Selva trágica
Arturo D. Hernández
1
↑ Volver al índiceEl rostro apacible y bondadoso de Mariana, velado por cierto matiz de tristeza invencible, se contrajo en ángulos sombríos al decidirse a confiarme el intenso drama de su vida. Parecía tener delante un paisaje extraviado y horroroso, y sus ojos amarillentos y opacos, característica de quienes han llorado mucho, se entreabrieron con fulgor extraño al empezar su larga historia.
Al amanecer del 24 de agosto de 1927, estaba ella muy lejos de imaginar que en la tarde de ese mismo día, el curso de su vida iba a dar un brusco viraje. De un sueño delicioso, como puede calificarse la realidad cuando la idealiza el amor, entró de golpe en un mundo de pesadillas en que se alternaban lo pavoroso, lo grotesco y lo absurdo.
Aquella mañana el sol doraba el interior de la selva lanzando flechazos de luz entre sombras acogedoras. El follaje resplandecía y, a lo lejos, escuchábase el vuelo de la perdiz, el surco de la paloma y el silbido del paujil. Alfredo, el marido de Mariana, entusiasmado con las perspectivas de una abundante cacería, se internó en la espesura armado de su escopeta, y regresó ya bien entrada la tarde, con su morral repleto de aves, a la chocita que les servía de estacionamiento en plena selva virgen, al borde de un riachuelo arrullador. Percibíase, en esa hora, con insistencia sospechosa, el canto de los pájaros en la maleza cercana.
Bajaron a la orilla para desplumar y abrir las aves, faena que realizaban entre caricias y risas. De pronto se dejó oír, por el lado de la choza, el rumor de palabras incomprensibles que semejaban una conversación sostenida por varias personas.
—¡Alfredo! —exclamó Mariana alarmada—, creo que ha llegado gente…
Alfredo subió cauteloso a las ramas de un árbol próximo y desde arriba, inmutado, hizo señas a su mujer para que guardara absoluto silencio. Bajó precipitadamente y con voz queda en que se notaba el desaliento dijo:
—Los indios; son los salvajes que han llegado…
—Huyamos —le suplicó ella—, señalando con la mano el cauce del riachuelo que, a su parecer, ofrecía una vía de escape.
Alfredo movió la cabeza en sentido negativo; quedose en silencio un instante reflexionando en lo que debía hacer. Por su frente sudorosa pasaban como ráfagas sombrías la duda, el temor, la desesperanza; mas al cabo pareció decidirse, tomó su machete y comenzó a subir el barranco que conducía a su choza, recomendando a su mujer que se ocultara rápidamente. Ella pretendió detenerlo, pero fue inútil; en un momento transpuso el filo del barranco y desapareció.
Mariana buscó refugio entre las aletas de un árbol que se sumergían parcialmente en las aguas. Sin embargo, tuvo la impresión de haber sido descubierta y de que dos ojos, desde alguna parte, estaban fijos sobre ella. El tiempo pasaba lentamente dejando una sedimentación progresiva de angustia. Imaginaba a su marido luchando infructuosamente entre hombres pintarrajeados y de aspecto feroz, para caer finalmente abatido, traspasado por agudas lanzas, sangrante y exánime… Sintiose repentinamente sola, desamparada en esa selva virgen, a centenares de kilómetros de los centros civilizados. Tomó súbita determinación de arrojarse a la corriente y perecer ahogada entre las aguas ocres, pero la voz de Alfredo la contuvo:
—Ven, Mariana. Son salvajes mansos.
Salió de su refugio, indecisa; volvió a oír la llamada, y apresuró el paso.
—Son salvajes mansos —repitió Alfredo en cuanto le dio alcance—. No temas, ¿no ves que no tienen armas?
Y extendió su brazo en dirección a la choza en cuyo interior cinco salvajes, sentados en cuclillas sobre la tierra, sonreían enigmáticamente; diríase que estaban cubiertos de máscaras que ocultaban intenciones que, en esas circunstancias, era imposible determinar. Más allá, fuera de la choza, un salvaje simulaba examinar detenidamente la escopeta de dos caños que había dejado Alfredo apoyada sobre uno de los horcones de la casa al regreso de su cacería.
