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Índice del libro

Pasó un mes y Emélida mejoró, pero de vez en cuando hablaba sola, como si alguien le conversara. No quería que la molestaran: ella vivió siempre con sus padres. Y nunca se supo qué, en verdad, había visto en las montañas.

Cuando don Ricardo acabó de contar la historia, nos estremeció el cuerpo a todos, pues era espeluznante. Recordé que yo lo había visto, ¡qué me hubiera pasado si lo hubiera seguido! Mi mamá me dijo que a veces el chullachaqui se asemeja a nuestros familiares para llevarnos al bosque y perdernos en él, hasta llegar a la locura; ella decía que en las montañas hay muchos espíritus, demonios del bosque, pequeños duendes a quienes les gusta jugar bromas, pero que no eran buenos, y siempre hay que pedir permiso a la montaña para entrar en ella, e irse con la protección de Dios.

Llegó el domingo para el bautizo de todos los niños, incluyendo el mío y el de mi hermanita Magdalena, que por cierto estábamos bien bonitas, con un nuevo peinado y lindos vestidos que nos había comprado nuestro padrino. La misa fue muy hermosa, y el cura Ramón, cuando viajó a España contó a sus compatriotas de la existencia del chullachaqui. Ellos quedaron fascinados por aquellas historias y vinieron a conocer la selva, y exploraron el cerro Escalera y los caminos de Aucaloma.

Toñito se quedó fascinado por la historia que le contó su abuelita, y dijo que le contaría a su profesora. Así lo hizo, también ella quedó sorprendida.

Y esta fue una de las historias narrada por la abuelita Corina a su nieto Toñito, acerca de los seres sorprendentes que habitan nuestra selva amazónica, llena de encantos y misterios.

Llesi Mariela Panduro Gálvez

Seudónimo: La doncella de la Selva

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