias anécdotas (Parte 4). He aquí nuevas vivencias de lo que acontece en las ferias u otros lugares de mi querido Perú.

Uno. Hace poco, en la Feria del Libro Amazónico, en Chachapoyas, me dispuse a utilizar una técnica de ventas recomendada por un amigo ufólogo. Según sus efusivas palabras, era un método sencillo, probado en diversos escenarios con doscientos por ciento de efectividad. «Vender libros es como vender piedras, eso lo sabes. Pero aquí no estamos vendiendo cartón; vendemos contenido», fue lo primero que me dijo. Enseguida me demostró, con hechos, cómo se debía abordar a las personas. En cinco sencillos pasos, que concluía con un «cierre de ventas» en el que sí o sí el cliente debía «acariciar el producto», mi mentor hizo gala de sus habilidades para vender uno de sus libros de avistamientos de OVNIS. Las expresiones del rostro, el movimiento corporal e incluso la posición de las manos en forma de simular una oración, clave para fijar en la psique del cliente un clima de agradecimiento, y por supuesto otros detalles no menos importantes tomados en cuenta al detalle, en efecto, captaron la atención de un potencial comprador. La pincelada final, el clímax del cierre, no obstante, acabó con un desafortunado «regreso más tarde». Mi amigo se quedó mudo unos segundos. «Fijo que regresa, te lo aseguro», se justificó, y le creí, por eso me puse en acción de inmediato. Horas y horas estuve en ese afán, con un éxito rotundo en cuanto a clientes que me aseguraban «regresar más tarde», hasta que al fin un hombre de aspecto extranjero que no pronunciaba bien las letras r y s, al enterarse de que yo era autor de algunos libros, sorprendido de estar frente a un escritor vivo, me hizo la primera compra de todo el día. Paradójicamente, en esta única venta, no seguí los cinco pasos recomendados. Pero solo había sido un golpe de suerte, me dije, así que reinicié, con más ímpetu, mi bien efectiva técnica de «colocación de productos». Tomé aire y seguí. «Aquí tenemos un libro indispensable para despertar el interés por la lectura en los niños. Es poesía infantil. El autor es un reconocido poeta, compositor de himnos, fundador del grupo más importante de consagrados escritores de la Amazonía, autor de innumerables libros exitosos. No se trata de cualquier poesía. A, e, i, o, u, a jugar, ¿escucha? Es sublime, magistral, de una belleza pura, artística. Cada verso tiene un propósito y ha sido gestado por un conocedor de estos temas, porque el autor es un profesor de inicial, es un pedagogo reconocido. Esta poesía, se lo garantizo, hará que sus hijos, sobrinos o ahijados, tengan un porvenir promisorio. La mejor inversión para ellos es un libro, que sean los mejores, que marquen la diferencia…», me explayé con un discurso imparable, e iba a continuar, solo que el oyente, un amigo del extranjero de hacía poco, me paró en seco. Yo no lo pude ver bien, o lo ví apenas de reojo, porque mi amigo ufólogo había sido enfático: «si quieres vender, debes ver billetes en vez de personas, tienes que ser agresivo con las palabras, no te detengas, tú sigue hablando de lo que sea, concéntrate en eso, mentalízate en que sí lo vas a lograr». Eso hice. Para mí la plaza estaba llena de billetes de veinte en pleno movimiento, de modo que cuando detuvieron mi perorata, recién me di cuenta de que estaba tratando con una persona. «Yo querer esto», me dijo el aludido, señalando mi libro «Cazador de dragones». Levanté la mirada como si hubiera vuelto a la realidad y noté que se trataba de otro extranjero. «Mucho gusto, yo soy el autor», atiné a decir. «Yes, tú ser el escritor vivo», reafirmó este, interesado también en mis otros libros. Me enteré en ese momento de que él y el otro extranjero, eran dos turistas que andaban de visita por Chachapoyas, ambos físicos de profesión. Ya no volví a usar más esa efectiva estrategia de ventas que por alguna extraña razón no me funcionaba. No estoy seguro, pero creo que la gente me veía como un charlatán de esos que pululan los mercados. Aparte de eso, me estaba volviendo afónico. Por fortuna, en el resto de la noche me fue mejor con las ventas.

