Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Se le aparecía de espaldas al montaraz y sin dar respuesta al llamado que le hacían, se ocultaba en la espesura del monte.
En otras ocasiones aparecía transformado en un enorme verraco rabioso, botando espuma por la boca, rechinando sus colmillos y dispuesto a enfrentarse; su aparición la hacía en zonas críticas de la trocha, a la entrada de un puente, en donde para ponerse a buen recaudo el cazador tenía que sobreponerse al miedo, disparando su arma a quemarropa; cuando se disponía a recogerlo se daba con la sorpresa de que el o los disparos los había hecho a una quiruma; al ver esto, el montaraz dirigía el punto de su linterna por la senda a seguir, dándose con la figura de un ser humano que se perdía en la oscuridad.
Otras veces se presentaba transformado en un escurridizo venado en el momento que el cazador se encontraba descansando sobre un árbol caído en su trocha por acción del viento o sobre una sachamama, picando un mazo de tabaco para con ello preparar su cigarro mapacho y con el humo hacer correr a cuanta fiera se le asomara, al mismo chullachaqui o a cualquier otro duende.
El montaraz, al percatarse de la presencia del venado, emprendía la persecución haciendo reiterados disparos con el fin de cazarlo; en ese momento, de emocionado se olvidaba de su mapacho.
Cuando creía haberle dado muerte se acercaba a su supuesto victimado, sin encontrar rasgo alguno de sangre ni cerda pese a haber visto que el venado daba corcovos con el dolor.
Cansado de buscarle por las inmediaciones, ya cansado se ponía a meditar y formularse una serie de preguntas acerca del misterio; entonces empezaba a crear su propio miedo y concluía que el chullachaqui estaba jugando con él; cuando el susto ya lo dominaba, se desplazaba sin rumbo a ritmo acelerado en la selva hasta volverse loco, mucho más si veía a un hombre con la cabeza gacha persiguiendo a otro animal de caza.