Entraron. Mariana observó al salvaje que tenía el arma. La expresión de su rostro de asesino, en el momento de la perpetración del crimen, le produjo indescriptible inquietud. Era evidente que allí estaba el peligro inmediato y mayor, de lo que también parecía darse cuenta, tardíamente, Alfredo.
La actitud de este salvaje se volvió ostensiblemente sospechosa, ya que, fingiendo examinar la escopeta, con la cabeza inclinada sobre ella, en realidad vigilaba, con disimulo, los movimientos de Alfredo, pues, en cuanto este apartaba la mirada de él para atender a los otros que insistían con gestos y chillidos en llamar su atención, el arma se levantaba apuntándolo. Viéndose sorprendido por Alfredo que, desconfiado, se volvía repentinamente, el salvaje, bajando el arma, le hacía con la mano las señas que en la civilización significan que no había por qué inquietarse, que no tuviera cuidado, que sólo estaba examinando algo que le era desconocido.
Esta actitud se repitió varias veces. En cuanto Alfredo apartaba la vista, el arma automáticamente se levantaba enfilándose hacia él. El desenlace parecía próximo. Tensa, con las manos crispadas, Mariana se dispuso a enfrentar lo peor. Su marido hablaba con una serenidad forzada que hacía en ella el efecto contrario de lo que se proponía:
—Son salvajes mansos, Mariana; no son de los bravos. Los mansos no matan. No te inquietes tanto y ve de obsequiar fariña a nuestros amigos.
¿Qué podía hacer Alfredo, en tales circunstancias, entre esos cinco salvajes, dos de los cuales acariciaban al descuido bambúes de afilada punta, y esa escopeta cargada peligrosamente dirigida hacia él? Al inclinarse Mariana para recoger la fariña, se produjo la doble detonación de los dos cañones de la escopeta que eran disparados simultáneamente. Vio caer a su marido, bañado en sangre, con una horrible herida en la parte posterior del cuello. Su reacción fue rápida. Se arrojó hacia él y le quitó de las manos el machete para defenderse de los salvajes que, automáticamente, se habían puesto en pie para aprisionarla. Su actitud resuelta contuvo a sus atacantes que, abandonando sus caretas sonrientes, se convirtieron en verdaderas fieras.
Mientras unos la enfrentaban, otros se deslizaron a sus espaldas. Ella estaba resuelta a matar a los que tenía delante, cuando escuchó la voz de Alfredo que le decía:
—Es inútil Mariana; te van a victimar por la espalda. Suelta el machete.
La voz agonizante que reflejaba la inflexión dolorosa de una súplica, atrajo su mirada. Tendido en el suelo, con el cuerpo inmóvil, Alfredo tenía los ojos muy abiertos fijos en ella, tratando tal vez de llevarse la imagen de la mujer amada antes de que penetrara en ellos la oscuridad que ya se aproximaba. Miró hacia atrás… uno de los salvajes, con larga caña de afilada punta, estaba disponiéndose a victimarla. Sin embargo, Mariana sólo se decidió a dejar caer el arma de sus manos cuando por tercera vez volvió a escuchar las palabras muy lentas de Alfredo, como si estuviese muy cansado, o muerto de sueño.
—Suelta el machete y vive; alguna vez lograrás huir de ellos.
Dos salvajes la sujetaron mientras los otros se dedicaban al saqueo de todo lo que tenían: víveres, municiones, herramientas… Apartáronla de allí en el preciso momento en que el sanguinario salvaje que había disparado la escopeta avanzaba, armado de un pesado leño, hacia su marido, el cual continuaba mirándola desde su lecho de sangre, a la vez que murmuraba:
—No temas; algún día lograrás huir…
En cuanto salió de la choza, oyó un golpe como sobre algo blando y cavernoso, con sordo crujir de huesos. Ella sabía lo que aquello significaba: la cabeza de Alfredo había dejado ya de pensar y en sus pupilas la luz de la vida se había apagado. Nudo amargo, muy amargo, oprimió su garganta al exhalar un ronco y desgarrador grito de agonía. Vagamente, sintió que fuertes brazos la arrastraban hacia la espesura que debía tragarla como un abismo.
2
↑ Volver al índiceSi Mariana y su marido determinaron internarse en esa zona selvática y se hallaban desprevenidos, era porque sabían que estaba desprovista de salvajes, cuyos centros poblados eran más o menos conocidos por los moradores de las dilatadas márgenes del río Ucayali. Mucho más tarde, cuando Mariana llegó a dominar el dialecto de la tribu, supo por relatos de Nacuá lo que aquelIa vez había ocurrido.
