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Índice del libro

Los nativos, representados por su curaca, reclamaron; emplazaron a los intrusos exigiéndoles que cumplieran con lo prometido, pero estos, muy prepotentes, insolentes, desleales, con armas de fuego amenazaron de muerte a los oriundos.

Muy apenado, el pueblo nativo veía que su bosque día a día desaparecía, que las fuentes de agua se acababan y el mitayo se extinguía.

El joven curaca reunió al pueblo en una noche de luna llena. Allí, muy alarmados, sobresaltados, estremecidos, expusieron su miedo por el inminente desastre que se cernía sobre ellos.

Las mujeres lloraban. Los varones, con expresión rígida, dialogaban en pos de una solución al problema. Se sentían solos, impotentes, expuestos a cualquier acometida del intruso.

―Yo tengo un amigo que muy gustoso nos ayudará a salir de este laberinto ―dijo con voz ronca un anciano. Todos orientaron su expectante mirada hacia él.

―¿Un amigo? ¿Quién? ―inquirió el curaca.

―Mi amigo, el chullachaqui ―respondió muy animado el anciano. Todos guardaron silencio, mirándose entre sí con tenue luz de esperanza.

―¿Cómo llegaremos a él? ―preguntó, nuevamente, el curaca.

―Yo me comprometo a buscarlo ―dijo el anciano ―necesito que me acompañen dos varones y hoy mismo partimos. Tiene su guarida en el renacal.

Esa noche el anciano y dos jóvenes de los más caracterizados, designados por el curaca, salieron en busca del mítico ser.

Al atardecer del siguiente día, llegaron al renacal. Los troncos gigantes, oscuros, sombríos de espeso follaje, se elevaban retorciéndose con permanente esfuerzo. Con gritos mudos se abrazaban entre sí, injertando sus gajos unos con otros. Enlazados, inquietantes, caminaban en detenida procesión. Sus raíces parecían moverse como víboras de distinto grosor, que desenredándose huían desesperadas, sepultándose en el suelo negro y húmedo de limo y hojarasca.

Los tres hombres se internaron bajo el oscuro follaje, en ese lóbrego laberinto de raíces alborotadas y troncos sinuosos, parecidos seres siameses con anomalías ingénitas. Rachas de miedo los sacudían, se sentían acechados desde las sombras. Ráfagas de chinchín escalofriaban y estremecían sus espaldas.

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