Dos. Entre idas, venidas e imprevistos, llegó la tarde del primer día de feria. En la plaza de Chachapoyas, bajo un cielo despejado, frente a una imponente iglesia pintada de blanco, conectada con una hilera de casonas antiguas también del mismo color, con balcones, los amigos escritores de Amazonas se apresuraron a saludarnos con efusividad. Julio, a quien ya sabemos se le recuerda como el «abanderado de la cultura», de inmediato se mimetizó en ese grupo de intelectuales. Qué talento para hacerse notar, qué osadía para llamar la atención de propios y extraños. Cualquiera al verlo así, con las manos extendidas al cielo, extasiado en narrar sus peripecias de escritor viajero, de haber vivido en la época del tal Jesús de Nazareno, no habría dudado en postrarse ante él para adorarlo; pero, por desgracia, en el siglo veintiuno no ocurren tales cosas, por tanto, los paseantes seguramente se imaginaban que se trataba de un loco hippie adicto a las sustancias alucinógenas. Qué diablos. A Julio no le importaban esas minucias, él se mecía en su gloria, nadaba en un mar de palabras en perfecta armonía con las olas de su blanca y larga cabellera. «¿Y este quién es?», escuché de pronto. Me di la vuelta para ver quién se atrevía a expresarse de ese modo tan burdo de mi amigo e impregnarle a ese impertinente al menos un par de sopapos, por atrevido, mas casi me voy de bruces de la impresión al encontrarme con un hombre de cabellera aún más larga que la de Julio. Este tenía, para variar, una enorme barba, igual que la de Julio. Hasta sus ojos, tuve esa impresión, se le parecían en gran medida. Muy serio, ofendido de no ser él el centro de atención, apartándome a un costado, luego de asegurarme que tenía ciento un años, me dijo: «Me preocupa que haya otro barbón aquí». Lo miré con detenimiento. Sí, hablaba en serio.

Tres. En Cusco, el frío me partió los labios. En Huancayo, más aún, se sumó la dificultad de hasta sentarme en un inodoro. En Juliaca, la ciudad de los vientos, a pesar de estar cubierto con cinco frazadas y de llevar el doble de calentadores en el cuerpo, no pude evitar temblar de frío todas las noches. En definitiva, las bajas temperaturas no son mi fuerte. Una noche, en la ciudad imperial, motivado por la grata compañía de algunos amigos escritores, decidí visitar un bar en el que, con tan solo un par de copas, eso me aseguraron, el frío se iría de mí para siempre. No fueron dos copas, sino cuatro botellas. El dueño, amigo de un músico, nos invitó la última. Dejé de sentir frío, pero perdí la noción del tiempo y de la realidad. Recuerdo haberme subido al taxi arrastrado de los brazos, con la cabeza dándome vueltas a toda velocidad. En el trayecto, eso me contaron después, les pedí a mis «chacales» que cuidarán mis espaldas. Les dije que era un dios amazónico, un dios del agua, y que si no hacían lo que les ordenaba los iba a convertir en sapos en el acto, por desacato a una divinidad. Más tarde, en la madrugada, durante horas estuve invocando, a toda voz, a todos los seres mágicos de la selva. En algún momento, de esto tengo nociones vagas, me levanté a orinar. De un lado a otro, tambaleándome, llegué a la puerta, la abrí y empecé a miccionar durante varios minutos. El problema fue que, al estar con toda la embriaguez encima, creía estar en la comodidad de mi casa. La puerta, por tanto, esa que supuse daba con el comedor, en realidad se conectaba con el pasadizo de salida. La chica de recepción, somnolienta, despierta por el ruido, comentaría al día siguiente que me vio, semidesnudo, únicamente en calzoncillos, atravesar la puerta, orinar en la vereda y vomitar a mis anchas en la vía pública. El resto del amanecer, salvado de la desgracia de desplomarme en la interperie gracias a la intervención de unos buenos amigos, aún no empachado de haberla embarrado hasta por los codos, empecé a llamar, desde mi cama, a una amiga de un cuarto vecino. Le decía, imponente, con voz autoritaria, que se dejara de vainas y que viniera a cuidarme. Cuando me pasé de la raya e hice alusión a mis «engreídas pelotas, ansiosas de ser succionadas», tras una mentada de madre y amenazas de llamar a la policía, al fin me quedé dormido. No lo sabía, pero ese desafortunado percance sería el inicio de una penosa enfermedad a los pulmones que padecería durante más de seis meses. Al día siguiente, o a unas horas, avergonzado, con la garganta adolorida de tanto vómito, luego de varias inyecciones, me vi obligado a retornar a Tarapoto antes de lo previsto. Nunca olvidaré el nombre de ese dichoso trago: «Alma de once plantas». 

