Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Pero aquella tarde precoz ―el mismo día en que Isula llegó desvariando a su casa muy entrada la noche― la gente del pueblo se distrajo como nunca y se sorprendió en silencio con la figura de un cazador haraposo que se perdía en la montaña por uno de los senderos menos preferidos por quienes también ponían en práctica sus dotes cetreros. En efecto, era Isula quien sobreponía su suerte por sobre todas las desilusiones monteras de otros cazadores de menor rango, quiénes optaron por difamar un camino llevándolo al desuso.
Por la senda desdeñada, Isula caminó una distancia considerable. Sólo cuando sus piernas empezaron a reclamarle se detuvo. Su pecho empapado de sudor se ensanchaba y contraía al compás de un jadeo prolongado, mientras sus ojos se dirigieron al horizonte solar interpretándolo para adivinar la hora. Se preocupó. Pero fue en esos instantes que avistó a lo lejos territorios donde la jurisdicción del hombre apenas se dejaba notar. Entonces, se desvió del camino y con su machete comenzó a trochar la purma con categórica habilidad adquirida desde su niñez. Avanzó un largo trecho topándose con yedras que parecían tener voluntad humana pues embrollaban su muñeca en forma atroz quizás con el designio natural de obstaculizar y acaso detener la veloz arremetida de su filudo sable. Pero, progresivamente, el lugar había ido ganando características escabrosas y, sólo entonces, se arrepintió de la ruta tomada; el agotamiento empezaba a mermar la sagacidad de su brazo. Derrotado por el cansancio se detuvo sin dejar de mover la cabeza de un lado a otro determinando un rumbo sensato. El sudor le ardía en los ojos... se dio ánimos y prosiguió su faena. El crepúsculo comenzaba a mecerse en el inhóspito ambiente.
Por fin llegó a un lugar quieto, de árboles muy grandes con copiosos ramales, por entre los cuales se filtraban las últimas luces del ocaso. En una rápida pesquisa distinguió que la encina era escasa y el suelo ofrecía prometedoras huellas de animales. Pensó que había llegado al lugar indicado. Improvisó raudamente una tarima, subió sobre su reciente construcción y esperó, exhausto, la llegada de su víctima.