Índice del libro
- Ojos de espanto en la oscuridad
- Las aventuras de Panguito
- El monte del chullachaqui
- El retrato
- Sordera
- Abicho y el legado del chullachaqui
- Chullachaqui y su pasado
- Crónica de un sueño mojado
- La Maldición
- El deseo del chullachaqui
- El buen roba niños
- La reina de los chullachaquis
- Chullachaqui, “hombrecillo misterioso”
- Paco y el chullachaqui
- Las Aventuras de José y Chullachaquito
- Chullachaqui amigo
- Por la ruta a Yurimaguas
- El chullachaqui solterón
- El chullachaqui chanchero
- La chacra del “Tío”
- Semblanza del chullachaqui
Su fija mirada les hizo temblar, y su voz era de trueno:
―Ustedes profanaron mi territorio, mataron a mis hermanos y me robaron... si quieren volver a su normalidad deben pagar todo el daño. Busquen el gran árbol donde crecen unas hierbas curativas; vayan y traigan las que están cubiertas por la luz de la luna. También deben buscar las cerdas del picuro maman y unas gotas de agua del pozo verde. Esto curará al herido, pero luego irán por el oro que se llevaron y tendrán que devolverme. Tienen toda la noche para cumplir con esto; si no lo hacen, quedarán así por toda la eternidad.
Ni bien dijo la última palabra, el chullachaqui desapareció por uno de los rayos y la lluvia empezó a caer. Ellos se repartieron el trabajo. Wilter se sentó a descansar, había corrido mucho en la búsqueda. La lluvia ya había pasado y una hormiga se ahogaba en un pequeño charco; escuchó que le pedía ayuda, sus oídos parecían haberse adaptado a las voces de los animales. Salvó al animal, éste agradeció su buena acción y ofreció guiarle hasta el gran árbol donde tenía su hormiguero. Llegó hasta allí y subió hasta la copa del árbol para obtener esas hierbas que estaban bajo la luz de la luna, pero las hormigas no dejaban de picarle hasta hacerle caer desde lo alto. Regresó algo adolorido pero feliz de haber encontrado lo que ansiaba.
Palermo había ido en busca de las cerdas del picuro maman; buscaba al animal por todos lados y no lo hallaba. Mientras corría quedó atrapado en un gran fango; empezó a hundirse, y cuando ya desaparecía pudo ver una manada de monos que le observaban; se sintió perdido y creyó su fin. Desesperado gritó pidiendo ayuda. Cuando ya moría, sintió que le tomaban de las manos y le sacaban del fango. Los monos le habían ayudado. Les agradeció y también se sorprendió al darse cuenta que les podía entender. Le ayudaron a buscar al picuro maman, y al poco rato ya habían encontrado uno. Quiso sacarle las cerdas al descuido, pero el picuro maman se dio cuenta y se enojó con él; luego ofreció ayudarlo a cambio de que le sacara una espina de la pata. Él aceptó, pero era tan solo un engaño pues terminó siendo pisoteado. Reprochó la trampa, pero el animal le pidió otro favor: que le sacara un pedazo del fruto chambira de su diente. Éste metió la mano en su hocico pero nuevamente fue burlado con un fuerte mordisco. Palermo se enojó, pero el animal le enfrentó con gruesas palabras mostrándole su culpa. Al final le obsequió unas cuantas cerdas. Con ellas corrió hasta la laguna mientras llamaba a su amigo.