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Índice del libro

Emilia estaba aterrada. Salió y se dirigió a la sala; intentó abrir la puerta y huir, mas no pudo, era demasiado tarde. Regresó al cuarto de su tía y ya no la encontró; en su lugar estaba una criatura diferente, igual al personaje del cuadro que la miraba desafiante. Camila quedó atrapada en ese lugar, se encerró en su habitación y esperó la noche con la exigua esperanza de poder escapar en algún momento… Aquella criatura salió del cuadro y se acercó lentamente a su habitación.

Elsa Angulo Vásquez

Seudónimo: Tormenta

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Sordera

―Noventa y ocho, noventa y nueve y cien.

Con esto, Juancho terminaba de llenar su tercer saco de naranjas; todos los días era lo mismo. El día anterior llenó dos sacos de limones y su tío le pidió que contase cuántos limones entraban en cada saco; contar mandarinas, contar pomarrosas, contar mangos, contar y contar y no había cuando ir al monte a ver los riachuelos, la catarata al otro lado del cerro, los grandes árboles. Se contentaba con escuchar los relatos que le contaba el hermano de su padre, pero también quería ver la majestuosidad de la selva, escuchar a sus animales, ver los insectos. Su pensamiento seguía viajando por entre la espesa vegetación cuando de pronto un grito lo trajo de regreso.

―¡Juancho, corre! ¡Corre, hijo! ¡Corre! ¡Vamos al monte!

Sin saber por qué, Juancho dio un salto y empezó a correr al lado de su tío que tenía el rostro pálido y sudoroso. Corrieron un buen rato adentrándose en la espesura de la selva por caminos que solo su tío conocía, y no fue después de que se detuvieron cuando Juancho notó la herida en el brazo de su acompañante. Sangraba.

―No te preocupes, hijo, no es grave.

Rápidamente Don Ishaco sacó una pretina de su bolsillo e improvisó un torniquete.

Juancho miró a su tío asustado, quería saber qué sucedía pero las palabras se atascaban en su garganta.

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