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Índice del libro

Como llegó, partió como un rayo fugaz.

Fue como le vi en aquella rama, del mismo tamaño, con sus pies desiguales, vistiendo hojas secas con su sombrero que dejaba al descubierto esta vez las dos orejas puntiagudas pero con la cabeza siempre girada al escondite. Maquisapas, venados, sachavacas, zorros, paujiles, huanganas, carachupas, añujes y otros se acercaron a mí. Con la escopeta empecé una cacería descontrolada. La luz del día develaba mis sueños mientras purgaba. Llevaba todas las variedades a mi tambo y de ahí a vender en el pueblo. Con los años se volvió una costumbre para mí. Los animales se alejaban cada vez más y con ellos el lugar de caza.

Una mañana, luego de podar y echar agua a la plantita de chullachaqui, caminé tres horas para esperar la presencia de algún animal. Esta vez me ubiqué bajo cuatro inmensos cerros ordenados en forma rectangular que formaban con el espacio celestial un cubo natural. Cuando la impaciencia me corroía, como de costumbre llamé al chullachaqui. Éste, desde un punto de la geometría natural, puso un añuje bebiendo agua en un charco cercado con troncos de aguaje. Mi quietud se perdió. Como todo cazador furtivo, con la punta de los pies en el suelo, lentamente achicaba la distancia hacia el animal. El puntero del caño que cerraba un lado de mi ojo acompañaba mi acecho. Desafortunadamente, un cosquilleo en mi espalda por la picadura de un zancudo desalineó el disparo. El añuje convertido en una serpiente con orejas puntiagudas brincó de un santiamén a mi cuerpo, envolviéndome y quedando sus colmillos prendidos en mi pierna diestra. Por lo menos pude agarrar mi machete y con él, con mucha fuerza, una y otra vez daba machetazos sobre la cabeza del feroz animal dejándole herido y agonizante. Con la pierna menoscabada y el reptil con la lengua en el suelo, testifiqué al espíritu de la selva. Al morir la serpiente emergió de entre su cuerpo hacia el firmamento un espectro translúcido cuya figura era del chullachaqui. Desde arriba lanzó palabras entrecortadas que retumbaban ondulantes en las entrañas de los cerros y llegaban a mi oído como un canto fúnebre:

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