Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Ñato y Vitocho lo miraron con entusiasmo, venía a rescatarlos, pero algo no estaba bien. Lucho levantó su hacha y ¡pum!, un tajo, ¡pum! otro tajo y ¡pum! otro más. Ñato y Vitocho estaban aterrados, ¿por qué su compañero los estaba atacando? “¡Lucho, no lo hagas!”, gritaban con todas sus fuerzas mientras que la sangre convertida en resina brotaba del enorme árbol que lloraba. “¡Lucho, no lo hagas!”, gritaron; pero algunas personas no entienden el lenguaje de los árboles.
Paulo César Tello Pinedo
Seudónimo: Rumishungo
↑ Volver al índiceAbicho y el legado del chullachaqui
Cuando recién crecía le llamó el cuerpo del chullachaqui; éste, hoy pequeño y añejo, protege bajo su sombra al viejo Abicho, quien sentado y arrimado en su bastón, contempla en el horizonte los cerros de bosques vírgenes azulados por el pincel del aire, y le cuenta a su soledad las experiencias vividas en los albores de su juventud, en la selva de la comunidad de Chazuta, de la siguiente manera:
El ave asentada en su nidal en el árbol de ochabaja trinaba repetidas veces. El sol con su energía permitía días iguales. Los animales se cubrían de los rayos del sol en los bosques y ellos, cuales madres sacrificadas, protegían su existencia. En el patio de mi tambo, muy cerca a la ochabaja, sudoroso, con mi machete, luego de dibujar una nube, grité al sol mi aflicción. Heredé mi creencia. En instantes, el cielo azul se rendía ante la magia de la naturaleza; cual pintor, teñía de blanco oscuro el espacio celestial. Gotas de agua nacían de sus entrañas, ávidas de humedecer el plano terrenal que acogía sediento a los vivientes en el tibio atardecer. Traía vida la cascada sideral, configurada por las ingentes nubes cuyas lágrimas de gozo eran el resultado de tantas peticiones que también los animales con su cantar habían orado al espíritu de la naturaleza. Gozaba sin cesar la llegada fresca del atardecer, ya que, después de una larga temporada, el sol dejó de brillar para dar paso al sombrío y lluvioso día. Como las gotas de lluvia se disipaban en su vuelo, no contento corrí al árbol más alto. La ochabaja, larguirucha y frondosa, estaba ahí. Comencé a trepar hasta llegar a donde las ramas comienzan a temblar para sentir de cerca la esbelta figura de las gotas. De pronto, un fuerte sacudón movió mi cuerpo. Era el ave que extendía una y otra vez sus alas para sacudirse de la gota de agua que mojaban su plumaje. De prisa, bajé tapándome una oreja con la mano izquierda y con la derecha cogiéndome fuertemente en las ramas del árbol para protegerme entre sus aletas. Cuando al querer ingresar, oí un golpe estruendoso que salía de adentro. Era tan fuerte el sonido comparado al aleteo del ave que parecía que bajó volando por entre la contorneada corteza que cubría a la resina convertida en un torrente de aire. Con las manos en las orejas fui corriendo en dirección al tambo que mi padre dejó al morir para coger la escopeta y poder enfrentar al supuesto animal que estaba metido entre las raíces aéreas. Al regresar observé huellas de pie, uno grande y otro pequeño que salían de la aleta de la ochabaja. Curioso, seguí las pisadas hasta llegar a la orilla del río Huallaga. En mi afán por querer alcanzar al hombrecito subí a mi canoa; con el remo y la tangana batí la resistencia del río deslizándome cuesta arriba muy cerca a la orilla. Al recorrer buen tramo, súbitamente prendí la tangana sobre el suelo bañado por el río, pues una palizada de ramas de barco-caspi estorbó mi camino. Al levantar la mirada, vi en la parte alta de las ramas un hombrecito sentado, cubierto de hojas secas, la cabeza gacha con su sombrero girado treinta grados hacia la derecha que dejaba al descubierto una oreja puntiaguda. Cuando me disponía a saludarle, la caída de un árbol por el fuerte trueno perturbó mi atención. Al resarcir mi cometido, en lugar del hombrecito observé un cotomono. Sorprendido, agarré la escopeta y a punto de presionar el gatillo, la cola de un zúngaro movió la canoa, desviándome la mirada. Al volver los ojos, el cotomono ya no se encontraba. Fue tan rápido todo esto, como la presencia del pajarito maligno con su silbido, que piensas que lo viste, pero que no puedes estar seguro. No perdí el interés; de un salto bajé de mi canoa y al estar cerca al tronco del barco-caspi distinguí las huellas de los piececitos que entraban en la profundidad del bosque. Sigilosamente perseguí las marcas hasta poder alcanzar al hombrecito; de repente, en medio de la espesura verde, las huellas terminaron. Contrariado, finalmente decidí regresar. Al voltear y girar por uno y otro lado la cabeza, la naturaleza dibujó los mismos caminos. Estaba perdido.