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Yanapuma

Varios autores

Índice del libro
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Presentación

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El libro “Mitos, leyendas y cuentos peruanos”, publicado, según los registros, en 1947, y cuya selección corresponde a los escritores José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos, respectivamente, contiene entre sus páginas la peculiar historia de José Curinuqui, un cazador loretano que se va al bosque a probar su escopeta nueva y que, por mala suerte, se cruza con el “tigre negro” o “yanapuma”. Por más que le disparó una y otra vez, ninguna bala le acertó, y ya en su huida, el demonio (porque la gente creía que se trataba del mismo diablo) por poco le pisa los talones. Curinuqui se salvó gracias a la intervención de los perros y al fin pudo refugiarse en su casa, pero ni los vecinos que le dispararon al tigre negro por entre sus quinchas ni los perros en conjunto, pudieron con él. Así refieren los compiladores del libro, a este ser fantástico de la selva.

En San Martín, en el año 2002, mi amigo y colega Luis Ordóñez Sánchez, saposoíno de nacimiento y autor de una decena de libros, publicó la novela “Tigre negro”, única en su género, que narra el proceder de esta fiera en un sector de la selva sanmartinense, en donde se atrevió a desaparecer a los pobladores de una comunidad entera. De no ser por la habilidad y astucia de una anciana de nombre Ercila, que propuso parar los sangrientos sucesos del mítico tigre negro, la racha de desaparecidos hubiera seguido en aumento. Precisamente en este libro compilatorio denominado “Yanapuma”, que contiene los resultados de la tercera edición del concurso “Amazonía ancestral”, incluimos un fragmento de la novela de Ordóñez, en el que de manera magistral se cuenta cómo Ercila entra en acción.

Los tres cuentos ganadores, “Sanapi yoqui”, “Yanapuma” y “Sombra de luna llena”, de Haydith Vásquez, Elsa Angulo y Nelson Irigoin, respectivamente, son los galardonados en esta edición del concurso. El primero es una historia de amor que se rompe por la ambición de un joven, pero también es un canto a la intuición de la mujer amazónica, bella e inteligente. El yanapuma aquí, a diferencia del segundo cuento ganador que en breve reseñaré, encarna la maldad, el camino fácil que involucra hacer uso de la violencia para buscar justicia. El segundo cuento ganador, “Yanapuma”, antepone al instinto asesino de la fiera, la prioridad vital de una madre: la conservación y el cuidado de sus hijos. Y es curioso, de por sí, que en este caso el personaje principal sea un yanapuma femenino. En esta historia, quien propicia el terror y obliga a la fiera a defenderse y a tomar medidas extremas, es el propio hombre. La magia de un brujo y la sangre, finalmente, son dos elementos que encajan muy bien en desenlace. El tercer cuento, sin duda es extraordinario. Está narrado en primera persona y eso me recuerda las cartas y grabaciones que compuso Bram Stoker en su gran obra maestra, solo que el cuento de este libro transmite una sensación de, realmente, encontrarnos en la selva que conocemos: la nuestra, también poseedora de extraños seres que aguijonean los cuellos y vacían los cerebros a los humanos. Este yanapuma no es un ser tosco y exagerado; más bien es metódico y calculador, porque en realidad es un hombre.

El presente libro contiene, además de los ocho cuentos clasificados y seleccionados por el jurado calificador, en este caso compuesto por nuestro célebre escritor peruano, premio Copé de Oro y Casa de las Américas en cuento, Dante Castro Arrasco, algunos escritos de autores como Armando Ayarza (Iquitos) y Froilán Vásquez (Alto Mayo), este último autor de una genuina historia que sorprende por el grado de humor que posee.

En todos los cuentos, el origen del yanapuma, de alguna manera está ligado a una vida anterior en la que era hombre. Por alguna razón extraordinaria, su desenlace le ha marcado el destino que le concierne. A diferencia de los pumas andinos que se encuentran, por ejemplo, en la literatura de Cronwell Jara o Ciro Alegría, los hombres-pumas, los runapumas o yanapumas, como también se les llama aquí en la Amazonía, son seres fantásticos que obran sigilosos y al acecho, con suma precaución, como si fueran bestias invisibles. No se resalta el poder de las garras y la fuerza que de hecho poseen, sino más bien, la astucia que usan para vaciar los sesos de sus víctimas, que no son necesariamente humanos.

