Yakuruna
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El diluvio
↑ Volver al índiceCuando todo comenzó, la madrugada se vino bastante clara, radiante, con un sol de redondez perfecta.
El día estuvo caluroso, hasta que atardeció; entonces, un airecillo más bien frío, lento, de a pocos fue sustituyendo la calidez de la atmósfera, convirtiéndose en breve, conforme la penumbra iba recorriendo el largo y ancho del horizonte, en una densa neblina.
El sol, ya oculto, dio pase a un cielo grisáceo, infinito. Seguramente aún no anochecía; pero la oscuridad, entreverada con el cántico de una que otra ave, el zumbido de mosquitos y zancudos, el rumor del viento en el bosque aledaño, y los primeros relámpagos que marcaban la diferencia con sus estallidos y luminosidad, algún presagio testimoniaban.
Desde la espesura boscosa, emergiendo solitarios, o enfilados en grupos de no más de cinco, con pasos apresurados, silenciosos, retornaban los hombres, cazadores todos, a sus rudimentarias casas. Solían volver con gran cargamento: carne de monte, pescado, yuca, plátano... y sus mujeres, que esperaban el retorno con sagrada resignación (cada salida requería de un tiempo que abarcaba desde dos días, semanas, o meses enteros), nunca predecían el día ni la hora precisos; sin embargo, aquella tarde, tanto ellas como ellos sabían que la comunidad estaría completa en habitantes, no por acuerdo común, sino más bien porque era necesario y urgente.
La última vez que el cielo se había oscurecido de esa forma, hubo una gran tempestad. Aquel día, toda la mañana, tarde, e incluso parte de la noche, llovió tanto, que el río que ceñía al poblado inundó un gran número de casas, arrastrándolas con pertenencias y todo a lo profundo de sus fauces enlodadas. Felizmente, debido a las grandes habilidades para nadar de estos lugareños, a pesar de que las aguas irrumpieron de noche trayendo consigo palos, piedras y otros objetos semejantes, ninguno pereció, ni adultos ni infantes; de aquello hacía ya bastante tiempo, y aunque el lugar a donde fueron a vivir luego se ubicaba sobre una colina de regular altura y cerca de un riachuelo al parecer inofensivo, siempre existía el peligro de inundación.
La desgracia rondaba próxima, no cabía duda al respecto. Primero esos pájaros de mal agüero, con sus cánticos, día tras día. La chikwa, el baka-muchachun, el urkututu, el tunchi-poroto, nombres de algunos de estos que interrumpían la tranquilidad y sosiego de cuanta persona las escuchaba. Luego, hacía unos días, la luna estuvo ennegrecida por algunos minutos… Y ese arcoíris, tan nítido. Y las hormigas sitarakuy que invadieron el suelo de las casas y de los caminos…
Llegada la hora precisa, momento en que el círculo de habitantes se hallaba reunido en campo abierto por disposición de quien parecía ser el líder, desde lo alto de un enorme cedro que se dejaba ver a pocos metros de iniciado el tramo de la floresta, descendió presuroso y cansado, con la cara empapada de sudor, miedo e impaciencia, una especie de heraldo, minúsculo él, que emprendió con gran premura un monólogo de voces y ademanes. La concurrencia, público no menos espantado, escuchaba atónita los augurios y presagios inminentes. Cuando hubo terminado, tras una breve reflexión consigo mismo, el líder levantó las manos e instó, con ahínco entusiasta, a que marcharan lo más pronto, llevando únicamente lo indispensable.
En menos de una hora, todos los habitantes del poblado, adelante algunos hombres, en medio las mujeres con sus bebés a espaldas y niños en las manos, atrás el resto, empezaron la retirada. Llevaban lo necesario: los hombres, lanzas para cazar, carne ahumada y otros víveres, como fariña, tapioca, chupe, lechona-api, entre otros, la mayoría elaborado a base de yuca o maíz; las mujeres, en cambio, transportaban cántaros llenos de masato, bebida exquisita y de legendaria tradición, también hecha de yuca.
