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Índice del libro

Llegada la noche, salieron cerca de tres patrullas de soldados a constatar en el lugar, ahora bajo el mando del mayor Castilla, un par de monjes de la iglesia y un indio de guía. Llegaron a la cima de aquella montaña; el guía identificó el lugar como una colpa, y siguiendo al lado izquierdo se podía ver el gran río Shilcayo. Los españoles agraciados y astutos por el conocimiento, aprovecharon la ocasión y mandaron al guía delante de ellos para que los llevara a los lugares donde se hacían hechicería.

Luego de un buen tiempo caminando llegaron al mismo lugar de la fogata y todo lucía como un lugar donde jamás alguien había estado, los árboles estaban de pie y ninguno había sido tocado; esto generó incertidumbre en la patrulla, ya que se pudo constatar que se trataba de un sitio donde se hacían rituales.

El nativo mencionó que se debía seguir río arriba, ya que los viejos pobladores observaron cosas extrañas en las aguas provenientes de las zonas altas; era una zona que no se había caminado. Ya con las espadas empezaron a abrir camino entre la vasta vegetación al margen del río. Se había avanzado bastante y entonces Castilla ordenó a todos descansar un momento. Estaban cansados y a la vez confundidos por encontrarse en medio de la selva, al costado de un río y en plena noche.

Mientras todo se mezclaba con el sonido de la selva, al otro lado del río se dejaban oír pequeñas ramas rompiéndose y pisadas sobre hojas secas que no parecían las de algún animal del lugar. La patrulla entonces se acercó al río, sigilosamente, y lanzó un trapo ardiendo en fuego al lugar de donde provenía el ruido; todos se llevaron una gran sorpresa al observar frente a ellos a un hombre pequeño, al parecer mestizo, que cargaba leña. El mayor Castilla tomó el arcabuz de uno de sus soldados y mostrándole, gritó:

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