Cuatro. En las ferias de libro, muchas personas preguntan por biblias. En Piura, la librería Paulinas batió récord en ventas. Era octubre, mes morado, y las procesiones, a la orden del día, llenaban las plazas y las calles de una multitud de fieles ansiosos de encontrarse con la gracia divina. Si algún despistado preguntaba por las dichosas biblias, Julio de inmediato les respondía: «Aquí solo vendemos libros satánicos». Los aludidos partían raudos, temerosos de estar tratando con algún fanático de las artes oscuras, brujo malero o algún loco adicto a las perversiones sexuales. Una tarde se acercaron dos hermanas con sus hábitos, al parecer vendedoras de Paulinas. Julio no desaprovechó la oportunidad para ofrecerles un libro «de amores encontrados, sórdidos», «Hostal amor», e hizo un recuento magistral de las leyendas amazónicas, la mayoría de ellas relacionadas con la lujuria, con raptos de mujeres y con seres demoníacos. Una de las hermanas, horrorizada, le habló al oído de la otra. Debió advertirle de algo, porque enseguida cambiaron de semblante. Yo me imaginé que iban a exorcizar al llamando «abanderado de la cultura» y que iban a sacar un crucifijo en represalia o agua bendita para rociarlo, pero solo se limitaron a mirarlo quizás con temor o compasión. Julio aprovechó para hablarles de su libro «De la vida su canto», en especial de la obra teatral «Ante la espada y la cruz», referida a la represión de la iglesia católica contra los pueblos originarios amazónicos. Las mujeres lo dejaron hablando solo. Hasta ahí, lo de Piura. Lo que viene, ocurrió en Chachapoyas. Hace poco, tras la visita de unos religiosos, uno enternado y otro vestido con modestia, Julio, sumido en carcajadas, volvió a recordar a las hermanas católicas. He aquí lo que le pasó por acordarse de ese accionar malévolo. Yo creo que el altísimo tuvo que mucho que ver. Media hora antes, se suscitó un candente debate sobre si Dios era un Dios de amor. El hombre vestido de saco y corbata mencionado líneas arriba, con biblia en mano, mostró las evidencias. En el libro tal, capítulo ye, versículo equis, dice así…, amén, amén, argumentaba, seguro de sí, con convicción, mientras que el otro, calmado en sus expresiones, con un dejo andino propio de Cajamarca, decía lo contrario. Dios es un Dios de guerra y sufrimiento, así está en tu sagrada biblia, revisa tal y cuál libro, en el ene versículo, ahí está claro, los pueblos de tu Dios eran entregados por la gracia y obra del creador. Además, ¿qué Dios es ese que ordena a un padre el sacrificio de su propio hijo?, ¿qué Dios le quita a sus hijos, caso Job, todo lo que este tiene, solo para probar ante Satanás que es leal sino uno sádico, malvado? Ahí está, revisa el libro tal. La controversia iba por ese rumbo. Julio no aguantó más escucharlos. «A ver», alzó su potente voz, «por favor, se me largan a discutir en otra parte, aquí están obstruyendo el pase». Ni bien se fueron, mi amigo me comentó: «Estos fanáticos de mierda vienen a hacer perder el tiempo». Y fue que, al tocar el tema de las religiones, se acordó de las hermanas de la librería Paulinas. De estar con el rostro contraído por la cólera, vi a Julio, en un segundo, transformado en un personaje pícaro. Con cada recuento de los episodios de aquella gran hazaña, la risa, cuál fantasma llegado para poseer su cuerpo, se apoderó de él hasta hacerle doblarse mientras se reía a grandes carcajadas. Aquí ocurrió que, una persona interesada en su reciente libro «De mi selva sus misterios», publicado por la editorial más importante de la Amazonía, Trazos, pidió más información del mismo. Julio se apresuró a atenderlo. Yo solo escuché un ruido parecido al de un tambor con hueco. Me di la vuelta para ver, traté de ubicar a mi amigo, pero no lo ví sino hasta mirar hacia el suelo, del otro lado de la banca delante de la cual estábamos parados. La emoción por el interés de su libro, sumado a la algarabía producto de recordar sus maldades, no le dió tiempo de esquivar una de las esquinas sobresalientes de la banca de la plaza, que tenía una forma de un nueve invertido. Lejos de levantarse, el ya afamado «abanderado de la cultura» se revolcó en suelo con las manos en una de sus rodillas. El dolor era intenso, lo intuí por sus copiosas lágrimas. «Dios mío, calma este dolor», le oí gemir. Lo provechoso, no sé si por compasión, fue que le compraron un libro.

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