Las primeras gotas de lluvia cayeron menudas, como un anticipo de lo que se vendría. Pero los relámpagos, truenos y centellas, estos sí fueron continuos, desde el inicio. A cada minuto, o ya sea en el lapso menos previsto, el avance por la reciente trocha que iba distanciándoles gradualmente del río y de las casas construidas con vallas de kashapona, esa palmera prodigiosa que cuando emite un brote este se parece a un pene, y techadas con las hojas de otras palmeras de nombre shebón, irapay, yarina o shapaja…, se iluminaba y el espacio se componía de estruendosos rayos. La hojarasca entonces se dejaba ver nítida, tétrica, cual dosel de inesperado esplendor.
De un momento a otro, la lluvia arreció con todo. Las gotas, esta vez gruesas y pesadas, empezaron a caer con violencia. La muchedumbre, desprovista de impermeables, tan solo con escasos taparrabos elaborados de pieles de sajinos, huanganas, venados o tigres, poco o nada se inmutaba por el frío, ya que toda una vida las personas de esta generación vivieron así, semidesnudas, durmiendo sobre el suelo encima de pieles de sachavacas o cortezas de árboles conocidas como llanchamas.
Caía la lluvia entonces, a raudales, provocando regatos en los caminos, abriendo surcos de barro que dificultaban el tránsito… Más abajo, en tanto, en las restingas que arrebujaba el riachuelo que hacía ya más de dos horas habían dejado atrás, como viejos marjales éstas empezaron a incrementarse con tal quietud, que la arena, limo, palos secos, hojas, renacuajos y algas que de por sí iban apareciendo sin que se notara creciente alguna, fueron amontonándose por entre las piedras de los contornos, lento, lento, enturbiando la transparencia rutinaria que sin duda ya de nada servía tener en cuenta si se consideraba la negrura de la noche.
Por entre los árboles de gran tamaño, lianas que interrumpían el paso, y el inminente peligro de bestias al acecho, artrópodos venenosos y serpientes, el ascenso sinuoso se hacía interminable. Cerca, insectos, batracios, en especial los walos, que eran ranas gigantescas y comestibles, celebraban con regocijo y a voces llenas, desde la clandestinidad, el acontecer para ellos festivo; lo hacían con sus cánticos acompasados, sonoros, sobresalientes entre los otros y bastantes continuos… “Croac, croac, croac…”. Desde luego, la lluvia que caía sobre las hojas de los árboles, el viento que se asomaba provocando chubascos y finalmente el rumor del agua de los pequeños afluentes que a cada segundo iban incrementando su volumen, al unísono, más que todo canto y otros agentes ruidosos, abrumaban el acontecer retumbante con un fragor más o menos uniforme, compacto, muy característico de la selva inexplorada.
Algunas mujeres embarazadas, u otras con niños en época de lactancia, pese a la invocación que tenían de no detenerse ante ninguna vicisitud, se iban acomodando, saliéndose del camino y en pro de resguardar las vidas de sus vástagos, en cavernas que las piedras caprichosamente habían formado superponiéndose unas a otras, o también, las que tenían más suerte, al amparo de las raíces de ciertos árboles llamados renacos, que levantaban en su base unas aletas unidas, gigantescas y cóncavas, debajo de las cuales podían caber más de cinco personas. Pero estas moles, de aspecto siniestro, aparte de cobijar murciélagos hematófagos y boas, guardaban sendos misterios, entre los cuales los aborígenes destacaban al chullachaki, demonio del monte, pequeño y feo, que tenía los pies desiguales y que era como un guardabosque. Del mismo modo, se hablaba de la lamparilla, una especie de alma en pena, luminosa, azul, que recorría el bosque en épocas de luna, quién sabía si portando algún mensaje de muerte o presagiando buenas nuevas. El maligno era otro ser misterioso, representado como una calavera resplandeciente envuelta en un manto negro, heraldo de la muerte y morador de los malos pasos, donde seguramente yacían enterrados cadáveres de personas. La kouday era también un demonio; esta tenía la apariencia de un ave grande, de alas y cuerpo negro, como un buitre, solo que en vez de alimentarse de carroña, solía hacerlo con las carnes de los niños… Y en fin, existían otros seres no menos importantes; sin embargo, los anteriores, con alguna variante en los desenlaces de cada historia que se contaba, decían los más antiguos que eran habitantes natos de los renacos y las lupunas. Estos árboles, por la extrañeza de formas que poseían y por los supuestos seres extraordinarios que vivían en sus fauces, aparte de tener madres, abrigaban un misticismo único, donde los dioses prodigaban abundancia, equidad, y una suerte de distinción para con otras divinidades.
