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Índice del libro

―Tienes que purgar la raíz de la planta chullachaqui, macerada en agua ―sugirió.

―¿Planta chullachaqui? ―Interrogué asombrado.

―Así la llamamos por su mediana estatura y sobre todo por tener sus raíces aéreas desiguales parecidas a los pies del chullachaqui. Después de purgar, cuando salgo a cazar y no se presenta ningún animal le llamo, asomándose rápidamente y con sus poderes atrae a los animales del monte virgen ―aseveró.

Con la ilusión de cazar muchos animales y ver nuevamente al hombrecito, bueno, al chullachaqui, finalmente me animé a tomar la purga.

Al siguiente día, de regreso al tambo del brujo, encerrado bajo cuatro paredes de tabla de anacaspi y echado en cama con colchón de hoja seca de plátano, comencé la purga durante seis largos meses.

En el largo periodo de la purga comí pescado saladito que el viejo curandero pescaba en las orillas del río Huallaga y mis sueños experimentaban el poder de la planta.

―Ahora vete, el espíritu de la selva te acogerá; llámalo cuando lo necesites, ¡ah! llévate esta plantita de chullachaqui para que la siembres; yo haré lo mismo en mi parcela quemada ―me indicó el curandero, horas después de cumplir con la dieta.

En mi primera vez, después de purgar salí con mi talega, machete y retrocarga rumbo al monte, dispuesto a cazar. La fresca tarde se acentuaba, ya que el sonido del correr del río, en complicidad con el soplo del viento y el cantar de los pajarillos, creaban una hermosa melodía que las hojas al caer daban la impresión que bailaban muy al ritmo moviendo como vaivén su contorneado foliar y yo sentado sobre una barbacoa fumé mapacho y con el soplo del humo convertía el espacio verde en discoteca natural. Como no se aparecía ningún animal, empecé a conjurar para atraer al chullachaqui. El curandero me advirtió.

Raudamente apareció y entre triste y alegre su voz diáfana escuché:

―Te voy a poner los animales que tú quieras cada vez que vengas; pero cazarás solo uno.

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