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Índice del libro

―¡Lo que me cuentas es espantoso, no puede ser cierto… no puede ser cierto! ―exclamó Camila sin salir de su asombro.

Don Nicanor era todo un artista, disfrutaba mucho pintar en sus momentos de descanso luego de un arduo día de trabajo en el campo, generalmente a la luz de la luna.

Pero su vida cambió desde aquel día en que aquella criatura se metió a su casa. Ya no salía al patio para pintar por las noches; ahora permanecía encerrado en una de las habitaciones más oscuras de la casa acompañado de un lamparín; nadie sabía qué pintaba, ni su esposa. Dejó de trabajar, de reír y de vivir. Luego de un mes, el retrato estaba terminado. Decidió colgarlo en la sala, al frente, para que todos lo vieran al ingresar a la casa. Era inmenso, abarcaba casi toda la altura de la vivienda, casi real, escalofriante, se podía sentir su presencia, su mirada penetrante, dominante.

Emilia se resistía a creer en las palabras de su tía. No podía ser cierto. Fue a la sala y empezó a golpear el retrato con un hacha en un vano intento de destruirlo; de pronto alguien abrió la puerta, volteó y lo vio, estaba allí frente a ella, era idéntico al personaje del cuadro, pero más pequeño, se veía inofensivo y asustado. Este corrió hacia la habitación de su tía y se acostó a su lado.

―Es mi hijo, Emilia, de quien te hablé. Viene a verme de vez en cuando, a veces me trae comida.

―¡No podemos quedarnos aquí, tenemos que irnos! ―dijo desesperadamente, tratando de levantar a su tía de la cama.

―No, hija, no me iré, me estoy convirtiendo en uno de ellos. ¡Anda, ve tú antes que sea demasiado tarde! ―respondió la mujer abrazando a su hijo, aquella criatura que tenía los pies desiguales, los ojos rojizos, el cuerpo gris, enjuto, quien en ese instante se levantó de la cama y se mostró algo amenazante.

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