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Índice del libro

Uno de ellos quiso soltar una risa de triunfo, pero en vez de eso dejó salir una voz grave y ruidosa. Su amigo le quedó mirando lleno de terror; éste, al voltear para verle, también casi se desmaya de la impresión. Los dos se quedaron mirándose por unos segundos y huyeron completamente aterrados en distintas direcciones, sin olvidar sus talegas de oro. Palermo no podía explicarse qué pasaba; en vez de su amigo había visto un monstruo y en su desesperada huida olvidó por dónde corría; tropezó en un tronco podrido y cayó al agua lodosa de la laguna, desparramándose el oro por el agua. Wilter estaba igual, tan solo corría desesperado por dentro de los árboles que daban paso al camino grande de la aldea, pero olvidó por completo la gran peña que había antes de llegar al camino, y cayó al vacío, regando el oro por todas partes. Lamentaron su oro perdido, pero tuvieron que seguir corriendo para salvar sus vidas del monstruo que habían visto, sin darse cuenta que en realidad eran ellos los que se habían convertido en dos horripilantes seres monstruosos.

Muy de madrugada, los pobladores que alistaban sus cosas para ir al trabajo vieron que se acercaba al pueblo un horrible monstruo con cuerpo de gorila, cubierto el rostro de escamas, y sus patas con tres enormes dedos de puntiagudas garras, como del pelejo. Gritaron aterrados; se reunió la gente, y armados de palos, piedras y armas, quisieron ahuyentarle, pero cuando apareció otro semejante a éste, el monstruo huyó por entre la gente, hasta el otro extremo del pueblo. Entonces los dos amigos se dieron cuenta en qué se habían convertido y ambos se alejaron del poblado. Cada uno buscó su escondite. En la noche volvieron sobre sus pasos hacia la laguna; allí se encontraron y ya no se tuvieron miedo; caminaron hacia la cueva para buscar alguna solución. Se acercaron silenciosos, sin saber qué hacer; entonces, ante la vista de ellos apareció el dios selvático, un pequeño hombrecillo de piel verdosa con negros cuernos que apenas sobresalían por su cabeza, quien vestía un taparrabo de hojas verdes. Un remolino de aire y hojas le envolvía, mientras que a un costado de él ardía un fuego que no se consumía. Su pie derecho era igual que el de un humano y el izquierdo semejante al de un venado… tenían al frente al chullachaqui.

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