Esta tercera edición del Concurso Regional de Cuentos “Amazonía ancestral”, ha convocado a más de cien trabajos de toda la región, lo que representa para Trazos y el equipo editorial que está detrás, una enorme satisfacción, puesto que nuevas voces van apareciendo en este escarbar constante en busca de que la literatura amazónica trascienda.

Como cada año, la intención primaria es rescatar la identidad y el valioso folclore de los pueblos de la Amazonía, tan venidos abajo en estos últimos tiempos. Si bien es cierto que los nombres que dan vida a los personajes de cada uno de los libros impresos hasta la fecha (“Chullachaqui” y “Runamula”, en las dos primeras ediciones del concurso) han sido rescatados del habla popular, los trabajos aquí seleccionados no necesariamente transcriben las versiones elementales de sus fuentes, he ahí el valor literario que poseen. Se trata, pues, de un “concurso de cuentos”, por tanto, la intención, más que el solo hecho de recrear los mitos y leyendas amazónicos, es despertar la creatividad literaria de los participantes.

Como editor y responsable del proyecto editorial Trazos, tras varios años de estar al frente de esta entidad que tantas satisfacciones me ha dado, puedo afirmar que la lucha emprendida para hacer que los niños lean más seguido en las escuelas públicas ha ido dando frutos. Es una tarea ardua por las múltiples dificultades que se asocian, pero se puede lograr este cometido. Para ello es necesario que los niños se involucren con el conocimiento más cercano (por eso considero elemental que se promueva la lectura de los textos regionales). Si no se logra el principal objetivo, es decir que los niños lean, no esperemos que la literatura especializada sea asimilada en los colegios secundarios y en las universidades.

Finalmente, agradezco el involucramiento de mi amigo Dante Castro como jurado, y, cómo no, las buenas acciones hay que aplaudir, también agradezco a la la Municipalidad Provincial, entidad que está contribuyendo con la publicación de este libro.

Me debo a los niños de mi región y mi Perú, por ellos el esfuerzo emprendido y hacia ellos, ojalá, vaya este conjunto de hermosos cuentos basados en el mítico yanapuma.

Miuler Vásquez

Sanapi yoqui

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(Mujer luna)

La noche en que el yanapuma fue visto por primera vez, merodeando cerca de la comunidad nativa de Santa Sofía, Reydelinda se bañaba en el río con sus cuatro hermanitos.

El caluroso anochecer estaba iluminado por una luna llena que invitaba a refrescarse, por lo que la muchacha no dudó en llevarse a los niños monte adentro, donde los esperaba una idílica pileta natural formada por grandes rocas. Mientras sus hermanos jugaban chapoteando en el agua, ella se subió a una piedra triangular en medio del caudal, para peinar su larga cabellera.

Los chicos eran hijos del apu Nahwiri Pizango, que dirigía la comunidad shawi; por ese motivo el descubrimiento del felino causó tal revuelo en el poblado, que la noticia se extendió como un reguero de pólvora por toda la zona de Papaplaya.

Aquella noche en el río, la algarabía de los pequeños contrastaba con la tristeza de su hermana mayor. Ella pensaba en Nurubé Huansi, el hombre al que dejó plantado una semana antes de la boda.

Cuando todos los preparativos estaban listos para el gran acontecimiento, una súbita intuición la obligó a cancelar el matrimonio. Sin dar mayores explicaciones, salvo a su madre y al novio, Reydelinda puso punto final a su historia de amor.

La noticia generó en el pueblo una ola de rumores mezclados con desazón. Pizango también estaba dolido por este misterioso cambio de rumbo que tomó su primogénita.

Mientras Reydelinda se peinaba, la luz de la luna parecía adornar su cabello con hilos de plata. Con su hermosa voz comenzó a canturrear: tengo una tristeza que no tiene cura, doy vueltas en círculos, soy un espiral.

