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Índice del libro

De hombre no tenía más que la forma, no pude apreciar la pata de venado que dicen tiene el chullachaqui. Mientras tanto aún seguíamos con el impacto de haber visto a un personaje tan conocido por su mala fama y mal aspecto. Pero pronto resultó un hecho que nos impresionó extremadamente. El agricultor a quien habíamos contratado, llamado Paco, al costado de un pozo muy profundo que había en la chacra, por el cual tiene su nombre, comenzó a cavar la tierra, pero lo hacía con los pies, muy rápido. Uno de sus pies tenía pezuñas como de venado. No encontramos explicación a su transformación ni a su actitud, solo lo relacionamos con nuestro encuentro con dicho personaje. Cual sería nuestra sorpresa que en el pequeño hoyo que cavó muy rápidamente, había una tinaja de barro, y dentro de ella muchas monedas de oro.

No nos habíamos movido ni veinte metros a la redonda, luego del avistamiento al extraño ser que había desaparecido tras el temblor. Estábamos contentos de haber visto las monedas de oro, al mismo tiempo angustiados por las cosas extrañas que estaban sucediendo en pocos minutos. Hugo había convulsionado, y Paco, prácticamente se había transformado en un chullachaqui. Don Juan y yo esperábamos lo peor.

Don Juan comentó entonces que las monedas no eran reales, ya que cuando Paco agarró unas cuantas estas se habían convertido en polvo. Me acerqué a Hugo y como para calmarle le dije: “Solo estamos viendo visiones”. Ni bien hablé, sentimos un viento frío que pasó rápidamente por nosotros. Se nos apagaba la vida.

Nuestro agricultor era joven, fornido y no tan cristiano, también portaba un machete muy afilado, y estaba consciente de que sus pies se habían transformado en un momento; por lo menos eso fue lo que vimos, aunque luego volvió a la normalidad. Pasado el susto, se armó de valor y fue en busca del chullachaqui. Gritaba toda clase de insultos, amenazándolo, diciendo que le iba a agarrar para darle una paliza, que paraba asustando a la gente, que no iría a cometer más maldades, que era un súa, pero ya no más. De pronto vimos salir al velludo hombrecito con su pata de venado, corriendo agitado los treinta metros que nos separaban; cojeando, emitiendo unos rugidos como de chancho, mientras Paco le perseguía. Así cojeando, se chocó con un grueso tronco de un árbol caído y cortado, y fue a caer al gran pozo natural que había en la chacra, de por lo menos unos seis metros de profundidad, donde una enorme víbora que posiblemente también había caído ahí, le comenzó a devorar por la parte de la cabeza.

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