Los capanahuas, dueños de ilimitadas extensiones de territorio, allá por las cabeceras de los afluentes del río Tapiche y de las nacientes del Gálvez que, según ellos, era la mayor parte del mundo, habían tenido conocimiento, por boca de Mancuís, que los orejones estaban cazando en las tierras que les pertenecían. Tal incursión en sus dominios era intolerable y antes de que la tribu se movilizara en armas, salió un destacamento de seis hombres guiado —no al mando— por Mancuís, con el objeto de efectuar reconocimientos y determinar, más o menos, el límite hasta donde habían llegado sus vecinos o, lo que es lo mismo, sus enemigos, para proceder a su exterminio.
Estos destacamentos tenían cierta semejanza con las milicias antiguas en que los soldados marchaban con sus mujeres —las rabonas— y sus pequeños. El único que iba solo era Nacuá, fornido adolescente que no se había dignado tomar mujer de entre las doncellas de la tribu.
Partieron después de efectuar sembríos de maíz y yucas, faena obligatoria para todos los que se alejaban del poblado por tiempo indefinido superior a tres meses. En el extenso recorrido de un mes largo, «hacia el sol que se apaga» dejaron muy atrás las últimas chacras que solían abrir en las zonas muy ilimitadas, para utilizarlas como lugares de aprovisionamiento cuando se veían obligados a viajar grandes distancias en pos de abundante caza, en los periodos del año en que los animales huyen de las proximidades de los poblados. Nadie podía haberlos conducido tan lejos sino Mancuís, el maligno explorador que conocía la selva mejor que nadie. Un día escucharon el estampido de un arma de fuego.
Mancuís sabía lo que aquello significaba. Eran los hombres blancos, los extraños habitantes de las orillas de los ríos que ignoraban las leyes de la selva. Los salvajes convinieron en atacarlos y, al efecto, de acuerdo a sus costumbres, retrocedieron un día de caminata y construyeron una habitación disimulada en la espesura, para dejar seguras a sus mujeres y niños.
Ellos sabían que era práctica de los blancos establecerse junto al agua que corría en los cauces amplios donde quema el sol. Parecían seres acuáticos. Vivían surcando o bajando ríos, y se quedaban en las orillas muy junto al agua del que parecía depender sus vidas. El agua era el vínculo que los unía, la vía de escape cuando eran atacados, el conducto que seguían audaces al internarse en la selva. Tal vez los blancos hace tiempo habrían desaparecido si no fuera por las sendas acuáticas. Para dar con ellos, acecharlos y atacarlos, no había más que seguir las márgenes de una corriente de agua, donde solía encontrárseles siempre desprevenidos.
Así les fue muy fácil descubrir la chocita donde se guarecían Alfredo y su mujer. Y situados en el linde del bosque, ocultos en la maleza, se ocuparon en observar todo el día los movimientos de la pareja. Pudieron haberlos atacado de inmediato, pero les interesaba, primeramente, neutralizar esa temible arma de la que el hombre no se separaba, a fin de poder capturar sin ningún riesgo a esa mujer que seguía a su marido por todas partes, cuyo cuerpo estaba cubierto por una piel cambiante de colores y cuya risa excitaba como el canto del pájaro rojo de la tentación. Mancuís, más interesado que nadie en esta captura, hacía resaltar el tremendo poder de la escopeta causando temor en sus compañeros. Opinaba que debía vigilarse estrechamente la choza y apoderarse del arma en cuanto estuviese descuidada.
Este salvaje había visto más de una vez al hombre blanco, con ocasión de sus largas y solitarias excursiones, de las que volvía al poblado después de meses de ausencia. Con frases reticentes y un aire de importancia y de misterio que excitaba la curiosidad de la tribu, relataba entonces muchos hechos asombrosos sobre el coloso río que había descubierto a gran distancia por el lado del poniente; de su inmensa anchura que no podía atravesarse a nado; de sus aguas turbias y profundas surcadas a gran velocidad por unos monstruos que rugían echando abundante humo, y de sus márgenes habitadas por los hombres blancos de espesa barba, acompañados de lindas mujeres de aguda nariz y cuerpos con los colores de la selva cuando florece.
