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Índice del libro

Al día siguiente, temprano, se apareció doña Felícita diciendo que ya había regresado su sobrino. Según contó, este había escuchado unas risas, seguramente de personas que estaban en el camino, pensó, por eso siguió el origen de las mismas. En el lugar que creyó, no había nadie. Luego alguien pasó por su lado con una carcajada más fuerte, “ja, ja, ja…”, desapareciendo a la vista de sus ojos. Por el miedo decidió tomar toda la botella de aguardiente que llevaba para el macerado de hojas curativas que preparaba doña Felícita.

También contó que su sobrino estaba como loco, pues repetía lo mismo a cada instante; además tenía mucha fiebre, parecía estar quemándose vivo. Mi madre le dio un remedio para calmarle la fiebre, le dijo que lo frotara y le dé un baño; era un remedio de ruda, romero, rosa sisa para el mal del aire, y otras hojitas más que mi madre conocía. Doña Felícita se llevó la botella y corrió apurada a su tambo.

Mientras narraba, la abuela Corina, pidió a su nieto Toñito sentarse a la mesa para comer la merienda. Él, emocionado, se sentó rápidamente y la abuela prosiguió con el relato.

Y así, como te contaba, Toñito, los campesinos de aquel lugar estaban asustados porque cada vez más se escuchaba alguna noticia del chullachaqui; una más sorprendente que la otra. Te contaré algunas para que no llegues tarde a casa. Toñito escuchaba atentamente mientras comía sus ricas humitas con café.

Mi padre, tu abuelo Esaul, había ido a buscar al cura Ramón Fernández; era un cura español, muy bueno. Este llegó a la casa, echó agua bendita a todo rincón, oró y leyó la Biblia.

Y nos dijo que nos fuéramos a misa el domingo para bautizarme, junto con mi hermanita. El cura Ramón no creía en el chullachaqui; seguro por eso mientras regresaba al pueblo junto con mi padre, vieron a un hombre pequeño, gordito, caminar delante de ellos. Pasó rápidamente, llevaba un sombrero de paja grande… Cuando estaban a punto de alcanzarle, el hombrecito desapareció como por arte de magia. El cura Ramón estaba pálido de miedo, de lo blanco que era se volvió más blanco y de muchos otras colores. Temblaba, sentía escalofrío; mi padre le sopló con su cigarro mapacho que siempre llevaba para ahuyentar malos espíritus y serpientes. Cuenta mi padre que el cura Ramón casi se muere de miedo, y que juntos oraron a Dios para que se sanara; luego escucharon unos silbidos que no sabían de dónde venían. Al llegar al pueblo, el cura contó lo sucedido a la hermana Adela, por tal motivo decidieron bautizar a todos los niños lo antes posible, pues era cierto que el chullachaqui rondaba por aquel lugar.

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