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Índice del libro

Al día siguiente, muy temprano, don Julián ordenó a sus hijos que fueran por algunas provisiones para regalar a su compadre. Mientras, ellos y yo íbamos a ver algunos caballos que nos prestaría don Julián para poder llevar el cargamento, ya que “Blanquita” no podría hacerlo sola. La esposa de don Julián tuvo que adelantar el almuerzo para agilizar nuestro viaje de regreso. En efecto, a la una de la tarde, partíamos de regreso a la ciudad de Lamas. Llevábamos muchos productos que generosamente don Julián y su familia nos habían regalado. Nos prestaron tres caballos para transportar el cargamento, y por supuesto, “Blanquita” iba adelante siempre guiándonos y yo a su costado. Mi abuelo iba atrás vigilando la pequeña caravana.

El sol del mediodía quemaba nuestros cuerpos. Mi abuelo usaba un casco tipo sombrero para la cabeza y yo llevaba un gorro o lloque tipo Jorge Chávez. El camino de regreso se hizo un poco pesado, pues en algunos sectores había llovido y el camino se enfangó y se puso resbaladizo. Los caballos eran los más sacrificados por la carga que llevaban, sin embargo lo superaban con creces. Cerca de las tres de la tarde llegamos a una cumbre desde donde se divisaba claramente la ciudad de Lamas, fue un momento de enorme satisfacción, pues sólo nos quedaba una hora o un poco más para llegar a casa.

―¡Abuelo, ahí está Lamas, hay que descansar un rato!

―No, hijo, sigamos adelante, si no vamos a llegar de noche.

Estaba un poco cansado, pero hice lo que mi abuelo indicaba y seguí el camino. Teníamos que hacer una larga bajada hasta el río Chupishiña y luego subir hasta la ciudad de Lamas. En determinado lugar el camino se estrechaba tanto que a cada caballo tenía que conducirlo personalmente. Estaba llevando a “Blanquita”, mientras el resto hacía un alto, cuando de pronto vi, a unos cincuenta metros de distancia, a tres enormes chanchos blancos. Sorprendido y asustado retrocedí unos metros para avisar a mi abuelo.

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