Los renacos, árboles de gran tamaño, frondosos, poseedores de resistentes lianas que cuelgan de sus ramas y en las cuales los lugareños pueden balancearse de un lado a otro, atravesando un riachuelo, por ejemplo, o yendo en pos del gusto que provoca elevarse por los aires… Estos árboles, que del mismo modo, como ya se dijo, eran albergues de seres extraordinarios, en otrora época habrían sido desestimados, impropios para el cobijo; no obstante, el porvenir traía mucho de incierto, a tal punto de que, ya con la madrugada emergiendo nebulosa, una larga fila de mujeres y niños, secundada por un grupo de hombres que no se habían ido con el resto puesto que temían que sus familias acabasen en desgracia, avanzaba impávida, con retraso. En la cima, mientras tanto, el descampado al que iban poblando los primeros hombres en llegar, se fue llenando de casuchas improvisadas, todas levantadas con palos secos, lianas y hojas de palmeras, insumos que abundaban por los alrededores. La lluvia en esta parte caía con menos intensidad, o tal vez, la naturaleza estaba brindando una tregua temporal…
Desde arriba, un terreno llano y empedrado donde abundaban palmeras en gran cantidad, arbustos y una variedad diversa de animales de todo tipo que se paseaban campantes de un espacio a otro, cerca de un abismo cuyo precipicio daba con una parte de la montaña, se podía ver la extensa floresta, incluyendo el riachuelo, el río al que este abastecía, y por supuesto las casas del poblado abandonado, las chacras incipientes de yuca y plátanos, los sapotales, el bosque de renacos que circunscribían a una laguna de regular tamaño, las lupunas, estas sobresalientes por su gran altura y por estar siempre solas, y en fin, la deslumbrante selva, copiosa.
El riachuelo se exhibía turbio, de una coloración rojiza tendiendo a marrón, no muy crecido pero sí con más caudal que de costumbre. Lento, apacible, sucio, avanzaba sin novedad, desde la madrugada. De pronto, tan reposado antes, ahora y de improviso, surgió incontenible, rugiente. Alguien lo vio primero, o varios, y de inmediato se corrió la voz. Todos se aproximaron a ver, incluso quienes aún no llegaban, voltearon la mirada. Y ahí estaba, de descomunal tamaño, arrastrando consigo palizadas, enormes rocas, animales vivos y fallecidos, árboles con raíces y todo… Un desborde cual corrimiento de un cerro sin tregua fue anegando todo vestigio de civilización, extendiéndose por la enmarañada selva muchas veces hasta sepultar la tupida vegetación, enterrándola en un brusco advenimiento, o dejando ver de esta únicamente las copas, que lucían marchitas, pobladas de aves, reptiles, monos y otros animales. “¡Llocllada, llocllada…!”, gritaba en masa la gente, refiriendo el espectáculo que se mostraba ante ellos. Parecía, en efecto, haberse venido abajo una montaña de agua y tierra.
Llegada la tarde de este nuevo día, la entonces asperjada lluvia, volvió a verterse torrencialmente. “Újuuuuu, újuuuuuu…”, empezaron los gritos de alarma, anuncios que significaban buscar refugio, protegerse… Corrían semidesnudos, de un rincón a otro, al amparo de la rapidez de sus pasos. Debían hacerlo, de inmediato, antes que desde el cielo, lugar en donde estaba la yakumama, se precipitaran rayos, por no estar ocultos sino más bien observando la ejecución de los designios ya anunciados de esta divinidad. Los niños en cambio, que no medían la gravedad de las circunstancias, con júbilo avanzaban, bañándose, saltando y sin dejar de repetir con sus respectivas vocecitas graves de alerta, el anuncio indispensable: “Újuuuuuuuu…”.
Yakumama es la “madre de las aguas”. Es una boa gigantesca que vive en las profundidades de los ríos y lagos. Dicen que es quien domina el clima, las lluvias y el caudal de los ríos. Cuando va a llover, sube al cielo, se esparce como una mancha gris y anuncia con rayos, relámpagos y truenos, que caerá en forma de lluvia sobre la tierra, para hacer crecer las plantas que sirven de sostén al hombre. Luego de que ha cumplido su misión, a manera de reposar, se convierte en arcoíris. Finalmente retorna al fondo de las aguas.