Ella aún lo amaba, pero él ya no era la misma persona. Llorando, se lo contó a su madre. La mujer le aconsejó que lo pensara bien.

Cuando se armó de valor para comunicarle a su prometido su decisión, la reacción de este fue terrible: furibundo prometió vengarse.

Con su violenta actitud, la joven terminó confirmando sus sospechas; su intuición no la engañaba: él se había transformado en alguien irreconocible.

Nurubé era tres años mayor que Reydelinda, sin embargo crecieron juntos; desde niños jugaban e iban a la escuela bilingüe. Al llegar a la pubertad se volvieron inseparables. Los dos se preocupaban por los problemas de su pueblo: eran muy amables con todos, ayudaban a los niños con sus tareas escolares, atendían a los ancianos si lo requerían, participaban en las labores de agricultura y pesca de la comunidad. A la par, Santa Sofía se fortalecía bajo la dirección de Pizango. Fueron años maravillosos para la comunidad shawi.

Pronto surgió el amor entre ambos, nadie se sorprendió cuando anunciaron el compromiso. Él, con su porte de guerrero parecía tener la fuerza necesaria para defender a su pueblo de un ejército. Ella, con su voz dulce cantaba a los niños; su máximo anhelo era ser maestra de escuela.

Los pequeños le decían Rey, la chica de las flores, porque siempre llevaba una violeta o una orquídea en el pelo.

Con esta unión, la bella hija del apu regalaba a su pueblo la ilusión de comenzar una estirpe que traería beneficios a la comunidad.

El agua en torrente del Huallaga seguía refrescando a los niños que esa noche jugaban sin parar. Sus risas se oían como un eco que retumbaba entre las malezas del borde del río.

De pronto, Reydelinda creyó escuchar a lo lejos, entre el silbido de las hojas, una popular canción shawi: sanapi yoqui. Una canción que le dedicó Nurubé, con acompañamiento de guitarra, el día que pidió su mano.

Canta, canta, mujer luna

Ríe, sueña, mujer luna

Salta, ama, mujer luna

Esperando por ti, le pregunté al amor

¿Dónde está el sol?

El universo te esperó

y yo también del otro lado de la bruma.

Canta, canta, mujer luna

Ríe, sueña, mujer luna

Salta, ama, mujer luna

Dame un beso en flor… Diosa… mujer luna…

Buscó en el matorral, de dónde provenía esa canción añorada, pero en medio de las sombras lo único que divisó fue una mirada gatuna.

Clavada en ella estaban como dos luceros rojos, los ojos del yanapuma.

Sin darle tiempo a reaccionar, el animal dio un salto ligero, apareciendo muy cerca de donde se bañaban. Al unísono los niños dieron un grito ensordecedor, tan agudo, que el murmullo lejano del pueblo de Santa Sofía calló de golpe.

Rey atrajo a los niños hacia ella, instándoles a permanecer en silencio, mientras el puma negro, tan negro como la noche más obscura, exploraba la forma de llegar hasta ellos. Husmeaba entre los arbustos, buscando una piedra, un palo de donde asirse para flotar y dar el zarpazo final.

Parecía que la suerte estaba echada para los chicos. Con la respiración entrecortada esperaban el momento fatal en el que el yanapuma entrara al agua. Sin embargo, de forma repentina, un arbusto de floripondio que estaba a unos pocos metros del río distrajo al felino. Asombrados, Rey y sus hermanos vieron como el puma jugaba dando manotazos a la planta, de pronto extasiado por su descubrimiento. Sin perder tiempo comenzó a comer las flores blancas, regocijándose con cada bocado.

No pasó mucho tiempo para que el efecto alucinógeno del floripondio se hiciera presente. El gatuno comenzó a retorcerse, con una mezcla de placer y dolor. Giraba sobre la hierba, de un lado a otro, con visiones que solo él podía percibir. Fue en ese momento que los niños aprovecharon para huir hacia la comunidad nativa, dejando atrás la amenaza que estuvo a punto de cegarles la vida.

