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Índice del libro

Al mediodía indicado aparecieron todos; formaron un gran círculo hasta que apareció la reina madre acompañada del gordito, que era a su vez su hermano y marchante, cogidos de la mano. Tomó asiento en una piedra cuadrada que despedía rayos de luz como el arco iris. ¡Lo notable era que cuando se ponía de pie, se apagaban las luces!; en cambio, si se sentaba, brillaban los colores. La piedra era deslumbrante, pulida como el granito. Las rosas y las flores de todas las especies despedían luces como si estuvieran conectadas por cables invisibles. Era un espectáculo maravilloso, inaudito.

Habló la reina madre: “Hijos míos, os agradezco por haber acudido a mi llamado, lo cual me confirma que los enviados cumplieron su cometido. Estoy enterada de lo que está pasando pero quiero escuchar a cada uno de ustedes lo que tengan que decirme para tomar las medidas del caso. ¡Hablen!”.

Alakrán se puso en pie diciendo: “¡Mi reina, madre mía! He cumplido lo que tú me has ordenado, he visitado a todos mis hermanos en sus dominios, hasta el último rincón de tu reino, la tristeza y la cólera oprimen mi corazón al no encontrar a mis hermanos en las riberas del alto y bajo Mayú; en el Mayú Huallaga hay grandes destrozos que han cometido los animales de dos patas: han matado a muchos de tus hijos. Mis hermanos, Reina Madre, somos todos los que quedamos en la selva amazónica del gran Mayú”.

Así sucesivamente iban informando a la reina madre, al término del cual se hizo un silencio casi opresivo y de repente se elevó una voz potente, “¡Venganza! ¡Muerte a los invasores!”, y se levantaron, repitiendo ¡venganza!, ¡muerte!... La reina se puso en pie y levantando los brazos, pidió silencio: “Tranquilos, hijos míos, ¡tranquilos!” Cuando se callaron, agregó: “Hijos míos, cuando aparecimos aquí en esta parte de la tierra, todo era nuestro, nos sobraban animales, aves de toda clase; hemos andado por toda la selva, éramos amigos de los demás habitantes, ahora tenemos que vivir escondidos por la aparición de otra raza ambiciosa y destructora de nuestro paraíso, ahora solo nos quedan dos caminos a seguir: ¡dejar que nos quiten lo nuestro o expulsar a los invasores!”. Se oyó un murmullo como el siseo de las abejas africanas, hasta estallar en un sonoro grito: “¡Muerte a los invasores!”… y el eco se perdió en la distancia. Cuando se acallaron, la reina sentenció: “¡Así será, hijos míos, así será!”. Impartió las órdenes precisas: “Vigilen los sitios de penetración a los bosques, que nadie llegue a este lugar; acaben con todos los depredadores y quemen sus cuerpos, yo voy a viajar esta noche y cuando despierte asaltaremos sus ciudades y campamentos. ¡Nador!, ¡prepárame mi pócima!...”. “¡Sí, mi reina madre, voy ahora mismo!”, y Nador fue a preparar la bebida afrodisiaca, el Sanku Sanku, hecha de las raíces y cortezas del chullachaqui-caspi.

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