Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
La reina de los chullachaquis
En un lugar de la selva vivían un par de seres diametralmente diferentes en lo físico; sorprendía contemplarlos. Eran hombre y mujer, ambos medían aproximadamente 120 cm de estatura. Los ojos los tenían risueños, de un color como la lejía clara, hechos de ceniza de la cáscara del plátano que servía para hacer el allpamote. El cabello del hombre estaba completamente desgreñado como el de aquellos desgraciados, drogados y alcohólicos en último grado que se encuentran deambulando o despatarrados en los suburbios de las grandes ciudades.
La mujer tenía la cara redonda de color amarillo pálido; los labios gruesos bien dibujados que al sonreír formaban dos hoyuelos que le daban picardía; su cachetito parecía un ñutito de almidón preparado con chancaca que las abuelitas antiguas regalaban a sus nietecitos y vecinas diciendo: “Catalina, catay tu ñuto”. Sus orejas eran pequeñas como las de un cerdito. El brazo derecho era largo, con cinco dedos que terminaban en garras negras y el de la izquierda, más corto, con cuatro dedos largos con garras, siendo el dedo meñique del tamaño de los dedos de un pollito recién nacido. Tenía pelos de trecho en trecho, es decir, en el hombro, los codos y parte de las manos; los pechos eran pequeños y firmes. El ombligo y las caderas como la de las chicas que sufren bulimia, el pubis abultado pero sin pelos, las piernas bonitas y pies normales. Su caminar era ligero y cuando corría lo hacía con una velocidad asombrosa, en un abrir y cerrar de ojos.
En cuanto al hombre, era gordito; tenía los ojos alargados como de los chinos, casi cerrados; la nariz como la de un búho, las patillas largas y pobladas; la boca pequeña de labios finos como si hubieran sido hechos por un corte de navaja; un cachete sin barba alguna; los brazos fuertes que terminaban en tres dedos gordos que trituraban de un apretón a un fruto de chambira; sus piernas terminaban en dos pies grandes, uno de los cuales tenía unidos los dedos por una membrana como la de los patos, por lo que al caminar lo hacía como si pisase en falso. La casa de esta pareja parecía un horno gigante con varias entradas y salidas por todos lados, por los cuales desaparecían animales y seres extraños. Cada cierto tiempo venían los cajunchis o brujos a darles cuenta de cómo estaba la situación. Un día se celebró un gran acontecimiento.