Un año antes de esa noche de luna llena, Santa Sofía comenzó a sufrir infinidad de atropellos en sus tierras. Primero fueron unos madereros que utilizando grandes motosierras, comenzaron a talar los árboles de las chacras más alejadas de la comunidad, muy cerca del límite con el cerro. Todo el pueblo se unió para expulsarlos, utilizando la estrategia de ir a su campamento en la madrugada para acorralarlos mientras dormían. Pizango pidió que nadie saliera herido. Así fue. Una vez capturados, los saqueadores fueron obligados a irse con las manos vacías, no sin antes recibir como escarmiento unos simbólicos latigazos.

Semanas después del incidente con los madereros, los jefes de las comunidades aledañas de Santa Rosa y San Manuel de Nashatauri llegaron sin previo aviso a Santa Sofía.

Nahuel Marichi con Odilio Yumbato llamaron a la vivienda de Pizango, solicitando una audiencia urgente con el padre de Reydelinda.

Rey y Nurubé, que a esa hora de la mañana se entretenían con los niños tejiendo una red para pescar los ayu, wanki y warate, les dieron la bienvenida con masato fresco; pero ellos no venían en plan festivo, sus caras abatidas no daban pie a una conversación amena.

Pizango no se encontraba en el pueblo, estaba de viaje. Los visitantes les dijeron a los muchachos que volverían pronto, con los jefes de otras comunidades shawi. Oportunamente informarían la fecha de la reunión. No dieron más detalles de lo que pasaba, pero escuetamente dijeron que se trataba de un asunto de suma gravedad.

Antes de irse, explicaron que la reunión sería una “wa’an kapini ninuntatui yunkiraisu”, conocida ceremonia donde los jefes apu se reúnen para pensar. El lugar elegido era Santa Sofía, por lo tanto, Pizango tenía el deber de prepararse para ser el anfitrión del importante acontecimiento.

La esperada reunión se llevó a cabo de acuerdo a lo previsto: Marichi, jefe de Santa Rosa, y Yumbato, jefe de San Manuel de Nashatauri, cumplieron el rol de coordinadores, trasladando a los demás jefes hasta Santa Sofía. Llegaron los apu de los centros poblados de Santa Rosa de Alto Shambira, Nuevo Nauta, Nuevo Alianza, Pijuayal, Nuevo Pizana y Nuevo San Martín.

Allí los esperaba Pizango con la comunidad en pleno, desbordando de emoción. Las mujeres llevaban flores en el pelo, los varones se arreglaron con sus mejores atuendos.

Aunque el motivo de la visita no fuera un suceso de alegría sino de honda preocupación para el pueblo shawi, la comunidad de Santa Sofía se consideraba privilegiada por haber sido elegida como sede de la asamblea.

Después de la bienvenida, Pizango llevó a los hombres hacia una maloca alejada del pueblo para comenzar la junta. A solicitud suya hizo participar a Nurubé. Les dijo a los jefes que el joven muy pronto sería su yerno, por lo tanto era necesario que lo apoyara en las decisiones de la comuna. Nadie se opuso.

Rey también quiso ir, pero su padre le dijo que era una reunión de hombres.

Los diez se encaminaron monte adentro hacia el lugar designado para la asamblea. Comenzó hablando Isidro Chanchari, apu de Santa Rosa de Alto Shambira; estaba muy afectado por el tráfico de tierras que venían sufriendo en el distrito de Pongo de Caynarachi:

“Nuestras comunidades nativas no tienen títulos de propiedad. Estamos en posesión de nuestros territorios ancestrales pero solo tenemos reconocimiento legal. No es justo que las tierras de las comunidades estén valoradas en ochenta céntimos cada hectárea. Me ha llegado esta notificación”. Isidro mostró un papel arrugado. “Hay una empresa coreana, Ecoamérica, que está reclamando 72,654 hectáreas de nuestro territorio a un juez de Yurimaguas”.

Cuando dijo esto, el silencio de los demás hombres se rompió. Comenzaron los sentimientos de enojo; súbitamente el miedo se apoderó de todos.

Pizango los trató de calmar, pero los cuchicheos no cesaban debido a la desconcertante noticia que acababan de recibir.

