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Índice del libro

La tarde fenecía, mi miedo florecía. Mi raciocinio dijo que me subiera a un árbol para esperar el día, pues las mordeduras de serpientes o el ataque de osos podrían malograrme. Sentado entre las ramas con la escopeta en mano, dormitaba. Un brusco movimiento del árbol que me cobijaba abrió mis ojos. Alguien con descomunal fuerza permitió el vaivén. La noche, testigo de mi tormento, me inspiró orar en voz alta una y otra vez el Padre Nuestro. Pasé así toda la noche.

A media mañana del siguiente día, un hálito de humo que surcaba los cielos despertó mi optimismo y sin pensarlo dos veces transité en dirección a él. Imaginé la presencia de algún poblador quemando bosque. En mi andar, al llegar a la cima de un cerro vi una población de guacamayos que volaban dispuestos en curva, dando la impresión que formaban un arco iris con sus colores cuyo brillo era el brillo del sol. Continué mi camino y el fino humo que parecía nacer de la copa de un árbol convertíase cada vez más en mi suspiro.

No me equivoqué; al llegar al lugar indicado, un viejo curandero ochentón quemaba bajo la sombra de los árboles una cuarta parte de hectárea de bosque muerto. Contento, luego de saludarle y tener acogida, le conté mi odisea, causándole risa.

―¿Y por qué se ríe señor? ―le pregunté.

―Fue el chullachaqui quien te asustó, él es el espíritu de la selva y vive en las aletas de las ochabajas ―aclaró.

―Chullachaqui, chullachaqui… ―repetí dos veces interesado en saber más.

―Se llama así porque tiene los pies desiguales y su estatura es pequeña. Él te sorprende de diferentes formas, ya sea en animales o situaciones que te distraigan; por eso se presentó ante ti como ave, cotomono… y golpea fuertemente las aletas de la ochabaja cuando los cazadores asechan su tranquilidad, alejándolos con su sonido ―afirmó el curandero.

―¿Y cómo puedo atraer al chullachaqui? ―le pregunté nuevamente.

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