Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Una vez que fueron detectados los asustados viajeros, los chullachaquis los obligaron a bajarse de inmediato, amenazándolos con derribar el árbol si no lo hacían, para rendir explicaciones y dar cuenta de su presencia.
El abuelo “Fransho Barba” fue el primero en bajarse, seguido del miedoso Remínden, que no dejaba de temblar y orinar como la chicharra. Ya en el suelo, fueron rodeados por estos extraños seres, que no pasaban de doce, quienes a viva voz seguían gritando al compás de su danza: “¡muerte a los intrusos!, ¡muerte a los intrusos!, ¡muerte a los intrusos!”, lo que asustaba mucho más a los expedicionarios, que solo atinaban a implorar que no los matasen, porque la intención que tuvieron al estar en el bosque era la de dirigirse hacia la ciudad de Yurimaguas a vender su mercancía, ya que era la única vía terrestre para hacerlo, y debido al cansancio fue que decidieron descansar bajo aquel árbol, sin presagiar lo que les sucedería. A la luz de una fogata que los chullachaquis habían encendido comenzó el interrogatorio que duró aproximadamente una hora, para dar a conocer el motivo de su presencia en esta parte del bosque, como también hacer que prometieran ayudar a cuidar y defender el bosque amazónico.
Como demostraron que su paso por esa ruta no significaba peligro para el bosque y al mismo tiempo se habían comprometido a cuidarlo y defenderlo, fueron los mismos chullachaquis quienes ayudaron al abuelo “Fransho” y sus acompañantes a llegar a la ciudad de Yurimaguas antes de que el sol mañanero hiciera su aparición, y en menor tiempo de lo habitual.
Al llegar a Yurimaguas y reflexionar sobre lo acontecido concluyeron que habían escogido malas fechas para su viaje, pues, resulta que cuando sucedió esto a nuestros viajeros, y al momento que decidieron descansar, no se dieron cuenta y se acomodaron a la sombra de los árboles de renaco, de los cuales se dice en la selva que tienen madre y son cuidados y protegidos por estos seres mitológicos. Para hacer más grave aún la situación, era la noche de martes trece, que para las personas supersticiosas resulta fatídico, pues a esta fecha se le atribuye el dicho popular de: “martes trece no te cases ni embarques, ni de tu casa te apartes”.