Increíblemente quien tuvo la habilidad para tranquilizarlos fue Nurubé; se mostró controlado, gesticulaba con las manos, hablándoles con tanta afinidad que todos los jefes se le quedaron mirando. Hermoso como era, tenía un poder hipnótico cuando expresaba sus ideas. A pesar de su juventud, mostró una soberbia seguridad.

Contó que su sueño era que los pueblos shawi estuvieran unidos, sin importar la distancia geográfica. Estas reuniones debieran ser más frecuentes, expresó, no sólo cuando existan problemas.

Pizango lo quería como un hijo, por eso no dudó en apoyarlo cuando planteó la creación de la Federación Regional Indígena Shawi, para hacer respetar los derechos de las comunidades. Las reuniones tenían que realizarse semanalmente en un lugar neutral como Tarapoto, para que los jefes no tuvieran que viajar tanto.

Cuando terminó de hablar, los apu, sorprendidos, vieron en él la reencarnación de su dios convertido en piedra: Kumpanamá.

Sin mediar mayores dilaciones, y por unanimidad, aceptaron el plan. Se formaron comisiones para buscar un lugar donde llevar a cabo las reuniones, otro grupo buscaría recursos económicos para enfrentar la demanda que los amenazaba.

Los jefes se despidieron de Pizango, felicitándolo por su futuro yerno, un líder innato. Él, desbordado de orgullo, solamente atinaba a sonreír.

Pasaron varios meses después de esa primera reunión. Nurubé Huansi adquirió un papel protagónico en la lucha que enfrentaban los shawis.

Confiando en su buen juicio, Pizango lo enviaba a él para que lo representara en las reuniones semanales; en realidad lo estaba formando para ser su sucesor.

Fue en unos de sus viajes que Nurubé conoció a Isael Mijahuanca, un brujo de Chazuta que lo invitó a una sesión de Ayahuasca. Le dijo que él solamente obsequiaba el brebaje a personas que se lo merecían. Lo envolvió de tal forma que muy pronto estuvo asistiendo a su primera toma de la planta en la casa del chamán, ubicada en Papaplaya.

Isael era muy respetado, también temido; sus curaciones eran milagrosas, pero sobre todo se murmuraba que sus maleficios eran mortales. La gente atraída por su fama venía a verlo desde los lugares más recónditos de la región.

Cuando los familiares de Nurubé se enteraron que estaba frecuentando al brujo, no estuvieron de acuerdo, debido a su popularidad por practicar las artes oscuras.

Fue por esa época que Rey comenzó a notar los primeros cambios en su novio. Se volvió irascible, dominante; comenzaba a mostrar signos de ambición respecto a su recién adquirido liderazgo en la comunidad.

El brujo buscaba un heredero al cual trasmitirle sus poderes, y había encontrado en Nurubé el candidato ideal. Astutamente lo convence diciéndole que la mejor manera de luchar contra los explotadores de tierras era a través de los poderes mágicos. Para lo cual, ambos se internan durante dos meses en el monte, con el fin de purgarlo e instruirlo en el ocultismo.

Todos en Santa Sofía estaban intrigados con la desaparición del muchacho. Incluso algunos pensaban que ya no volvería. Su familia era la única que sabía dónde se encontraba, pero advertidos por Nurubé no revelaron el secreto.

Cuando volvió fue recibido con algarabía por el pueblo; todos extrañaban su imponente presencia e innatas aptitudes para guiar a su pueblo en el litigio por las tierras. Sin embargo, pocos advierten su transformación: se ve fiero, con el rostro adusto, su piel había adquirido un bronceado inusual, estaba convertido en todo un hombre. No quedaban rastros del joven apacible que era.

Fue en ese momento que Rey decide cancelar la boda. Cuando estaban los dos solos, no podía reconocerlo. Era como si un impostor se hubiera robado al verdadero Nurubé.

Las reuniones en Tarapoto se volvieron más tensas debido a las amenazas de muerte que comenzaron a recibir los jefes apu; las sospechas recayeron en los representantes de la empresa Ecoamérica.

El liderazgo de Nurubé siguió en aumento. Incluso en algunas reuniones cuando Pizango no estaba presente comenzó a hablar a sus espaldas, criticando su carácter pacífico, en contraste con las medidas que él proponía: drásticas, de lucha osada, con un plan de venganza contra los usurpadores.

