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Índice del libro

―Mirad al frente compañeros: hay alguien sobre la rama del último árbol... ―se asustó y dijo con voz suave y temblorosa, dirigida a la tropa.

La tropa se detuvo y, cegada por la oscuridad, comenzó a hacerle preguntas, empezando por Hernández:

―¿Qué cosa tan rara habéis visto allí, hombre? ¿Al menos podéis decirme si es un peligro para nosotros?

―No parece algún animal silvestre, mi teniente... creo que vi un hombrecillo sentado en la rama más grande del último árbol... ―respondió el soldado Darío, muy asustado.

La tropa se comenzó a reír de una forma desconfiada y continuaron el camino sin mayor atención por lo sucedido.

―¿Que no entendéis lo que dije? ― Darío se dirigió a la tropa, otra vez.

―Hombre, en América existen animales que nunca habéis visto en Europa, así que no tenéis de qué preocuparos, tomadlo con calma y dejad de creer en las leyendas que... sólo leyendas son... ―intervino su hermano Juan.

El cabo Villavicencio le dio una pequeña botella con aguardiente para que se calmase y el soldado Darío atinó a decir:

―Después de tomarme esto, me han de creer lo que observé allí, incrédulos.

Entre risas y burlas de la tropa, se oyó una risa más, todos la escucharon e hicieron silencio, y se pudo percibir que la risa no era la de un hombre, ciertamente; se iba alejando y escondiendo entre el ruido de la lluvia y las hojas. La tropa quedó temerosa.

―Todos mantened el paso sin detenerse, falta poco para llegar... ¡Ni una sola palabra en adelante! ―dijo Hernández.

La tropa siguió el rumbo temerosa y mirando hacia los extremos, sin mencionar palabra alguna.

Finalmente habían llegado a la ciudad y a la vista de dos oficiales de guardia que estaban en una choza controlando que las patrullas llegasen. La tropa saludó a sus superiores y Hernández dirigió palabras a uno de ellos:

―Mi capitán, estamos todos sin alguna novedad de por medio a pesar de que la tormenta nos dejó sin fuego, así que demoramos en el camino, pero aún tengo algunas cuestiones que hacer personalmente señor...

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