Sus pasmados oyentes dejaban entrever sonrisas de incredulidad cuando se refería a esa poderosa arma, pequeña como un pedazo de caña o de bambú, pero que echaba fuego por la boca, tenía la voz del trueno y mataba animales a la distancia. Jactábase, como de una gran hazaña, de su aventura en la choza del hombre que vivía torturando a los árboles con cortes para recoger sus lágrimas de goma. Aprovechando la circunstancia de que ese hombre había dejado su escopeta al ir a la quebrada en pos de su baño cotidiano, Mancuís cogió audazmente el arma, como viera muchas veces que lo hacía el hombre blanco y, manipulando sobre los gatillos, disparó. Él no sabía nada acerca de la puntería, y el estampido le hizo dar un salto tremendo de susto, de tal modo que, lanzando el arma a un lado, emprendió precipitada fuga. Era la misma arma que estaba en manos del hombre a quien observaba, pero ahora sí estaba seguro que podría manejarla con menos miedo y con más destreza que la primera vez.
Esa noche, durmieron al alcance de los ojos y de los oídos de Mariana y de su marido, sin que estos se diesen cuenta de su presencia. Al otro día, antes de que el alba se asomara, los seis salvajes, tendidos en la circundante maleza y mimetizados con ella, volvieron a su punto de observación. Sus futuras víctimas salieron de una cosa blanca rectangular en cuyo interior habían dormido. El hombre prendió fuego y la mujer puso la olla en el fogón. Sentáronse después juntos y comieron en unos platos donde depositaron el contenido de la olla. Un murmullo de desaprobación recorrió la fila de los observadores. ¡Comer el hombre junto a la mujer! Eso iba contra la dignidad del hombre. ¿Qué era lo que hablan? ¿Acaso el hombre estaba comunicándole los pensamientos que tenía dentro de la cabeza, aquello que nunca se puede decir sino a otro hombre y eso a medias? ¿Y qué estaría diciendo la mujer que no fueran sus temores y sus debilidades, aquello que el hombre jamás debe escuchar?
Mas al poco rato su asombro llegó al estupor al verlos sentados juntos en un tronco tendido en el patio. El hombre tomó las manos de ella, la atrajo hacia su pecho, clavó su mirada en el fondo de sus pupilas, y pegando su cuerpo al de ella en estrecho abrazo, se puso a besarla en los labios, los ojos, el cuello… ¡Abominable! ¡Qué manera de conducirse más extraña y poco varonil tenía ese hombre blanco con esa mujer que aparentaba esquivarse a caricias entre desbordes de risa! Sin embargo, esa risa poseía para ellos la atracción de lo desconocido. ¿Era acaso un ave o una serpiente que fascinaba? Muy pronto, sin que se dieran cuenta, ostentaban todas unas anchas sonrisas extendidas en sus ansiosas caras. ¿Qué cascada deliciosa tenía esa mujer en la garganta que poseía el encanto excitante de las cosas embrujadas? Mancuís y Nacuá estaban absortos más que los demás en esa contemplación. Sus frentes sudorosas y sus pechos agitados denotaban impetuosas y desconocidas emociones.
—Es erguida como la garza cuando avanza hacia el cardumen en la playa —murmuró Nacuá—. Su paso es recio; sus pies castigan la tierra…
—No es como nosotros que vivimos tratando de causar silencio con los pies —suspiró Mancuís.
—Es bella como nuestros sueños cuando dormimos después de haber descubierto el campamento enemigo —repuso Nacuá con los ojos brillantes.
—Es un sueño que dormirá aquí —dijo con energía Mancuís señalando sus desnudos brazos—. ¡Será mía!
Nacuá le miró estupefacto. Precisamente en su corazón había nacido el mismo deseo de poseer a esa mujer… y, tal vez, acariciarla como lo hacía el hombre blanco. La idea había empezado a revolotear en su mente como una mariposa dorada. Al oír las palabras de Mancuís sintió que la sangre afluía a su rostro.
—Tú tienes tres mujeres Mancuís —díjole— yo no tengo ninguna y esa mujer deber ser mía.
Ambos rivales se miraron con odio. Los demás salvajes creyeron oportuno intervenir, pues, las voces habían subido de tono y podían ser escuchados. Condujeron a ambos hacia un claro del bosque para que pudiera discutirse el asunto. Mancuís iba protestando.
—Yo os conduje hasta acá y conozco a los hombres blancos y a su arma atronadora. Sin mí no podréis vencerlo y la mujer no será de nadie… ¿Y qué importa que tenga yo una mujer más? ¿Está prohibido acaso que un cazador tenga una mujer más, y aun varias más si así lo desea? Nacuá pudo ya haber elegido las que quisiera, pero no lo ha hecho porque desdeña a las mujeres de nuestra tribu; no hay ninguna que le agrade. Dice que es el mejor cazador de la tribu. Es un jactancioso ¡un jactancioso!
—En la tribu está prohibido insultar—intervino Buenohá—. Sólo las víboras hieren con la boca porque tienen veneno… Hace tiempo que esto no acontecía… Hay que recurrir a la «competencia».
Los demás aprobaron, y no había más que cumplir la decisión de la mayoría. Era la ley.
La «competencia», rara manera de determinar la superioridad de ingenio y de astucia de un salvaje sobre otro, tiene sus reglas. Se sitúa a los adversarios en los extremos opuestos de un sector de selva —cuanto más espeso mejor— armados de un arco y de una flecha sin punta para que no hieran sino superficialmente. El más astuto, el que hace mejor uso de la vista, del oído y del olfato, que están desarrollados en el salvaje hasta lo inverosímil, ubica pronto a su rival, lo acecha, lo rodea y lo ataca por la espalda. Está prohibido atacar de frente. Si ambos se descubren a la vez fracasa la prueba y hay que empezar de nuevo.
La mentalidad salvaje no concibe el ataque de frente, sobre todo en sus guerras. Se burlan del hombre blanco que marcha en la selva pregonando a todos los vientos su presencia. Atacar de frente carece de todo mérito, sin tener en cuenta de que es de una candorosidad, contraria al buen sentido, exponerse innecesariamente al peligro. Dos enemigos pueden matarse simultáneamente, tanto el que ataca como el que se defiende. ¿En dónde está pues superioridad del ingenio? ¿Acaso no resulta deliciosamente sugestivo acechar al enemigo, situarlo, y caerle encima sin que se dé cuenta, al ser aniquilado, de quién le acomete ni de dónde proviene el ataque?
El mismo criterio que para con los hombres, predomina para con las fieras. Era un absurdo suponer que hubiera alguien dentro de los confines de la selva, que se expusiera a los agudos dientes y a las afiladas garras de una fiera en combate singular frente a frente, todo por demostrar un valor que carece de significaciones en tales casos. Eso era incomprensible, pues, bien podía la fiera hacer presa en el hombre. ¿A qué exponerse así, sin provecho alguno, privándose del gran placer de matar al feroz otorongo a la distancia, acosándolo a flechazos?
¿Se quería demostrar el valor, la fuerza y la destreza? Pues ahí estaba la lucha al fuego, pero eso sólo estaba reservado a los miembros de la tribu que se acometían a muerte en presencia de todo el poblado cuando eran torturados por los celos.
Los salvajes observaron, pues, con detenimiento la dirección del viento para situar a Mancuís y a Nacuá en puntos en que ninguno de ellos tuviese la ventaja de descubrir a su rival por las ráfagas de aire, que llevan a largas distancias el olor peculiar del hombre, y se dispusieron a conducir a ambos contendores.
Mancuís nunca había sido derrotado, de tal modo que, con arrogante desdén por su joven rival, siguió a su conductor al lugar previsto. «De la paliza que le voy a dar al vencerlo, no se olvidará nunca», había dicho al partir para que le oyera Nacuá, el cual correspondió la amenaza con una mueca burlona que encendió de ira a su altanero adversario.
La competencia duró muy poco. Situado por su conductor, en el punto acordado. Nacuá fue a colocarse a la carrera en la parte hacia la cual soplaba la brisa, valiéndose de una liana que subía hasta coronar la altura, trepó a las ramas de un elevado árbol, desde donde, libre de la maleza baja y de los arbustos, podía abarcar con la vista apreciable extensión de bosque. Desde allí, pudo bien pronto descubrir a Mancuís acercándose rápidamente con el objeto de colocarse también por el lado favorable del viento. Venía con largas lianas arrolladas al brazo y, situándose en el lugar que le parecía más conveniente, ató los extremos de las lianas a dos arbustos separados y, llevando las puntas sueltas, se ocultó en las aletas de un árbol. De allí se puso a actuar moviendo los arbustos para dar la impresión de que alguien estaba pasando entre ellos. De cuando en cuando sacaba la cabeza y atisbaba en todas direcciones; luego salía caminando en cuclillas, olfateaba con cuidado el aire, se desplazaba muy lentamente para seguir su inspección olfativa desde otro punto, y regresaba arrastrándose a su aleta, cada vez que creía observar un movimiento sospechoso de la maleza. Se ocultaba y volvía a sacar la cabeza, poco a poco. Centímetro a centímetro. No cabía duda de que Mancuís era un consumado luchador en la selva, pero Nacuá le había llevado la delantera y apenas podía contener la risa presenciando la serie de actos que le parecían grotescos y candorosos desde su escondrijo entre el alto follaje. Cuando Mancuís se deslizaba fuera de sus aletas, podía de un salto caerle encima, pero la altura era mucha y, además, no estaba previsto en las reglas de la competencia esa forma de ataque.
Mancuís siguió actuando en los arbustos, y, cansado de hacerlo, sacó nuevamente la cabeza para escuchar los gritos de los pájaros o el deslizamiento rápido de los animales que viven en el suelo pregonando la presencia de algo extraño que los perturba. Como no obtuviera resultado satisfactorio, salió de sus aletas protectoras, limpió un pedazo de tierra de la hojarasca que lo cubría y se tendió, con la oreja pegada al suelo, para escuchar el paso lejano que delatara a su competidor. En esa posición ofrecía un blanco admirable a Nacuá quien actuó de inmediato. Tomó su arco y su flecha, hizo puntería y disparó hiriendo certeramente a su rival en la espalda. En seguida se deslizó hasta el suelo y se presentó ufano y vencedor a sus compañeros que estaban esperando el resultado de la prueba.
No tardó en aparecer Mancuís, iracundo, con una leve herida en la espalda de la que le manaba sangre.
—¡Es un tramposo! —gritaba señalando con el índice a Nacuá—. ¡Se subió a un árbol y desde allí me hirió; desde donde habitan esos seres indefensos cubiertos de plumas, y los monos bullangueros y asustadizos comedores de frutas! ¡Yo lucho y venzo en tierra, allí donde se acechan y se atacan los hombres y las fieras!
Los salvajes, previa deliberación, proclamaron vencedor a Nacuá, mientras a un lado Mancuís rumiaba su derrota. Pero al otro día pareció conformarse con su suerte, y siguió acechando a Alfredo en compañía de otros dos salvajes cuando salió a cazar. Se mantuvieron a respetable distancia absteniéndose de victimarlo porque les infundía cada vez mayor respeto esa lengua de fuego que salía de la boca del arma con fuerte detonación. Durante el recorrido apenas pudieron reprimir su asombro a cada disparo de Alfredo que mataba invariablemente el ave que elegía por más alejada que estuviese en las altas ramas.
Bien pudo haber sido la opinión de Mancuís o la astucia ingénita de todos ellos lo que les indujo a presentarse desarmados. Escondieron sus flechas en las aletas de un árbol y penetraron en la choza aprovechando el momento en que Alfredo había dejado imprudentemente su escopeta arrimada a uno de los horcones al bajar con Mariana a desplumar las aves en la quebrada y prepararlas para la comida. Mancuís se apoderó del arma, mientras dos de ellos, ocultos, espiaban a sus indefensas víctimas.
Cuando Alfredo subió, valerosamente, de la quebrada a la choza y encontró salvajes desarmados y risueños que le rodearon con manifestaciones de amistad, estaba muy lejos de imaginar que habían caído en manos de los habitantes más feroces de las selvas amazónicas: los capanahuas.
Mancuís resultó el victimario de Alfredo, y eso lo sabía muy bien Mariana que no podría olvidar en su vida la dureza del rostro y el disimulo de la mirada del salvaje en el momento de la perpetración del crimen.
3
↑ Volver al índiceAntes de penetrar en la espesura, Mariana tuvo ánimo para volver la cabeza y mirar, por última vez, la chocita donde quedaba el cadáver del ser amado. Le pareció ver que sus ojos abiertos, ya sin vida, la seguían mirando, ojos que nunca ha podido olvidar y que aún reaparecen en sus noches lúgubres cuando en el fondo del sueño despierta ese pasado produciendo angustias de pesadilla.
