Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
―¡Alto, hijo, no hagas eso, compórtate con educación!... ―me dijo, enérgicamente.
―Pero, abuelo, tengo hambre y sed y los estoy recogiendo del suelo... ―respondí.
Él no dijo nada, sólo agrandó los ojos y presionó el bastón sobre mi hombro. Entonces comprendí que hablaba en serio y, de no acceder a su advertencia, el golpe sería inevitable. Entonces dejé los frutos en el piso y me puse de pie junto a la “Blanquita”.
―Entraremos, saludaremos a mi compadre Julián y él te dará permiso y podrás comer todo lo que quieras.
Así era mi abuelo, drástico, legal y respetuoso. En esos años de mi niñez no lo comprendía, aceptaba la negativa por respeto y cariño, pero la rabia la tenía por dentro. Cuando me hice mayor pude darme cuenta de la grandeza de sus consejos. Por esos mismos criterios, los niños no podíamos estar en conversaciones de adultos, de modo que nunca supe qué conversaron los dos señores otoñales aquel día, pero sí me dieron el permiso respectivo para recorrer la chacra y disfrutar de sus atractivos y sus productos. Encontré muchas frutas y también un gran sembrío de caña dulce y su trapiche para extraer el jugo de la caña del cual hacían chancaca. Más allá había una pequeña quebrada de aguas cristalinas y discurrir pausado. En pocas palabras, don Julián era un millonario de la selva, un afortunado hombre que en base a sacrificios logró ese maravilloso paraje en esa parte del país.
La idea de mi abuelo era regresar el mismo día, luego de hacer algunos negocios con su compadre, pero la amena conversación y los cafés que iban y venían, hicieron perder la noción del tiempo a ambos señores, de manera que cerca de las tres de la tarde ambos acordaron que nos quedaríamos hasta el día siguiente. Conocí a la esposa de don Julián, una señora muy amable y gentil, un don de Dios como decía su marido. Más tarde volvían de sus faenas de campo tres de sus siete hijos, todos mayores de edad, con sus respectivas mujeres. Los cuatro restantes hijos vivían en otros lugares del país, todos prósperos hombres de bien, decía don Julián. La noche que pasé en la chacra del compadre Julián fue una de las que más recuerdo en mi vida. Aves nocturnas de extraños cantares, sonido de diversos insectos y puntos brillantes de luz en la oscuridad producidos por luciérnagas. Más allá el sonido del discurrir de las aguas de la pequeña quebrada, que en medio del silencio de la noche se hacía más ruidoso. Luego, el cielo con estrellas, unas más brillantes que otras de acuerdo a su distancia en el firmamento. Todo, en conjunto, bellísimo, inolvidable, mágico.