Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Al llegar a la ciudad, no eran más de cinco soldados, un monje y el indio que estaba con los pies heridos; entonces Hernández llevó al cuartel de campaña a los sobrevivientes para que fueran atendidos. Mientras esto pasaba, él cayó desmayado frente a la cocha de Suchiche.
Percy Alexander Flores Navarro
Seudónimo: Aleksandr
↑ Volver al índiceCrónica de un sueño mojado
A unas cuantas horas de caminar desde su tambo, don Natividad tiene una gran extensión de monte alto que rodea a una laguna cuyas aguas se vuelven policromadas al reflejar el colorido bosque que se pierde en la inmensidad del horizonte, envolviéndose en las nubes albicelestes.
―Vamos a mi chacra, profe.
Al escuchar la cordial invitación del octogenario amigo, una inmensa alegría inundó mi espíritu. Recordé los infantiles años que pasé junto a mis padres; pensé que caminaría sobre la hojarasca húmeda y caliente, hundiéndome hasta la rodilla y sintiéndome parte del monte.
Con mucho cariño había que recordar también que mis padres fueron chacareros; fui criado así, con olor a hierba y tierra mojada, unidos en el momento de comer y de dormir, cobijados por las cálidas manos del amor filial que ellos profesaban.
En la chacra nos curaban con hojas y lianas, trituradas y estrujadas con esmero y dedicación maternal, con purgas y dietas nos limpiaban y libraban de muchos males. Con los peones caminaba por el monte virgen, ahí estaban el sajino, el venado, el majás, el pijuayo, la shicashica y la manchinga. Había un profundo respeto por el monte y los animales.
No había mercados ni tiendas, del monte sacábamos todo y comíamos. Ahí también estaba la ayahuasca, el ajo sacha, el sangre de grado, el ojé, cuyas resinas o leches, como decían nuestros abuelos, provocan visiones en los humanos y poseen grandes poderes curativos.
Ya en la chacra, luego de descansar unos minutos, don Natividad continuó:
―El monte y el agua... ¡tienen su espíritu! ...para andar por estos montes hay que estar preparado. A mí me preparó don Pedro Wesher, me hizo purgar y dietar, tempranito me bañaba con ajo sacha... dizque... para parecerme al monte y ser parte de él.