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Índice del libro

El día se iba y se encendía la noche. La inminente oscuridad amalgamaba el escenario glauco y formaba objetos difusos, resueltos a la imaginación de Isula, mientras los grillos crepitaban desde todos lados coros monótonos que hacían aún más solitario el ambiente.

Transcurrieron las horas e Isula ingresó en un estado de sopor, cabeceando de rato en rato al son de un sueño inoportuno. Pero un sonido bronco y retumbante proveniente de la profundidad del bosque le hizo enderezar la cabeza y, sin que el eco se extinguiese, se encadenaron otros estrépitos más que hicieron fantasear a su crispada imaginación la escena del contacto violento de dos descomunales troncos secos. Vacilaba de su suerte en aquella noche. Encendió un mapacho y comenzó a fumar, impaciente, hilvanando conjuros mentales. En esos instantes, las hojarascas delataron unos ruidos discretos y acompasados. Ruidos que avivaron su imaginación con la conclusión consiguiente de que se trataba de un animal no tan pequeño. Con diligencia, mediante movimientos camaralénticos1, quedó apuntando inmóvil como un maniquí rústico, esperando que aquellos pasos se dirigieran hacia su punto culminante, hacia sus esperanzas... En efecto, apareció la presa. Un añuje maduro que se quedó atracado en la repentina luz de la linterna. El disparo dejó su rastro escandaloso en un profundo eco que el bosque fue consumiendo poco a poco en sus entrañas obscuras. “¡Chupó!” se dijo Isula y saltó de su chapana. Pero al querer acercarse notó que el animal todavía estaba vivo y, cuando quiso liquidarlo de un funesto machetazo, éste aderezó sus extremidades y corrió como pudo lejos de su alcance. Isula siguió el rastro de sangre guiándose con la luz de la linterna... Lo encontró a corta distancia, desparramado con su dolor sobre las hojarascas, emanando sus últimos alientos de vida y envuelto en profusa sangre, la misma que daba la impresión de estar brotando de la misma tierra y brillaba misteriosamente al contacto de la luz. Isula, como un depredador, improvisó largas zancadas para cercenar con la hoja del brillante hierro la nuca del animal abatido, pero éste, de nuevo, se sobrepuso asombrosamente y, más veloz que antes, se hundió en la fronda amparadora. “¡Ya vuelta!” expresó Isula y a tiento de linterna marchó detrás del roedor lacerado guiándose en su sendero trágico... Caminó largo trecho y, en el momento que iba a desistir de la búsqueda, la luz del foco se detuvo en unos ojos atentos que ya no eran de un animal; unos ojos rojos que al ser enfocados por la luz de la linterna emitían una chispa de luz sobrenatural. El espectro decaído se incorporó lentamente revelando la semejanza de una de sus extremidades a la del animal moribundo. Era un cuerpo antropomorfo y pequeño que no sobrepasaba el metro de altura y estaba cubierto de harapos sucios y descosidos como si fuera un mendigo de la selva. Su rostro arrugado, parecido al de un anciano desdentado delataba una prominente nariz y orejas puntiagudas. La mirada de Isula, llena de pavor, fue absorbida de nuevo por los ojos purpúreos del duendecillo senil; en aquel momento, aquellos ojos encarnados, con su silencio de dolor y furia, lo acusaban de algo que él logró comprender lo que era. Entonces, Isula se arrepintió, se avergonzó de su condición de cazador acérrimo… y, antes que el humanoide longevo diera un paso a su encuentro, Isula, con las últimas fuerzas que le restaban, logró hacer un disparo muy cerca de sus oídos para aprovechar el estruendo y recomponerlo del susto. Con fuerzas suficientes pudo dar media vuelta y correr por donde vino, rumbo a la salvación.

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