Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
El chullachaqui haciendo uso de su ubicuidad, difundió su presencia en la llanura, presentándose en los mismos momentos en distintos lugares del valle. Tomando la apariencia de uno de ellos, arguyendo razones, simultáneamente, los hacía caminar por el bosque. Cuando se sentía delatado por su pie porro, al que no podía disimular, abandonaba insultando al sonsacado; éste, al quedarse solo, misteriosamente resultaba atrapado en un enmarañado bosque de lianas espinosas del que salía con grandes dificultades. En esos días, muchos hombres no volvieron al atardecer a sus casas; en los días subsiguientes aparecían cansados y maltrechos.
Los extraños, atribuyendo el fenómeno a actos de brujería, acordaron atacar a los nativos. Al amanecer de uno de esos días, se alistaron y fueron contra ellos, armados con retrocargas y machetes. El chullachaqui, que había propagado su espectro en la llanura y colinas del bello paisaje, organizó a los insectos voladores y rastreros; a las víboras y toda clase de reptiles, felinos, aves rapaces y más animales.
Cuando los ajenos se disponían a atacar la aldea, sorpresivamente se encontraron con miles y miles de hormigas y avispas huayrangas, que les invadieron y aguijonearon los cuerpos desde los pies hasta la cabeza. Al no soportar la picazón, revolcándose, desesperados, se desnudaron. En ese instante atacaron las lechuzas, halcones, gavilanes, con uñas y picos. Los monos los hostigaban con ramas de ishanga. El rugido de los otorongos resonó en la llanura y rebotó en los cerros; las serpientes, muy frías, envolvíanse en sus piernas y les daban fuertes latigazos. Los depredadores, despavoridos, aterrorizados, buscaban el río para escapar. El chullachaqui les presentó un sendero grande para que fugaran. “A enemigo que huye, puente de oro”, decía y daba fuertes carcajadas. Corrieron a mansalva, cutulos, sin mirar atrás. A medida que escapaban, la vegetación se animaba y cerraba el camino tras ellos, tupiéndose de madreselvas, cubriendo y borrando las huellas nocivas de los intrusos devastadores que huían aterrados sin ganas de volver.