La yakumama, como todas las divinidades que habitan en la Amazonía, lo mismo que la pachamama, diosa de la tierra, es una esperanza de subsistencia eterna, innegable por las poblaciones existentes que cohabitan con ella. Probablemente, antes de que empezara el diluvio aún persistente, puede que se haya alterado la interacción hombre-naturaleza-dios, proceso que sin duda ameritaba un cambio. El tiempo hizo lo demás, desde generar las condiciones óptimas, hasta dar con el inicio de un nuevo comienzo. Y el dios de las aguas, enfurecido, rabioso, recurrió a deshacerlo todo, para empezar de nuevo… Así fue que empezó la lluvia.
En el descampado de la cima, la comida todavía no escaseaba. Había la suficiente para varios días, era cierto; pero con la humedad era difícil hacer fuego, así que tomar masato era indispensable.
Arcoíris
↑ Volver al índiceLlegó la noche, amaneció… La lluvia no paraba. En la tarde del segundo día, finalmente, el sol se mostró con una facha exquisita, intenso. Un disco dorado, abrasador, compacto… En el otro extremo del cielo, no obstante, un arco de colores, extrañísimo, iridiscente, empezaba campante a dejarse ver por entre las nubes que se movían de un lado a otro…
El rumoroso río, allí abajo, tronaba con clamor. Abastecido por el otrora entonces riachuelo, además de otros afluentes menores que en realidad eran uno, debido a que todo lucía inundado, se expandía sin parar, por izquierda, derecha, en círculos…
Justo en el preciso instante que el sol osaba perderse en ese horizonte que con brusquedad había cambiado de azul a naranja, mientras se celebraba el cese de la lluvia y se calmaban los ánimos, a gran distancia primero, enseguida cada vez más cerca, una arremetida igual o tal vez más grande que aquella que se había llevado las casas de quienes observaban, se fue superponiendo al caudal del río. Animales muertos, aves heridas que revoloteaban buscando salvarse, árboles, plantas, restos de techumbres de paja, palos secos, hojas de palmeras, más árboles… Y de repente el cadáver de un ser humano, dos, tres… muchos cuerpos sin vida, hinchados, incompletos… ¿Pero de dónde venían? No estaban solos entonces, habían otros como ellos, quizás cientos, miles…
Una gran serpiente se dejó ver por segundos. A juzgar por el cálculo de los expectantes, esta debió tener por lo menos diez metros, de un grosor en el que cabían hasta tres personas juntas. Yakumama era, “madre del río”, empezaron a aunarse los comentarios. Yakumama… Los rumores sonaban a quejidos altisonantes, graves, equivalentes a súplicas de niños. Pero pasó, lento, dejándose tragar por la vorágine y reapareciendo más allá, ya fuera del alcance visual.
Finalmente el sol terminó de ocultarse y la noche reapareció en breve, provista de una gran luna, ovalada y luminosa. No tan oscuro estuvo el cielo, con estrellas en un sector, sin nubes, despejado…; sin embargo, por ahí, en un rincón entre los diminutos y luminosos astros, de un tiempo a otro, sin que nadie pudiera explicar por qué, el sol volvió a estar presente, ya nada caluroso por cierto, pero sí visible.
Hubo algo más: en el extremo inverso a la salida del sol, el arco de colores que apareció en la tarde durante el cese de la lluvia, todavía, si es que era observado con detenimiento y durante un lapso regular, era posible verlo.
Orígenes del chullachaqui
↑ Volver al índiceEn el pasado, los hombres que poblaban la extensa selva, convivían con más de una mujer, a las cuales juntaban en un solo lugar para que se ocuparan de las labores de casa u otros menesteres afines; ellos, en cambio, cazadores y expertos en la pesca, salían al monte y a los ríos en busca del sustento indispensable.
Los poblados, casi siempre, solían extenderse cerca de algún riachuelo de aguas cristalinas, a donde las mujeres iban con sus tinajas a traer agua, y los niños y adolescentes se pasaban horas y horas pescando con las manos… Eran poblados de no muchas familias, compuestos de casas rudimentarias que se sostenían por palos y lianas, los mismos que proyectaban un techo de hojas de palmeras.
