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Índice del libro

El monte del chullachaqui

En un pueblito de la selva donde todavía existen esas costumbres y tradiciones de nuestros ancestros, alejados de la sociedad urbana vivían dos inseparables amigos: Palermo y Wilter, jóvenes cazadores que proveían al pueblo de la carne que hay en la selva: sajino, majás, añuje, carachupa, huangana, monos y tantos animales cuadrúpedos y voladores que caían bajo sus trampas y balas.

Había un lugar prohibido, una hermosa montaña que el pueblo conservaba como refugio para los animales. Con el tiempo se había convertido en un lugar encantado donde todos decían que el chullachaqui había hecho su morada. Estos dos jóvenes, intrépidos y aventureros, no hacían caso a los viejos y siempre entraban a cazar allí, a pesar de las advertencias.

Una noche, mientras vigilaban el rastro de un animal cerca de la gran laguna, vieron a un robusto venado. Wilter le disparó y el animal cayó allí mismo. Corrieron a ver pero éste huyó dando brincos de herido hacia la espesura de los árboles; mientras le buscaban, vieron un brillo que resplandecía no muy lejos, entre las hojas de los árboles. Se preguntaron qué sería, y su curiosidad los llevó a ver. El resplandor de la luz provenía de una cueva con una enorme abertura y un fondo sin fin que se perdía en una curva. Se quedaron completamente mudos cuando vieron que en su interior estaban esparcidos montones de monedas de oro. Tal fue su alegría que entraron a la cueva sin precaución. A un costado de la entrada se desangraba el venado, pero ellos le ignoraron por completo y, abriendo sus talegas, las llenaron con el brillante mineral. Acordaron guardarlo en secreto y volver para llevarse el resto; hecho esto, regresaron con el oro. Cuando ya estaban en la laguna, escucharon un gran alboroto a sus espaldas, cual un tropel de animales. Junto a la bulla también venía una total oscuridad que cubría la luz de la luna, acompañada de un viento frío. Gritaron de miedo; se llamaron cuando todo se volvió oscuro, y sus piernas no respondían a la orden de huir. Pero tan solo fue por un momento, pareció como si el viento, la oscuridad y todo el alboroto se hubiera esfumado por encima de las aguas de la laguna. Enseguida, la luz de la luna nuevamente comenzó a brillar.

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