Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Lo peor de todo fue que todavía queríamos salvar al chullachaqui tirando palos y piedras al pozo para espantar a la víbora, pero Paco nos decía: “¡Déjenle ahí a ese mal nacido!”. Luego tuvimos miedo de la víbora que lo había eliminado. Por insistencia de Paco, comenzamos a empujar el grueso tronco que había cerca al pozo, el mismo que cayó con fuerza encima de la abultada sierpe, que murió aplastada. Y así fue como vimos morir al chullachaqui y a la víbora también.
Hugo se calmó, también nosotros nos sentíamos liberados. Nos olvidamos de las cañabravas, ya iríamos a comprar en alguna parte, o volver otro día con más gente. Incluso manifesté que debíamos volver con las autoridades. Hugo dijo que si contábamos lo que habíamos visto, nadie nos iba a creer. Además, solo encontrarían una víbora gorda y muerta; de repente hasta fue una ilusión. “EI chullachaqui ya no existe más”, dijo don Juan Vinces, medio en serio, medio en broma. “Hasta su espíritu, si tenía, se lo han comido”. Regresamos a casa, y por lo menos yo, jamás lo comenté, ni escribí nada hasta ahora.
Ricardo Enrique Flores Peñaherrera
Seudónimo: Spaak
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