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Índice del libro

Chullachaqui y su pasado

A pocos meses de la llegada de tropas de la colonia española a Tarapoto, una patrulla de militares conformada por el teniente Hernández, el cabo Villavicencio y los hermanos Juan y Darío de la Serna, veteranos como muchos que lograron sobrevivir a las prolongadas batallas de conquistas y crueles sometimientos en la selva norte, contaban durante sus primeras rondas nocturnas las vivencias en las nuevas tierras conquistadas de San Martín.

Entre sus relatos siempre mencionaban a seres extraños avistados durante las noches oscuras entre los frondosos árboles, al sonido del viento que se dejaba confundir con los movimientos misteriosos de las ramas y hojas secas.

Una fría noche de octubre, cuando la luna se escondía entre las nubes rojas, el viento soplaba entre los gigantes árboles hasta dejar caer las primeras gotas de lluvia en la ciudad, el teniente Hernández, quien estuvo a cargo de la ronda aquella noche, ordenó a la tropa detenerse en el camino y esperar debajo de los árboles hasta que calmase la lluvia. Cada minuto la lluvia era más densa y la neblina cubría ya las copas de los árboles. Ante tal situación, el cabo Villavicencio se dirigió al encargado de la patrulla:

―¡Mi teniente! Es en vano que esperemos tanto a mojarnos aquí, debemos avanzar y refugiamos en el cuartel de campaña en la ciudad, ¡nuestras antorchas se están apagando!

―Calmaos, estaremos en la ciudad más rápido de lo que pensáis: pero esta tormenta no amainará ahora, así que es mejor que tratéis de cubrir las antorchas para no perder el fuego ―respondió Hernández.

La patrulla se puso de pie y empezó rápidamente a caminar para llegar a la ciudad en plena oscuridad, ya que el fuego de las antorchas había sido al poco rato apagado por la tormenta de la noche; apenas algunos relámpagos iluminaban por un instante el camino, y así trataban de guiarse para llegar.

Al brillo de un relámpago, el soldado Darío observó en el horizonte algo muy extraño, pero no tomó mucha atención, el fango estaba en todas partes y había que estar al tanto de ello entonces; sin embargo, al segundo relámpago estuvo con la mirada puesta en el mismo lugar y cada vez más cerca.

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