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Índice del libro

Llegaron al renaco mayor. Estar ahí era una mezcla de temor y belleza. El árbol se alzaba soberbio en un laberinto de troncos envueltos y fornidos gajos, abrazado a dos imponentes y oscuras lupunas, ambas erigidas junto a él, una a cada lado. Las gruesas raíces que parecían tentáculos de un pulpo gigante, se entrelazaban e invadían gran espacio, sosteniendo con esfuerzo a los tres colosos. Ahí, el anciano llamó al chullachaqui. De inmediato, frente a ellos, las raíces se alzaron y abrieron, dando pase a una oscura entrada. Al instante apareció un ser impresionante. Tenía configuración humana: pequeño, de color verdoso, pronunciada nariz aguileña, orejas puntiagudas, de torva mirada y cejas de diablo. Sus labios gruesos dibujaban una permanente y burlona sonrisa. Era un hombrecillo fuerte, musculoso. Sus extremidades eran recias como las raíces de los árboles. De todo lo fantástico en él, resaltaba la desigualdad de sus pies, uno de ellos terminaba en un robusto muñón. Se enfurecía cuando se fijaban mucho en esa anomalía.

―Je, je, je... ¿Qué te trae por aquí, amigo? ―preguntó, dirigiéndose al anciano.

―Venimos a pedirte ayuda.

―¿En qué les puedo ser útil? ―inquirió con tono amable, contrastando su áspera expresión.

El anciano le contó lo que estaba sucediendo en el valle. El chullachaqui, acentuando su adustez, apretujando los labios, empuñando con fuerza sus manos, moviendo afirmativamente la cabeza, dijo:

―Sí, tengo que ir a arreglar ese asunto. Je, je, je. Déjenlo por mi cuenta ―expresó ―, je, je, je, je.

Los hombres agradecieron a la misteriosa presencia y tomaron el camino de retorno.

Al anochecer del día siguiente, los hombres volvieron a la aldea, pusieron al tanto de todo al curaca y esperaron.

Los intrusos, muy groseros, seguían ensanchado la depredación: cortaban los árboles sin piedad, insensibles al daño que estaban causando a la vida. Esa noche, una carcajada escalofriante sacudió el valle. Los extraños, al oírla sintieron temor, pero trataron de no darle importancia, pero la turbadora intriga les carcomía la discreción.

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