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Índice del libro

Viajar por esta ruta siempre significaba un reto por lo impredecible de los acontecimientos y por los múltiples peligros a que estaban expuestos todos los que se animaban a hacerlo. En cierta oportunidad, nuestros viajeros, agobiados por el trajinar y el caluroso del día, decidieron descansar bajo la sombra de gigantescos y frondosos árboles, acomodando sus maltratados y cansados cuerpos entre las aletas de los mismos, que constituían a la vez excelentes refugios ante los peligros propios del bosque. De pronto se quedaron dormidos profundamente, sueño del cual solo se despertaron al escuchar voces muy cercanas y amenazadoras que gritaban: “¡Muerte a los intrusos!, ¡muerte a los intrusos!, ¡muerte a los intrusos!”. Ya la noche se venía y extendía sus mantos de oscuridad en la espesura del bosque; las voces se hacían cada vez más fuertes y cercanas, por lo que no sabemos si por miedo o por la destreza que tenían, en un abrir y cerrar de ojos se encontraron en lo alto del árbol, escondidos entre los follajes. Desde esa segura ubicación, vieron llegar un grupo de pequeños hombrecitos de aproximadamente un metro de estatura, con el cuerpo cubierto totalmente de vellos, orejas grandes y completamente desnudos. Daban vueltas alrededor del árbol, como simulando alguna danza selvática, levantando las manos y haciendo puños, al tiempo que gritaban: “¡Muerte a los intrusos!, ¡muerte a los intrusos!, ¡muerte a los intrusos!”, cada vez con mayor intensidad, haciendo retumbar la oscura noche y espesura del bosque. Los gritos aumentaron el temor de los viajeros, provocando que los latidos de sus corazones fueran mucho más intensos, como queriendo salirse por sus bocas, tanto que Redemín Sánchez se orinó en su pantalón y el viejo Nico Paima, temblando sonoramente, delató su presencia en medio de la frondosa vegetación.

Estos rarísimos seres, que daban vueltas alrededor del árbol donde se encontraban el abuelo “Fransho” y sus dos acompañantes, eran los chullachaquis, llamados también shapingos o shapshicos, que son diablillos juguetones y malévolos según como sean tratados o como se presente la situación. Se dice que cuidan los bosques de nuestra selva para no ser deforestados ni depredados y por consiguiente no se extingan las especies animales que existen en él, porque el hombre, en su afán de encontrar su desmedido beneficio personal, no duda en hacer daño al bosque a sabiendas que del mismo depende la vida de la población aledaña, principalmente. Los chullachaquis son los encargados de preservar, conservar y defender hasta con sus vidas el espacio que constituye para ellos su morada, porque si el bosque se aleja o, en el peor de los casos, desaparece, también ellos corren el riesgo de desaparecer, por ello es que lo defienden con todos los recursos a su alcance, y no dudan en convertirse en personas conocidas, en algún familiar o animal cualquiera, para sorprender a los depredadores.

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