Quien gobernaba en estas comunidades, era el hombre más fuerte y audaz de todos; a este, a quien le decían kuraka, era difícil ganarle en la pesca, en la caza, o en batalla. Si alguno osaba enfrentarlo, o le vencía a golpe de fuerza y se consumaba como nuevo líder, o moría y en adelante su familia, incluyendo a su mujer e hijas, pasaría a pertenecer a su victimario. Las mujeres, en este caso y en cualquier otro, cumplían con el acuerdo sin rebelarse. Y así, por ejemplo si un kuraka las elegía siendo jóvenes, o las recomendaba a un varón, ellas aceptaban su destino. Pero había un día, uno solo en todo el año, en que las mujeres tomaban el control y no atendían a sus maridos; ese día, iban a un lugar que únicamente ellas conocían, para liberarse, sentir la libertad e iniciar en la vida cotidiana a sus infantas. Cuando eso ocurría, los varones se quedaban en casa.
Fue en aquella época, en algún poblado de la extensa selva, que un kuraka muy poderoso, tras haber vencido a sus enemigos, se quedó con la mujer más bonita que viera en su vida. Por ella, por su belleza, para que le mirase con buenos ojos, permitió que su madre, una anciana que acababa de perder a todos sus demás hijos, se fuera a vivir con él.
Entre las otras cinco consortes que tenía este gobernante, ya viejas y cansadas, hizo de la reciente, su favorita. Esa actitud no gustó nada a las otras, a tal punto que decidieron hostigarla, en todo, incluso valiéndose de malas artes y de brebajes. Pronto, también el kuraka empezó a incomodarse debido a que su nueva mujer no le daba un varón.
Eternamente bella, la nueva mujer se consolaba en el regazo de su madre, maldiciendo su mala suerte y descontenta de sus dotes. Pero su progenitora conocía las hierbas y plantas del bosque, todo sabía, entonces fue a buscar cortezas, resinas, hojas, raíces…, y preparó una pócima. “Ve ahora”, le dijo, y ella fue en la noche, con su marido.
Al cabo de un tiempo, en efecto, le creció la barriga. El kuraka andaba muy contento, orgulloso, decía: “Será el varón más poderoso de esta tierra”; pero la bella mujer empezó a entristecerse, caminaba cabizbaja, muda, sin atreverse a decir nada a nadie, salvo a la anciana que le dio la vida, a quien un día finalmente le confesó que el niño de su barriga le hacía soñar con el monte, y que el monte tenía madre en forma de un varón que le hablaba, ¡cosas le decía!, y también reía como loco. “Tu hijo no es de gente, tu hijo no es de gente…”, así decía que le hostigaba la madre del monte.
Con sueños repetidos, la tristeza en los ojos de quien daría a luz un nuevo ser, y las celebraciones constantes del supuesto padre, el día del nacimiento llegó. El kuraka esperaba un hijo sano y sin defectos, al cual haría su heredero; en cambio, de nacer una hija, la ley le permitía a la madre desaparecer la criatura, en el río. Pero seguramente las probabilidades de que naciera una mujer eran pocas, dado a que las plantas no mentían, y si los vegetales decían varón, así sería.
Y no nació una mujer, aunque sí un varón robusto con un único defecto: tener el pie izquierdo encogido y chueco. La madre, que fue a parir en el río acompañada por quien le diera la vida, se asustó y se puso aún más triste por el destino de su hijo, al que ya imaginaba muerto y devorado por los peces. “Chullachaki, chullachaki”, le decía su anciana madre, refiriéndose a la desigualdad de los pies del recién nacido, que miraba atento el espacio, quizás intuyendo su porvenir. En tanto, las dos mujeres decidieron llevarlo a un lugar seguro, en donde permanecería un tiempo. Y así fue que el chullachaki acabó viviendo en una hendidura formada en el cimiento de un colosal renaco.
Cuando regresaron las mujeres, el kuraka se negó a creerles. “¿Dónde está mi varón?”, indagó. Ellas respondieron: “Mujer ha sido y muerta ya está bajo el río”. Al oír esta contestación, el kuraka entró en cólera, y valiéndose de su fuerza, incontrolable, ajeno a toda súplica, dio muerte a la mujer que no pudo darle el heredero tan ansiado.
La anciana, por su parte, horrorizada al ver la sangre derramada de su hija, se perdió en el bosque y fue en busca del último vástago de su estirpe. Y encontró tranquilo al pequeño chullachaki, sumido en un sueño profundo y alentador. “Vivirás”, le habló, e inició un discurso dirigido al árbol, a los ríos, a la selva, ¡a todos los espíritus del monte y de las aguas! E imploraba protección, acogimiento, sabiduría… Aquí fue que este insólito ser extendió las manos en son de plegaria, antes de emitir, contradiciendo toda lógica, su primer silbido. La anciana ni se inmutó al verlo, sólo respiró aliviada, satisfecha de sus pedidos.