Cada vez más aguerrido, en el pueblo lo comienzan a ver como un salvador, incluso se oyen rumores malsanos en contra de Pizango. Algunos comuneros comentan que él debiera ser nombrado el nuevo apu.

Pero el muchacho, con astucia desmintió estas afirmaciones, reafirmando su apoyo al jefe apu vigente.

En una de las reuniones semanales, persuadió a los jefes para invitar a los representantes de la empresa coreana a una reunión en Santa Sofía. Les propuso preparar una cena y llegar a un acuerdo sobre el litigio. Todos aceptan, aunque algunos no entendían cuál era el verdadero sentido de la reunión, debido a que pronto el poder judicial iba a declarar una sentencia.

Los invitados de Ecoamérica, dos funcionarios y un abogado, llegaron a la comunidad cerca de las siete de la noche; el cielo estaba despejado y con estrellas. Los jefes apu los recibieron con frialdad pero con cortesía en las instalaciones de la escuela.

En una rápida acción, Nurubé hizo salir a los jefes de la escuela por una puerta auxiliar, cerrando con candado la puerta principal, aprisionando a los hombres, sin que estos se percataran de lo que estaba ocurriendo.

Los apu fueron llevados por el muchacho a la casa de Pizango, advertidos de no salir de ahí. Ellos no entendían lo que estaba sucediendo pero no se atrevían a contradecirlo; pese a su desconcierto no se imaginaban lo que estaba por ocurrir. Nurubé desapareció en las sombras de la noche.

Los tres hombres, al advertir que fueron abandonados en la escuela, intentaron salir pero no encontraron cómo hacerlo. En ese momento la comunidad en pleno se quedó a oscuras, un inusual apagón llenó de sombras el lugar.

Por fin se dieron cuenta que la invitación tenía la apariencia de una trampa. Se miraron inquietos, no sabían qué acción tomar. Caminaron por el patio de la escuela haciendo eco con las manos, llamando a Pizango, pidiendo auxilio.

Lograron divisar en medio de las tinieblas unos ojos rojos como llamas. Era el yanapuma que los miraba desafiante.

Fueron brutalmente atacados. Uno a uno los tres hombres murieron por certeros colmillos que se incrustaban en sus cuellos. Todo el pueblo escuchó los gritos desgarradores provenientes de la escuela. Por temor, nadie se atrevió a salir de sus casas. Fue una masacre.

El puma negro, después de matarlos se comió sus cerebros. Algunos pobladores lo vieron salir de la escuela velozmente, dejando en su caminar huellas de sangre. Luego desapareció en la espesura de la selva.

Ayudados por alcuzas, Pizango y los demás jefes corrieron a verificar lo ocurrido. El lugar estaba hecho una carnicería: desperdigados por el patio del colegio los hombres yacían desfigurados.

Buscaron a Nurubé creyendo que él también podría estar herido, pero no lo encontraron. Pizango estaba muy alterado con lo ocurrido; no tenía palabras para expresar lo que significaban estas muertes en su comunidad.

Podrían acusarlo de asesinato.

Después de comprobar que la población no había sufrido daños, dio una orden categórica: dar con el paradero del animal y matarlo, no importaba el precio que costara, él pagaría una suma significativa por la cabeza de la fiera.

Rey le dijo a su padre que el animal era el mismo que la atacó a ella y a sus hermanos en el río.

Esa misma noche se montó un escuadrón que daría muerte al yanapuma.

Todos los hombres del pueblo prepararon lanzas, machetes; algunos cargaron los rifles con municiones. Los jefes apu también se unieron a la caravana que peinaría toda la zona.

Antes de salir, el viejo chamán del pueblo les advirtió que la única forma de matar a un yanapuma era con una lanza o bala que apuntara directo a su corazón.

Fueron más de cincuenta hombres armados los que se internaron en el monte. La luz de sus alcuzas y linternas les abría paso en medio de la oscuridad.

Caminaron durante horas, bordeando el río, soportando picaduras de insectos, exponiéndose a ser mordidos por una víbora; no había señales del animal.

