Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
―Son los traficantes, quieren adueñarse de esta tierra; harta agua, harta fruta, harto árbol... madera, ellos quieren la madera.
―¿Van a matarnos?
―No hijo, ellos quieren que nos vayamos.
―¿Y nos vamos a ir?
―No, hijo, esta tierra es nuestra, estamos aquí para cuidarla.
Juancho se asustó; si no se iban, ellos los matarían. Volvió a mirar a su tío.
―Este bosque es poderoso “aire, agua, tierra, árbol”
“Aire, agua, tierra, árbol”, su tío comenzó a repetir estas palabras como una especie de oración, de un llamado. Frunció el ceño y las palabras se hicieron más profundas y adquirieron una fuerza mágica. “El viento sopla, la lluvia cae, el suelo se sacude y los árboles danzan al compás de la naturaleza”.
Juancho se sentó al lado de su tío, temeroso, asombrado; unas ramas se movieron y sintió que su corazón se le salía del pecho. Un soplo vino de algún lugar, agarró la pierna de su tío, las ramas volvieron a moverse y todo quedó quieto, como suspendido.
―Ya está ―dijo su tío y se sentó al lado de su sobrino.
Un pequeño venado apareció y se acercó mansamente. Don Ishaco se paró y Juancho hizo lo mismo, guiado más por el temor, pensando que nuevamente se echarían a correr; y en verdad casi lo hace al escuchar una voz grave y cavernosa que salía del tierno animal.
―Hola guardián, también los he visto.
―Hola, señor ―saludó don Ishaco y miró a su sobrino ―. Saluda hijo.
―He... hola...
―Hola Juanchito, gusto en conocerte.
―¿Qué haremos? ―preguntó don Ishaco.
―Nuestra madre sufre con la llegada de estos forajidos, pero esta tierra es nuestra, es mía, aquí estarán perdidos.
Por la mañana los leñadores, que ya se habían instalado en el tambo de don Ishaco, comenzaron con sus quehaceres.
―jVitocho! ―gritó uno de ellos ―¿has visto mi machete?
―Pregúntale al gordo... o al ñato, conmigo están las motosierras.
Y Vitocho contó: