Sueños de floripondio
Mardell Tello Pérez
Han pasado miles y miles de años desde que se creó y apareció el ser pensante de la Tierra y setenta y cuatro años desde que nací. He visto hombres y mujeres desaparecer a lo largo del camino de la vida, seres que dedicaron su existencia a buscar la felicidad, o trataron de subsistir en esta azarosa vida. Algunos, orondos, satisfechos, erguidos, tiesos y altaneros, veían cada día, mes o año que pasaba, pintarse en sus rostros los surcos ajados por el tiempo, que es un compañero que no nos perdona.
Otros, con decepciones y maldiciendo su mala suerte, se encogieron y redujeron de tamaño por falta de calcio, vitaminas o por enfermedad, despintándose sus rostros con el llanto y la desesperación al no comprender el porqué de sus desgracias a pesar de ser nobles, honrados y dadivosos, renegando a cada instante por no tener fuerzas para formar a sus hijos y nietos en la moral y en la virtud… Pero, iban cayendo, llevados a la tumba y cobijados eternamente por la tierra del campo santo.
Allí se levanta una bóveda con una cruz donde está el nombre de aquel infeliz ser humano.
Hernandillo
↑ Volver al índiceAllá por los años de 1…, habían llegado a la ciudad de Lamas tres hermanos ecuatorianos, Elcías, Abías y Hernando Pinedo, hombres de baja estatura, metro y medio, calvos y gorditos; de ojos saltones y vivaces, cascarrabias y peleones. Según la gente, se decía que eran espías mandados por el gobierno ecuatoriano.
Buscaron un lugar fuera de la ciudad e iban a su tierra uno por uno. Cuando había fiesta en los barrios, aparecían muy pindayos. Al verlos entrar, la gente decía:
—¡Ahí están los ecuachos!—; ellos oían lo que decían pero no hacían caso.
Así pasó el tiempo hasta que se hicieron de una posición económica regular, a fuerza de su esforzado trabajo. Por último se casaron y se quedaron definitivamente en Lamas.
Todos estos hermanos eran letrados, por lo que a Hernando, quien tenía un carácter resabiado, impositivo y no se casaba con nadie, como se suele decir, lo nombraron alcaide de la cárcel del pueblo.
Abías llegó a ser profesor de Educación Primaria, muy respetado por su trato con sus semejantes.
Elcías era técnico en enfermería, pero se dedicaba a sus quehaceres agrícolas.
Así pasó el tiempo, empezaron a llegar sus familiares y se multiplicaron cruzándose entre ellos. De aquí salió otra descendencia.
Hernando Pinedo se casó con una buena moza de nombre Circuncisión Hidalgo, mujer respetada, amable, educada y maestra sin nivel magisterial. Llegaron a tener siete hijos, seis de ellos profesionales; pero el último salió mal, con el síndrome de Dawn. Este llevaba el nombre del progenitor, pero la gente le trataba de Hernandillo.
No era retardado, razonaba muy bien: sus padres le dejaban que hiciese lo que quisiera. A los veinte años empezó a fumar cigarrillos, siendo sus preferidos los de la marca Aviación; tanta fue su adicción al cigarrillo que lo fumaba hasta el filtro.
Cuando le preguntaban:
—¿Cuántos cigarrillos has fumado?
—¡Cinco!, ¡hasta Aviación! —decía. No sabíamos por qué decía así, hasta que un día cogimos la colilla de lo que había fumado, ¡ahí estaba la marca del cigarrillo Aviación!
Volvía de las tahuampas recontra zampado e iba a parar en el cementerio, no tenía miedo alguno. Una de esas noches de fiesta una chica le sacó a bailar y este bendito, de tanta alegría, se emborrachó hasta el cien; a las dos de la madrugada regresó a su casa y por ahí le encontraron algunos que venían de otras fiestas; como todos le conocían, gastábanle muchas bromas; en esta ocasión, uno de ellos fue a esperarle en la esquina de la calle empezando a remedar el silbido del tunchi, fin, fin fin fin fin, pero este en vez de tener miedo, sonriendo le contestó:
—¡Qué quiere tunchi!, ¿quiere huevo?
Lo que más nos admiraba de él era que a pesar de su deficiencia física, tenía una lucidez sorprendente, para todo tenía respuesta, con una sonrisa que nos contagiaba.
En los velorios era él quien amenizaba las reuniones con sus ocurrencias. Le gustaba el fútbol; cuando alguien hacía una mala jugada o perdía un gol frente al arco, zapateaba gritando:
—¡No así, burro!
Una vez hubo un certamen de fulbito de barrios; se presentaron cinco equipos. El equipo de su barrio se presentó solo con cinco jugadores; ya pasaba la hora de empezar y no completaban sus jugadores. El público decía:
—¡Que juegue Hernandillo, que juegue Hernandillo! —y se reían a mandíbula llena.
El capitán del equipo se acercó y le dijo:
—¡Juega, Hernandito, toma tu uniforme!
Hernandillo le miró largamente sin decirle una palabra; de pronto se acercaron los hinchas y uno de ellos le dijo:
—¡Si metes un gol te ganas veinte soles!
—Yo te doy diez más —le dijo otro y otro.
Hernandillo, después de pensarlo les pidió la plata primero. Le dieron el monto reunido diciéndole que si no metía gol les devuelva el dinero. Hernandillo se sonrió diciendo:
—¡Yo meto gol!
Ellos sabían que no metería ni en arco abierto. Hernandillo se daba cuenta de que se estaban burlando de él y sonreía.
Empezó el partido, corría por uno y por otro lado, sus compañeros no le pasaban la pelota; en un momento impensado le llegó la bola, y empezó a llevarla diciendo:
—Toma, toma…—; pero no hacía el pase. La gente gritaba, algunos se quedaron pasmados, pues Hernandillo llevaba la bola hacia su arco, y el arquero, creyendo que iba a entregarle, le dijo:
—¡Dámela, Hernandito! —Y él, riendo, pateó la pelota hacia un costado, metiéndole un gol. Imagínense ustedes lo demás.
Los espectadores entraron en la cancha a levantar en hombros a Hernandillo, mientras los que pagaron, amargos empezaron a insultarle diciéndole:
—¡Burro, imbécil, nosotros te hemos pagado para que metas gol al otro equipo!
—¡No ha sido así, un pedido meter gol y yo cumplido! —les respondió. Nunca más volvieron a burlarse de él.
Pasó el tiempo y en las fiestas de carnavales, a la edad de veinticinco años, empezó a salir disfrazado en las comparsas de barrios, las que andaban bailando por todas las calles de la ciudad. En esas comparsas Hernandillo actuaba de chivo; era el más alegre y llamativo, nadie sabía quién era, pues llegaba ya con su disfraz puesto.
En uno de esos recorridos en el barrio de Ancohallo, la comparsa se detuvo a bailar en la plazuela y Hernandillo fue a pedir agua a uno de los vecinos y este le dijo que se fuera a la cocina; entonces fue para tomar el agua, pero no se dio cuenta de que en un rincón había gente, por lo que se quitó la careta hacia atrás.
—Hernandillo, tú ya vuelta eres —le dijo alguien. Él, volviéndose le respondió al instante:
—¡No diga nombre, diga chivo!
De ahí supieron quién era el chivo más chivo de los disfrazados.
Esta frase se hizo tan popular con el tiempo, a tal punto que ahora, en los afiches de las fiestas tradicionales de carnaval de la ciudad de Lamas, se impone como un patrimonio del pueblo, ¡NO DIGA NOMBRE, DIGA CHIVO!
El sicachero
↑ Volver al índiceEn la ciudad de Lamas, como en muchos lugares de la selva, no deja de haber cuentos, chistes y leyendas, como también simplones y pendejos.
También gente humilde y trabajadora, ayudándose unos a otros, comerciantes y ganaderos que hicieron su fortuna a base de esfuerzo y sacrificio.
Empleando su inteligencia y habilidad, estas personas llegaron a dominar el territorio, convirtiéndose algunos en pequeños gamonales.
Como siempre, en todas partes del mundo, no hay ni habrá nunca igualdad social; aunque el planeta se llene de sangre, siempre existirá el “simplemente animal”, el “animal de carne”, el “hermano mayor” y el “sacerdote que jode”. En una frase: “la dominación del hombre por el hombre”.
Sucedió que en esta localidad había un hacendado y comerciante a la vez. Como todos los de su condición, tenía un fundo fuera de la ciudad.
Este hombre era recto, sincero y justo con los que se lo merecían.
Los que querían ganar su jornal sin trabajar, o mejor dicho, los haraganes y mauleros, le aborrecían; otros estaban contentos porque siempre había algún regalito para quienes cumplían sus responsabilidades.
En este fundo trabajaba un peón de nombre Zerapio. Era un hombre alto, enjuto, de nariz pronunciada; su rostro estaba surcado de arrugas que parecía un mapa trazado por la mano de un pintor borracho.
Zerapio era la mano derecha del patrón, su hombre de confianza.
Un día el patrón le dijo:
—Oy’ Zerapio, quiero franquearme contigo: soy masón.
Zerapio dio un salto atrás, asustado.
—¡Qué me quieres decir con eso, patrón!, ¿me ves con cara de maricón? —le respondió.
El patrón se desternilló de risa, se revolcó en el suelo hasta llorar de tanto reír. Cuando se calmó, miró a Zerapio.
—Ah, muchacho, no me has entendido, quiero decirte que soy masón, o sea, pertenezco a una asociación o logia llamada Masonería —y siguió hablando el patrón—. Como ya me queda poco tiempo para morir, quiero encargarte un favor: mira, todos en mi familia son gordos y diabéticos, solo yo no tengo, ¿por qué razón?, porque desde pequeño me ha gustado comer sicacho; es una gran cosa para adelgazar y para los diabéticos. Cuando se come una buena porción, nos da mucha sed y hay que tomar bastante agua con la cual se llena nuestro estómago y no se come mucho. Cuando me muera, haz tu chancaca y saca tu sicacho y véndelo a todos, en especial a los gordos; con ese producto te harás rico. Te dejo el trapiche con dos toros, cinco hectáreas de monte virgen y siete hectáreas de cañal; aquí tienes los documentos—. Y los puso en las manos de Zerapio.
A los dos meses murió el patrón: hasta ahora lo recuerdan los viejos.
En cuanto a Zerapio, cumplió su cometido: empezó a repartir su sicacho tres veces a la semana.
Al cabo del tiempo, Zerapio se volvió rico, la gente ya no le llamaba por su nombre sino cariñosamente le decían:
—¡Hola, sicachero!...
De repente Zerapio se enfermó, le llevaron al médico y este le detectó diabetes avanzada.
¿Qué había pasado? Zerapio, por vender el sicacho, se había olvidado de consumir su producto. Le gustó la platita, se había vuelto kullkiwikza, o sea un avaro.
Murió Zerapio.
Un caballo llamado Viento
↑ Volver al índiceAntiguamente el pueblo de Lamas se abastecía de agua en los puquiales o manantiales. Dentro de la ciudad muchos tenían sus pozos; todo el contorno del pueblo estaba rodeado de manantiales o vertientes de agua, tales como: Zacima, Renaca, Zapatero, Racapuquio, Metalillo, Cobrayacu, Majillo, Sachachorro, Shimbillo, Bufeo y Rifari.
Uno de estos lugares era el más concurrido por las mujeres del pueblo. Estaba enclavado en un barranco, en él había varios pozos, algunos de los cuales tenían dueño, con sus puertas y candados; a este lugar se llegaba por tres caminos. El barranco tenía como cien metros de largo, era un sitio muy bonito y los árboles de shimbillo, ucshaquiro, cetico, tangarana y huarmihuarmi, crecían a ambos lados del borde del barranco, dando una sombra acogedora. Era un lugar silencioso.
Ahí se bañaban las mujeres después de lavar la ropa al mediodía; a esa hora nadie las molestaba; por esta razón le bautizaron con el pomposo nombre de Racapuquio, que significa, “manantial donde las mujeres se asean sus partes íntimas”.
Los hombres, en cambio, se bañaban a las cinco de la tarde: ellos tenían sus costumbres, pues decían que solo los caballos se bañan al mediodía.
Las mujeres se sentían seguras, se despojaban de sus ropas completamente; pero no faltaba un hijo de María Morales que todos los días, a eso de las doce, se apostaba en un lugar determinado para aguaitarlas; este sobrino de María Palma, viuda de Pajares, era conocido con el alias de “Equilio el escuchista”, quien tenía una linda mujer pero que por dedicarse al vicio solitario, la descuidó y un cura le echó huato.
Racapuquio estaba enclavado en terrenos del dueño del caballo Viento; este señor tenía en su pasto tres vaquillonas, algunos cerdos, muchas gallinas y un caballo. Este caballo era cría de una yegua llamada Rosita, muy buena, velocísima, y la cría le salió igual, por lo que el dueño le puso de nombre Viento.
Viento era un potro de buena alzada, de color negro azabache, chúcaro; para doblegarle le ponían a moler caña de azúcar, pero él en un santiamén terminaba dos pailadas para hacer chancaca. Al terminar se paraba y por más palos que le dieran para seguir moliendo, no aceptaba; coceaba, relinchaba, sus ojos se inyectaban de sangre y se paraba de dos patas manoteando en el aire, por lo que el dueño tenía que soltarle; al ser liberado salía disparado en busca de su yegua.
Un día aceptamos la invitación que tantas veces nos había hecho el dueño para ir a tomar ventisho o caldo de caña; fuimos cuatro amigos suyos. Cuando llegamos, nos recibió muy amablemente y ordenó a su hijo José que trajera el caballo del pasto; el muchacho se fue y regresó en un buen rato y dijo a su padre:
—Papá, no está, se largó; ya he buscado por todo lado y creo que saltó la cerca.
—Tráeme la soga, ahí está en la cocina.
Y el muchacho se fue a buscar en todos los rincones de la casa y regresó sin nada.
—¡No hay la soga, papá, Viento se lo llevó.
—¡Carajo, muchacho imbécil! —le dijo el viejo— ¿Cómo le va llevar el viento a una soga?
—¿Pues no me crees papá? Es cierto, Viento se lo llevó.
—¿Te burlas de mí? —Y cuando le iba a agredir, dijimos:
—No importa, nosotros podremos darle una vuelta al trapiche, total que solo íbamos a tomar un coquillito.
—¡Listo! —nos respondió, y molimos la caña para una tazonada.
Así pasamos el día muy contentos; a las 6 de la tarde nos regresamos a casa con nuestra bolsa llena de ushún (ciruela), mandarinas y caimitos.
A las dos semanas nos enteramos que su hijo José Pantaleón había muerto. Nos fuimos a darle el pésame y preguntarle qué había sucedido. Esto fue lo que nos respondió:
—Después de que ustedes se habían quitado de mi casa, le di una paliza a mi Pantaleón porque se había burlado de mí dejándome mal delante de ustedes. Al cuarto día no se levantó de la cama; cuando le llamaba, me respondía que se sentía muy mal; le di remedios caseros y nada, hasta que faltando un día para que se muera me dijo que le perdone. “¡Mañana voy a buscar la soga que se llevó Viento!”, me habló. Fui a ver al doctor, quien ordenó su internamiento en el hospital; mas ya era tarde: le diagnosticaron hemorragia interna múltiple producida por la paliza que le di.
Nosotros nos quedamos estupefactos.
—Pero él no te ha ofendido en ningún momento —le dijimos—, solo recordamos que dijo que la soga se lo llevó Viento...
—Eso es lo que me está remordiendo la conciencia: el día que ustedes me visitaron, había amarrado a mi caballo no en su estaca de costumbre, sino en una estaca de afuera del alambrado. ¡Por diosito les juro que no pasó por mi mente el hecho de que mi caballo se llama Viento!; ahora me doy cuenta en la realidad lo que él, mi pobre Pantaleón, me quiso decir: ¡que mi caballo Viento se escapó con la soga! Pantaleón... Pantaleón... hijito mío —y empezó a llorar amargamente.
A los 15 días hicieron la misa del muchacho, quien había muerto a los 12 años de edad. Durante ese tiempo, el viejo dejó de trabajar; a las 6 de la mañana se levantaba y miraba a su caballo amarrado en la estaca y le decía:
—¡Tú has tenido la culpa de la muerte de mi Pantaleón! —Así pasaba las horas murmurando, pensativo y cabizbajo.
El día de la misa empezó a beber durante tres días, al término de los cuales se fue a ver a su caballo Viento, que seguía amarrado en la estaca; al verle, el caballo peló sus dientes queriéndole morder, a lo que él le increpó:
—¡Y te ríes, desgraciado! —Y cogiendo un palo le dio un garrotazo; Viento se encabritó y con todas sus fuerzas le zampó una patada a su paleador, alcanzándole en el bajo vientre, reventándole los testículos y matándole instantáneamente. El caballo, al ver tieso a su dueño, se acercó y después de olerle, peló sus dientes como si se sonriera. Enseguida, poniéndose de dos patas, relinchó agudo como si dijera:
—¡Estás vengado, Pantaleón!
Las coplas del pueblo decían:
¿Quién se llevó la soga?
¡El viento se lo llevó!
¿Quién castigó al viejo?
¡Un caballo llamado Viento!
Tormenta en las almas
↑ Volver al índiceA la eterna memoria de Rodil y Miguel
El 14 de febrero de 1955 salimos muy temprano de la casa de nuestro padre Miguel Antonio Tello Tuesta, mis hermanos Rodil, Miguel, Erma, Guilardes, Romel y yo, rumbo a San Roque de Cumbaza.
Papá Miguel era carpintero y mis hermanos ebanistas. El viaje obedecía al propósito de cumplir un contrato para el entablado de la municipalidad de dicho pueblo.
En ese entonces yo tenía 16 años, Rodil 24, Miguel 20, Erma 18, Guilardes 12 y Romel 10.
Me llevaba muy bien con mis hermanos, pero no quise seguirles porque tenía una hermana en Tarapoto y quería ir a verla, la extrañaba mucho: ella se había escapado con un chofer.
—¡Vamos, Quemo Sabay! —me decía mi hermano Rodil cariñosamente, porque me gustaba leer la revista del Llanero solitario—, acompáñanos hasta Chirapa, de ahí hay camino a Tarapoto por Aucaloma, ¿ya, hermanito? Llévate este cepillo de fierro—. Y me dio la carga; a tanta insistencia, decidí seguirles hasta Chirapa.
Íbamos alegres, conversando sobre una y otra cosa; adelante iba papá Miguel Antonio; detrás, mi hermana Erma a quien la llevaban como cocinera; detrás de ella mi hermano Miguel, el gringo, como le solían decir sus amigos, pues era recontra blanco y de cabellos dorados, cuyas guedejas le caían por la frente; después de él estaban Guilardes, Romel y Rodil; el último era yo.
Llegamos a Chirapa a las 10 de la mañana; este era un caserío en desarrollo, y la mayoría de los que ahí tenían sus chacras con cafetales eran naturales de la ciudad de Lamas. Aquí en este lugar eran muy sonados los Reátegui Solsol por el mejor café que cosechaban.
Los terrenos en esta zona estaban cercados por innumerables troncos de naranjos y mandarinas, cuyos frutos eran dulces como si les hubiesen echado azúcar.
Ahí, bajo las sombras de unos naranjos, nos pusimos a descansar un buen rato; mi hermano Rodil cogió algunas naranjas y me entregó una. No quise recibir; luego, pelándola, me ofreció de nuevo. ¡Tampoco le recibí! Ante el desaire, mirándome me dijo:
—Qué tienes, Quemo Sabay, ¿por qué no me quieres recibir?
No le contesté. Vino Miguel y pelando dos naranjas también me ofreció; mas no las recibí tampoco. Yo mismo cogí mis naranjas y me las comí.
Se acercó mi padre y me preguntó qué era lo que pasaba. Rodil se apresuró a contestar:
—Me parece que el llanero solitario está molesto porque cree que le hemos engañado que por aquí se puede salir a Tarapoto.
Mi papá me abrazó.
—No, hijito —me dijo—, es cierto: este camino es ancho y va hacia Aucaloma y Pacchilla, de ahí sigue hasta Morales y ya estás en Tarapoto; si quieres puedes ir, pero ¿quién va a llevar la garlopa? ¡Todos tenemos demasiada carga! Aquí donde don Alberto deja pues tu carga, mandaremos a recoger más tarde… —Así diciendo emprendimos el camino.
No sé qué era lo que me pasaba: cuando mis hermanos me ofrecieron las naranjas, no les veía la cara; veía como una forma borrosa, en especial a Rodil, quizás porque era él quien más me quería y llevaba a todas partes a donde él iba. Esto ocurría solo cuando ellos me ofrecían algo, después nada parecía alterarse.
Iba a dejar la herramienta donde el señor Alberto cuando oí que me decían:
—¡Hermanito, no nos dejes, ven con nosotros! —Pero ellos ya estaban lejos. Inconscientemente tomé mi carga y me fui tras ellos. A 20 minutos, en una bifurcación del camino, me estaban esperando para no equivocarme en la ruta.
—¡Buena, Quemo Sabay! —me dijo Rodil mientras me abrazaba Miguel; luego agregó: —No te preocupes, hermanito, cuando volvamos terminando el trabajo, te irás a estar con la ñaña hasta el tiempo que quieras.
Tras escucharlo con alegría, seguimos el camino en animada conversación.
Llegamos a San Roque a las 11:30 de la mañana; ahí nos recibió el alcalde y profesor, Josías Rengifo, e inmediatamente nos mostró el local que debíamos entablar.
El primer piso era un chiquero lleno de pulgas, por lo que después de almorzar teníamos que limpiarlo.
Mi hermana preparó la comida en una ramada contigua y a eso de la una de la tarde, almorzamos. Nada hacía presagiar lo que iba a ocurrir más tarde.
—¡Muchachos, vayan a coger hojas para barrer esta casa! —nos ordenó mi papá, a quien obedecimos al instante.
En los alrededores de la plaza había árboles más o menos de cinco metros desde el suelo a la primera rama. Cuando estuve cogiendo las ramas de anonas del segundo árbol, pasaron mis dos hermanos Rodil y Miguel rumbo al río Cumbaza, haciéndome bromas.
—¡Cuidado te caigas, Quemo Sabay! —dijeron, y riendo bajaron hacia el río.
No pasaron ni cinco minutos cuando escuché que alguien gritaba “¡auxilio!, ¡socorro!”. Paré las orejas como se suele decir y nuevamente escuché el grito de angustia.
—Guilardes, Romel, ¿oyen? —No me contestaron. Al tercer grito, dije desesperado:— ¡Son mis hermanos!
Boté el machete y sin pensarlo, desde esa altura en donde estaba, me arrojé al suelo. Caí dando tumbos y cuando corría al río que distaba treinta metros, vi que una señora con su batea de lavar gritaba en medio de una corriente poca profunda.
—Se están ahogando dos jóvenes —y señalaba hacia una parte donde había una poza grande con una playa al frente; justo cuando miré hacia allá, vi con desesperación unas manos que desaparecían en el fondo.
Cómo usar el lector
Tus preferencias y avances de esta muestra se guardan automáticamente en este dispositivo.
- Fondo: elige claro, sepia u oscuro.
- Letra: aumenta o reduce el tamaño del texto.
- Dos dedos: separa o junta los dedos sobre el texto para cambiar su tamaño.
- Buscar: encuentra una palabra o frase en la muestra.
- Resaltar: selecciona un fragmento y pulsa este botón.
- Nota: selecciona un fragmento, pulsa el botón y escribe tu nota.
- Progreso: muestra cuánto has avanzado en la lectura previa.
Continúa la lectura adquiriendo el libro completo.
Carrito 0