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Índice del libro

El travieso y alegre niño aprendió de la viejecita, a la que llamaba Mamanchi, todos los secretos de la selva: a caminar de día y de noche por cualquier rincón sin tropezarse, evitando las espinas y barrancos; a comunicarse con los vientos, las lluvias, los animales, las plantas y sus ánimas o madres, aprendió a valorar el bosque como escenario perfecto para una vida plena y de calidad, ya que nunca les faltaba alimento, vestimenta, medicina, refugio y sabiduría, la maravillosa naturaleza proveía de todo; además, Panguito, con las purgas y dietas a base de plantas maestras que le convidaba la viejita, logró fortalecer todos sus sentidos; podía percibir y diferenciar a kilómetros los olores y las pisadas de los extraños que ingresaban al bosque, a quienes observaba siempre a escondidas. Se hizo tan amigo de las plantas que algunas hojitas le crecieron en el cuerpo; se divertía mucho jugando con los animales, incluso con las fieras más temidas, que le enseñaron con dedicación sus secretos para trepar y colgarse en los árboles, brincar y correr largos trechos sin cansarse, esconderse en lugares inimaginables, entre otras cosas que hacían más fácil su vida en el bosque. Su espíritu bonachón era desbordante: curaba a los animales heridos, ayudaba a los cachorros extraviados a encontrar a sus madres y los alertaba de los peligros.

El niño del monte siempre visitaba a escondidas la aldea para jugar con los demás niños y llevarlos a conocer la montaña, pero cuando sus padres se preocupaban y empezaban a buscarlos, los devolvía a la aldea o los dejaba en parajes cercanos sanos y salvos para que los pudieran encontrar. Una vez, mientras Panguito jugaba a la ronda con un grupo de niños, fue sorprendido por algunos adultos quienes se asustaron y se burlaron de su apariencia, es decir, de su pequeña estatura de piel rugosa, de sus orejas grandes y puntiagudas, de sus ojitos saltones, de su pancita abultada, de su notoria cojera, entre otras particularidades que le hacían especial; lo alejaron a pedradas y empezaron a llamarlo chullachaqui, que significa pie desigual en el idioma quechua, pero ya nada ni nadie lo amilanaba; tenía en el bosque el cariño y respeto de todos, a quienes consideraba su verdadera familia.

COPIA PERSONAL · ·
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