Casi a la medianoche decidieron separarse en grupos de cinco. Pizango e Isidro Chanchari se quedaron junto a otros tres pobladores.

Fue este grupo que encontró a la bestia. Silenciosos, bordeaban un árbol de ojé, cuando lo vieron revolcándose en la hierba de forma juguetona. La fiera no advirtió la presencia de los hombres.

Se hicieron señas entre ellos para cercarlo. Pizango tenía el rifle cargado, así que apuntó a su corazón como dijo el chamán.

Estaba a punto de apretar el gatillo, cuando de pronto los ojos rojos del yanapuma lo avistaron. Fueron segundos de tensión. El apu sintió que el animal lo miraba de forma suplicante. Cerró los ojos para no dejarse cautivar por esa fascinante mirada. Disparó. Se oyó un roñoso maullido.

El olor a pólvora invadió todo el lugar. Los hombres esparcidos por toda la zona, corrieron para ver lo ocurrido.

Grande fue su sorpresa cuando encontraron en el lugar del yanapuma a Nurubé, muerto de un certero disparo en el corazón.

Nadie en toda la zona de Papaplaya, Santa Sofía y lugares colindantes podía dar crédito a lo sucedido. Algunos en el pueblo pensaron que fue una equivocación, que mataron al muchacho por accidente.

La noticia no sorprendió a Reydelinda. Ella sí estaba segura que el yanapuma era Nurubé Huansi, el hombré al que amó y que pagó con su vida su desmedida ambición.

Haydith Vásquez

Yanapuma

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El sol se ocultaba sobre la lacerante tristeza de aquel animal, ya la noche empezaba a rociar su sombra sobre la selva. La fiera observaba entre el matorral: su mirada febril era el reflejo del odio y la impotencia que experimentaba. Empezó a desplazarse con cautela felina, como si meditara, si planeara. Debía volver, el pujante calostro se resistía a quedarse en sus mamas. Su instinto maternal la obligaba a regresar y era inevitable dejarlo a merced de la muerte; sí, esos hombres representaban la muerte.

Aquella bestia regresó a la cueva, intuía que volverían por ella; cogió a sus cachorros y se internó en la selva rumiando su tristeza. Caminó por senderos agrestes, alejándose lo más que podía hasa que el cansancio la alcanzó. Enseguida rodeó a sus crías con su débil cuerpo y se sumió en un gran sopor.

****

Ya habían rodeado la cueva. Hacía varios días que los perseguían subiendo por despeñaderos horripilantes, cruzando caminos increíbles, permaneciendo escondidos entre los arbustos. Una verdadera cacería mitológica, y por fin los tenían cerca. Lanzaron antorchas hacia la oscuridad de la cueva con la intención de obligarlos a salir. Ella estaba a punto de parir y ya no podía continuar huyendo, era necesario quedarse allí. Entonces él decide salir y enfrentarlos; sabe que lo atraparán, pero tiene como misión salvarlos. Deben sobrevivir, él es la única esperanza de que su especie no se extinga, solo quedaban ellos y urgía hacerlo.

Los hombres estaban tirados esperando a sus presas, y cuando vieron que una de ellas se asomaba por la entrada de la cueva, sus ojos se enrojecieron. Revisaron su retrocarga, quitaron el seguro y dispararon. Una bala se incrustró en una extremidad superior; otra, en el lomo. La bestia intentó volver a la madriguera arrastrándose; miraba hacia el boscaje y a través de su mirada suplicaba piedad, mas sus cazadores no la tenían. Se acercaron presurosos y la atraparon, amarrándola con fuertes sogas, ya era imposible escapar.

—¡Lo has muerto, Felipe! —dijo uno.

—¡No hombre, está vivo, pero ya morirá! Mañana regresaremos por el otro. Ganaremos una fortuna con sus pieles —respondió alegremente.

Y los tres hombres se alejaron; pero sucumbieron ante el cansancio y se durmieron. Al día siguiente regresaron a la cueva y al no encontrar lo que con ambición desmesurada buscaban, se alejaron rasgando con una interjección maldiciente el silencio del lugar.

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