La mano que sujetaba a Mariana la atrajo con violencia, y la pobre mujer penetró en el muro imponente de la selva, lleno de penumbra y de misterio, hacia lo desconocido para enfrentar un cautiverio casi inverosímil en el que la realidad superó a la ficción.
Al cabo de caminar cierto trecho, la comitiva salvaje se detuvo al pie de un corpulento árbol, de cuyas aletas bifurcadas y laberínticas extrajeron fuertes arcos y agudas flechas de plumas multicolores. Y continuaron la caminata subiendo y bajando terrenos que se extendían en suaves ondulaciones. La cautiva marchaba mecánicamente. Sus ideas bailaban en desorden, imprecisas, informes. El golpe tremendo la había anonadado.
Cuando la selva se obscureció y los pájaros regresaron a sus nidos a desgranar sus cánticos vespertinos sobre la tristeza del anochecer, el grupo se detuvo en las proximidades de una vertiente donde resolvió pernoctar. Allí entregaron a Mariana una bolsa que contenía algunos de sus efectos personales. Alguien desbrozó un pedazo de bosque en la semioscuridad, tendió hojas de palmera sobre la hojarasca, e indicó a la cautiva, tomándola suavemente de las manos, que eso era para ella.
Mariana salió de su estatismo doloroso con un estremecimiento, templó su mosquitero y se recogió, mientras sus captores colgaban sus hamacas formando estrecho cerco a su alrededor. Prendieron luego fogatas, de tal suerte que, al poco rato, rodeaba también a Mariana un círculo de fuego que iluminaba el interior de la fronda, fugazmente alumbrada a trechos por millares de luciérnagas inquietas. No pudo dormir. Lentamente, como se despeja el horizonte después de la lluvia, cobraron forma y colorido los acontecimientos pasados. La película de su vida empezó a deslizarse en la pantalla de su recuerdo.
Así, de pronto, se vio niña retozando en las amenas y plácidas márgenes del turbio Ucayali, en el apacible caserío de Sintico, su pueblecito natal. Allí creció bajo la mirada amorosa de sus padres, alegre y juguetona como todas las muchachitas del lugar en compañía de las cuales asistía regularmente a la escuela rural. ¡Ah, sus padres! Creía estar viéndolos bajo la luz de la lámpara de kerosene, en la casita perdida entre platanares. Su madre, que hacía dormir a la hermanita menor en su regazo arrullándola con sencillas canciones de cuna; su padre, con el cigarro en la boca, prediciendo las fluctuaciones de la creciente, el buen tiempo o la intensidad de las lluvias. Decían las gentes que era bonita, y los mozuelos se entretenían mirándola pasar, ataviada con sus trajes de percal floreado, camino de la capillita cuando, a la llegada del misionero, el pueblo cobraba súbita animación.
Recordaba, como si fuera ayer, su viaje a Iquitos, la bella ciudad asentada en la margen izquierda del Amazonas, adonde fue a seguir sus estudios secundarios, en un colegio regentado por suaves monjitas. Después viajó por otros continentes de donde regresó desilusionada con lo que ella llamaba la complejidad de la civilización. Sintió un gran alivio al verse otra vez en su tierra paradisíaca a la cual estaba acostumbrada. Tenía esa rara disposición en una muchacha de no ser absorbida por las trivialidades de las grandes ciudades.
Al cumplir los veinte años apareció en su vida Alfredo, a quien se unió en matrimonio. Sentíase la más feliz de las mujeres porque se amaban como sólo es posible amarse en esa tierra ubérrima donde la naturaleza resplandecía con los colores del trópico y el amor era simple como el de los pájaros en los ramajes. Alfredo era un joven de muchas esperanzas. Trabajador infatigable, se internaba periódicamente en los centros inexplorados de la selva virgen donde reptan sinuosas vías de agua que, en la estación de las lluvias, se abren paso rugientes en la maraña impenetrable, y que, en la sequía, se convierten en arroyos de aguas empozadas y turbias donde se desintegran los ramajes muertos y se multiplican las formas elementales de la vida. Allí, en alguna parte remota, había descubierto un manchal de leche-caspi y chicle, árboles productores de la materia prima que se emplea en la manufactura de la goma de mascar.
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