Pasaron los días, los meses, los años, y el chullachaki fue creciendo bajo los cuidados de su abuela protectora y de la selva misma. Un día descubrió que los humanos estaban cerca, que él era uno de ellos pero diferente, desigual. Mucho le dolió esta comprobación, a tal punto que quiso saber de dónde venía, y para qué. La anciana entonces le relató su conmovedora historia, sin obviar detalles. El chullachaki escuchaba, reía porque esa era su forma de ser, pero sus lágrimas se fueron vertiendo con tanto desconsuelo, que tan pronto le dejaron solo, partió hacia la inmensidad de la selva, sin rumbo preciso. Se fue, y tras larga marcha, se refugió en un bosque de renacos y ahí hizo su casa; de la anciana no supo más.
Y el tiempo siguió transcurriendo.
Un día, un cazador descubrió la morada del chullachaki. Ya por esas épocas había el comentario sobre un hombre que caminaba cojeando por el bosque. Decían que nadie podía verlo, que era pequeño, deforme, con un pie desigual, o de venado, o con pezuña…, en fin, la gente no sabía de su apariencia precisa, y el cazador que acababa de descubrir su rastro, ni siquiera se interesó en averiguar su aspecto, en absoluto; por el contrario, si había llegado a su casa, y sí realmente estaba en ella, se iba a burlar de ese ser tan misterioso. E inmediatamente, en el centro, en donde se amontonaba la hojarasca que componía su lecho, se aventuró a defecar.
Cómo le parecía graciosa su idea, pensaba el cazador, mientras iba riéndose a sus anchas por un camino que de pronto le resultó extraño. Ya cuando se detuvo, recapituló: los mismos árboles, el riachuelo de siempre, sus señales en orden…, sin embargo, no sabía a dónde había ido a parar ni qué lugar sería ese. En los siguientes segundos la desesperación le obligó a correr, de prisa, por donde fuera, antes de que una carcajada enloquecedora le anticipase la presencia de un monstruo malvado y deforme, que de hecho vendría a matarlo si le encontraba quieto. Y siguió corriendo, asustado de su propia voz y de su suerte; de su voz, porque creía escucharla en todas partes, le decía “para ya, no corras ya”, y era igualita, como si fuera él en persona.
Desde luego que el chullachaki, oculto tras los árboles, reía e imitaba la voz del cazador; lo hacía bien, porque siempre que los humanos se acercaban, los observaba y seguía con detenimiento.
Al cazador lo encontraron algunos días después, loco, “chullachaki, chullachaki…”, murmuraba. Los hombres que fueron a rescatarlo cuentan que así se quedó un largo periodo y que después no vivió más tiempo.
Desde esa vez, hasta hoy, nadie se burla del chullachaki. “Su hijo de la tierra es”, dice un anciano, “y debe de serlo, porque desde que conozco esta historia, hace ya mucho, muchísimo tiempo”.
La katawa es un árbol espinoso que abunda en los lugares húmedos. Puede ser negra o amarilla, eso ya lo sabes; pero hay otro árbol parecido que crece en las orillas de los riachuelos y ríos, con espinas también, solo que con el tallo de color rojo, igual que la sangre. Aunque es muy grande y de no muy buen aspecto, este árbol produce unas florecillas blancas de olor muy agradable. Estas flores, sin embargo, cuando caen al agua, la envenenan en una extensión considerable, haciendo de esta forma que los animales que van a calmar su sed, terminen siendo el alimento de la yakumama.
Yo, una vez, tomé de esa agua envenenada. Siéntate, te contaré…
El árbol rojo
↑ Volver al índiceUn hombre que caminaba solitario por la orilla de un riachuelo, una tarde se detuvo atraído por el olor de una fragancia enternecedora y complaciente.
Como estaba deshecho y desde hacía días andaba sin orientación, se dejó arrastrar por ese aroma y encaminó sus pies hasta el lugar preciso: un árbol espinoso y florido, enorme, situado en un sector en donde el agua se mostraba oscura y profunda.
