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Índice del libro

―Este animal te quiere, hijito, por eso se alegra cuando vienes a su lado.

―Sí, abuelo, es la mejor yegua del mundo.

Mi abuelo rio de buena gana y “Blanquita” movía la cola y la cabeza como comprendiendo el momento alegre que vivíamos antes de la partida. Más tarde partimos rumbo a la chacra del compadre Julián, el amigo entrañable de mi abuelo, tan mayor y tan canoso como él. Su chacra, una maravilla de la naturaleza como decía mi abuelo, se encontraba a buena distancia del pueblo. Llegar allá demandaba no menos de tres horas, “bien caminado” y hasta cinco si lo hacías con descansos intermedios. Los destellos de los primeros rayos solares se veían en el horizonte, aunque el astro rey aún no hacía su aparición. El camino de herradura, ancho y amplio al salir de Lamas, se iba angostando a medida que nos adentrábamos en la selva. Desde la partida, la “Blanquita” iba delante nuestro, porque mi abuelo confiaba en su instinto animal para guiarnos. El viaje de ida, casi sin contratiempos, lo hicimos cómodamente, con la frescura de las mañanitas y más tarde a la sombra de los árboles que protegen los caminos. Cuando arribamos a la chacra de don Julián, marcaban las nueve de la mañana. Mi abuelo sonrió mirando su viejo reloj de cadena que siempre hacía andar en el bolsillo y me miró:

―¡Bien caminado, hijo!, así me gusta.

Estábamos parados junto a una gran tranquera, detrás de la cual se veía un inmenso terreno cultivado, tan extenso como dos campos de fútbol, con ganado vacuno pastoreando por ahí. Junto a la tranquera, a cada lado, grandes árboles de ciruelos completamente cargados de frutas maduras, algunas en el suelo caídas por el peso de la madurez. Fue entonces que empecé a tomar algunas del suelo para saciar mi hambre y mi sed. Mi abuelo, cogiendo su bastón que llevaba consigo, me la puso sobre el hombro.

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