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Índice del libro

―La espada larga, la manchada, la viejita... ¿y mi campeona?, caray, la campeona no hay, pero si yo mismo la puse sobre esta ruma de leña. ¿Dónde se metió?

Algo cruzó rápidamente por los arbustos delante de él, algo que le llamó mucho la atención, no lo distinguió y dio unos pasos; más allá nuevamente la figura se movió y por fin su curiosidad fue cautivada. Comenzó a caminar siguiendo el rastro de ese algo que no se dejaba ver pero que lo atraía.

El gordo regresaba del monte con ese rostro satisfecho, sobándose la panza; distinguió a Vitocho adentrándose en el monte pero le restó importancia, “hay necesidades”, pensó y sonrió. No fue al cabo de una hora que empezó a preocuparse, “por qué demora tanto, el monte es incómodo, pero eso es lo de menos, tantos años en el mismo trajín y el monte es tu hogar, es tu gran letrina. Pero aun así, en el monte también hay serpientes, pero Vitocho hubiese llamado, hubiese gritado”.

―¡Lucho! ¡Ñato!, anda ve qué tanto hace el Vitocho, hace una hora que ha entrado y ya debemos subir al cerro, nos gana el día

Los dos se adentraron por donde les indicó el gordo, anduvieron buen tramo y nada, ni rastros de su compañero.

―Vete por esa bajada ―dijo Lucho ―Yo entraré por este lado.

Lucho caminó varios metros y de pronto se vio rodeado de una densa vegetación, se detuvo, miró a su alrededor, retrocedió unos pasos y dio un tremendo salto cuando una mano lo cogió por el hombro.

―¡¡Carajo!!

―¡¿Pero qué pasa?!

―Ñato carajo, tremendo susto que me diste. ¿Qué haces por aquí? Te dije que fueras por esa bajada.

―Eso hice, seguí un sendero y me topé contigo.

Los dos se miraron y siguieron caminando.

―¡Vitocho! ―gritaban― ¡Vitocho!

Y nada. Las aves alzaban vuelo asustadas por tanto grito. Los dos caminaban con dificultad.

―No recuerdo que este monte sea tan tupido ―dijo el Ñato.

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