Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Juntos empezaron, sin rumbo, la búsqueda del pozo verde. Cuando escucharon que las ranas de la laguna cantaban una canción con rara melodía que hablaba de un pozo, preguntaron por su ubicación. Tan solo una rana vieja les dio razón: “Sigan la luna hasta donde vean su reflejo en las aguas verdosas, pero tengan cuidado de la madre de la laguna”. Le creyeron sin dudar e hicieron tal como les dijo el anfibio. Después de un rato, cuando se sentían engañados, al fin pudieron ver el reflejo de la luna en las aguas verdosas. Wilter se acercó mientras su amigo vigilaba; estaba tocando el agua con un pate cuando sintió un fuerte golpe en la espalda, casi como el de un látigo, que le hizo caer dentro del líquido verdoso. Una enorme serpiente se elevó por encima del agua; era grande, su piel relucía con el brillo de la luna.
―¡Es la yacumama! ¡Corre!
En vano gritó Palermo, la serpiente se deslizó por el agua a una gran velocidad y arrojó su cola por encima de los arbustos hasta alcanzar su deformado cuerpo y envolverlo entre su dura escama. Empezaron a luchar, pero al poco rato los dos fueron prisioneros; Wilter entre sus dientes y Palermo envuelto en su cola. La fuerza de este ser misterioso no se podía comparar con nada, y ahora, ya con sus prisioneros desapareció bajo la espesa y verde agua. En lo profundo el agua era cristalina, por todo el rededor se extendían enormes bolas de burbujas, inmóviles, ordenadas por filas y cada una de ellas reflejaba escenas de diferentes lugares y tiempo, cual si fueran cámaras de vigilancia; en una de ellas se vieron a sí mismos caminando fuera, por la planicie y cazando los animales. Comprendieron entonces que siempre habían sido vigilados y merecían todo eso. De pronto, la gigantesca serpiente les soltó, ya libres nadaron hasta la superficie, pero allí les esperaba otro problema: cientos de peces empezaron a atacarles. Los tantos golpes les dejaron inconscientes. Lo último que vieron fue a la yacumama acercándose por arriba de ellos con la boca abierta…