Miró la copa, se deshizo de sus prendas andrajosas, o trató de liberarse de todo el pasado malo que no le daba paz, y, entusiasmado por el olor, se precipitó con inusitado goce, sobre aquella superficie salpicada de flores. El agua, fría, liviana, se introdujo por su boca, en abundancia y con dulzura al inicio; enseguida, en vez de hacer que sus órganos tomaran la forma correspondiente, empezando por su rostro, extremidades, pecho…, su cuerpo empezaba a endurecerse con cada latido de su corazón.
Cuando llegó al fondo, rígido como se encontraba, una enorme plataforma de colores del arcoíris, le acogió con apacible calma, turbando su mente y haciéndole pensar que, de ser verdad aquello, entonces su cuerpo se había reducido. Era todo muy hermoso, más de lo que podía imaginar, por eso se batió con la pesadez, y al fin, tras un largo esfuerzo, mientras se sentía transportado en una alfombra flotante, se agarró de una proyección de luz, y de otra…, hasta que logró llegar al exterior.
Lo que sucedió después, no pudo comprenderlo con claridad, menos en el estado en que se hallaba. Sencillamente, ni existía alfombra alguna, ni luces de colores, ni nada luminoso. Tan solo algunos animales flotaban inconscientes en el agua, adormecidos por haberla tomado.
Y sucedió que una gran boa, “yakumama era, la vi”, emergió suavemente del agua y de a pocos, abriendo su bocaza, fue deslizándose por entre el sustento que le esperaba. En donde debía, engulló todo de un bocado, y de inmediato desapareció.
El hombre adormecido que observaba desde la arena, lo vio todo borroso e intuyó que esos animales que comiera la yakumama, le habían salvado de ser él, el alimento. Lo supo mejor muchas horas después, ya sin el efecto de las flores venenosas, en el mismo lugar. Curiosamente, conforme las imágenes se iban esclareciendo en su cabeza, descubrió que el árbol rojo, antes superpoblado de flores, ahora se mostraba sin ninguna de ellas, marchitado. No lo sabía aún, pero ya no vería a la inmensa boa, no hasta que decidiera salir a comer otra vez, y sus salidas no eran continuas, a veces pasaban incluso años; desde luego, para la próxima, el árbol nuevamente produciría más flores, únicamente para que la boa se alimentase. Todos estos misterios, y otros, lo descubriría a la postre, explorando, paciente en sus observaciones.
Yara
↑ Volver al índiceY, abuelo…?”
“Yo me detuve antes de saltar, porque desconfiaba de ese gran pozo; además este es un gran río, profundo, lleno de muyunas…”
Un anciano y un niño viajaban en una balsa, río abajo, con dirección a un poblado en donde abundaba una palmera que producía racimos de frutos comestibles, cuyo nombre era shapaja. Iban ambos por el caudaloso río, atentos a los remolinos que podrían interrumpir el avance, los cuales sin duda eran capaces de hacer parar la rudimentaria embarcación y hacerla dar vueltas y vueltas. Debido a estas dificultades, por lo difícil que era enfrentarse a las aguas de un río navegable, el anciano, cada vez que veía una corriente próxima, o no necesariamente dado a que a veces eran aguas de lo más tranquilas, “cuidado con la muyuna, ¡rema!, ¡rema!”, levantaba la voz.
La balsa estaba construida de una madera livianísima de nombre topa. Era pequeña, con la proa puntiaguda y la popa recortada. También era cómoda y veloz; al ritmo en el que iban llegarían en menos de lo previsto.
“El lugar del que te hablo, está en este mismo río, a muchas horas de camino en dirección contraria, por entre unas enormes rocas. En esa parte, el río es bien angosto, feo es.
”Admito que tuve mucho miedo de lanzarme al agua, más por saber que viviría de todos modos, tal vez atrapado para siempre.
”La muerte no me asusta, por el contrario, me hace sentir lleno de esperanza. Ya hubiera querido morir engullido por la yakumama, o en las profundidades de una laguna encantada, o de cualquier forma que valga la pena; mas no me ha tocado aún, no, porque todo lo que pasa sobre esta tierra, tiene un propósito”.
“¿Y?”, preguntó el niño. A los costados se veían extensas playas, algunos cocoteros, el bosque y las montañas, y una que otra casucha o tambo, igual que todas las que hay por esos lugares: de pared a base de palos y techada con hojas de palmeras.
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