Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Dejamos de trabajar y nos juntamos. Sin decirnos nada, sólo mirándonos, decidimos esperar. Había muchos árboles tras los cuales el feo hombrecito podía esconderse. No nos separaban más de treinta metros, y cualquier movimiento nuevo que hiciera provocaría ruido. Pasados buenos minutos, reinaba solo el silencio. “Hey, hey”, dije. Mi cuerpo se había estremecido. Tampoco podíamos correr. No podíamos pensar que era un chacarero, ni menos un ladrón; pero nuestra seguridad estaba amenazada. Y a menos que fuera un mono, no podría esconderse por mucho tiempo. Nuestro agricultor decidió ser más audaz de lo debido. “Shapshico”, dijo, “Shapshico, cómete mi machete”. Y el hombrecito, tal vez con el objeto de damos más miedo, se mostró.
Cojeaba. Era pequeño pero no enano. Lo que nos parecía que era un pantalón corto, era una especie de falda negra, como faja que ocultaba su encuentro. Tenía mucho vello y barba, parecía chino. Su cabeza era grande, desproporcionada a su cuerpo. Sus ojos eran muy negros, tenía dientes sobresalientes. Su rostro era feo pero no daba mucho miedo; aun así, en lo personal sentí temor por cómo podría actuar. Pese a que cojeaba, por cinco o seis pasos que dio, pude notar que se movía con agilidad. Parecía que íbamos a tener alguna comunicación verbal cuando de pronto la tierra comenzó a temblar. Fue un temblor de pocos segundos, los suficientes como para perder de vista al raro hombrecito del bosque.
Don Juan dijo que era el chullachaqui, el guardián del bosque. “No, hombre”, le dije sonriendo, fue un extraterrestre. “Bueno pues”, dijo él, “fue un chullachaqui extraterrestre”. “Qué guardián va a ser, es un animal salvaje, si dicen que también come gente, ¿no ven el ternero muerto?, más bien ha salido debajo de la tierra. El bosque es lindo, un paraíso; no tiene por qué haber maleros, ni tunchis, suficiente tenemos con las víboras. Los guardianes son los del Ministerio”, dijo el agricultor. Nos quedamos callados.