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Índice del libro

―¡Abuelo, abuelo, ahí hay unos chanchos blancos, ven a verlos!...

Mi abuelo se acercó, presuroso.

―¿Chanchos blancos?, pero ¿qué dices, hijo?... ―dijo y los vio.

Quedó tan sorprendido como yo. Los chanchos merodeaban por ahí interrumpiendo el pase. “Blanquita”, como nunca relinchaba a cada rato y no quería avanzar.

―Esto no es humano, hijo, es el demonio que nos quiere tentar... ―dijo mi abuelo.

En ese preciso instante surgió de un costado del camino, de entre los arbustos, un hombre con ropas de chacra y sombrero viejo en la cabeza, parecido a la vestimenta del compadre Julián. Sin exponerse completamente, con medio cuerpo cubierto por la maleza, el ala del sombrero cubriéndole los ojos, entabló el siguiente diálogo con mi abuelo:

―¡Hola, cumpa!... estos chanchos se han escapado de su corral, quiero llevarlos a Lamas para venderlos…― dijo el extraño.

Mi abuelo lo miró fijamente pero no pudo identificarle.

―¿Quién eres?, ¿cómo te llamas?...

―Pucha, cumpa, no creo ya que no me reconozcas…

―No, no te conozco, y por acá nadie cría chanchos blancos, tú eres el demonio, lárgate maldito antes que acabe con tu vida… ―dijo mi abuelo, con voz firme y enérgica.

En seguida, el hombrecillo se internó rápidamente en el bosque y los chanchos desaparecieron. Yo quedé atónito. Miré a mi abuelo, asustado, y él me tomó por el hombro.

―Abuelo, ese hombre se parecía al compadre Julián… ―dije.

―Sí, hijito, pero ha sido el chullachaqui, el demonio en persona… ―Yo le miré sorprendido. Siempre había oído hablar del chullachaqui, pero nunca pensé en verlo alguna vez― Pero no te asustes, ¿te has dado cuenta que se puso las ropas del compadre Julián?, así se presenta este demonio, pero es fácil de reconocerle, si no te mira a los ojos o esconde sus pies, segurito es el chullachaqui, a lo mejor ha creído que estabas solo y te ha querido asustar o robar.

― Pucha, abuelo, yo creí que el chullachaqui era puro cuento, es la primera vez que lo veo.

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