Carrito 0
← Volver al libroLectura de muestra
Lectura de muestra

Selva mortal

Gavino Quinde

Índice del libro
image0001.png
OEBPS/images/image0002.png
OEBPS/images/image0003.png

1

↑ Volver al índice

Los incendios, cualesquiera sean sus orígenes, abrasan con tal fuerza y destruyen sin clemencia lo que encuentran a su paso, sin importar dónde se desarrollen ni el horario en que se lleven a cabo; destacando que estos, al igual que la pólvora, siempre serán un sinónimo de guerra.

Era una tarde llena de apresurados movimientos. Tegonio, que acababa de descender de una camioneta rural muy cerca al puente del río Tocache, de inmediato se encaminó en busca del sendero que lo llevaría, siguiendo el curso adverso de las aguas, hacia la comunidad de San Juan de Cañutillo. Le tomaría media hora.

Con una mochila beige sobre sus hombros sorteó pendientes y cortes abruptos, protegido por una tupida vegetación apostada a ambos lados del camino. El bullicio de las aguas del río se escuchaba con intensidad.

De pronto escuchó voces. El revuelo de un ave llamó su atención y entonces escuchó un disparo, luego otro y otro.

Tegonio no esperó a que las detonaciones le ocasionaran un agujero en el cuerpo, por lo que moviéndose con rapidez se escondió en la tupida maleza. Otros disparos se produjeron esta vez frente a su campo de mira. Los perseguidos eran dos hombres que corrían tropezando entre las raíces de los árboles. A uno de ellos le alcanzaron en una pierna y al otro en la espalda.

Debido a la distancia el testigo apenas pudo entrever a unas personas que se acercaron a los caídos. Uno de los perseguidores interrogó a una de las víctimas que se encontraba sentada y con los brazos levantados. Aquel hombre trataba de responder, pero sus palabras resultaban incoherentes; ante esto el victimario le descerrajó un tiro en la cabeza. Con el impacto el hombre fue aventado hacia un costado del camino y ahí quedó, tirado. Aquellos hombres, luego de matar a los dos perseguidos, les despojaron de lo que llevaban y practicaron en sus cuerpos varios disparos más. Después vino un silencio sepulcral.

Tegonio esperó, doblegado por el terror, un tiempo que le pareció infinito. Y, cuando presintió que aquellos cazadores de hombres se habían marchado, se acercó al lugar de la masacre; ahí pudo ver a aquellas víctimas, ambas con los rostros desfigurados. Cuando siguió avanzando se encontró con otro cadáver rematado con las mismas características. La nueva escena avivó sus pasos e hizo que se alejara a toda prisa por el sendero. Mientras huía, un vientecillo parecía jalarle del polo.

Después de abandonar el curso del río y caminar por entre la arboleda, al fin dio con un sendero mucho más amplio. Al avanzar algo más se encontró con una quebrada. Tegonio debía llegar hasta la vivienda de un familiar, sin embargo, el sol estaba en la plenitud del ocaso.

De esta manera se introdujo en San Juan de Cañutillo, un lugar que formaba parte del corazón de la selva del Alto Huallaga, el mismo que se encontraba engalanado con una infinidad de leyendas y sucesos. Con el tiempo en aquel lugar, innumerables hechos sangrientos harían temblar la tranquilidad del pueblo hasta entonces levemente remecida por algunos incidentes relacionados con el narcotráfico y el dinero. La venganza, apatía, traición, dolor y muerte se agrandarían hasta lo indecible.

Los males llegaron como el viajero anónimo e hicieron su imperio quedándose en cada zona, pueblo, valle; y por último, en muchos hogares de la infinidad de migrantes y aun de los naturales. “¡Vamos a Tocache!”, decía la letra de una canción llena de movimiento, y así era; la gente, como descubriendo la octava maravilla, se encaminaba hacia la meca peruana, llevando consigo sus miserias a cuestas. Todos se dirigían con la esperanza de encontrar el sustento y medios económicos que los liberara de los tantos sinsabores del pasado que los regía.

Tegonio se instaló como trabajador a sueldo por diversos conceptos. Por entonces, las áreas cocaleras se empezaban a extender como regueros de pólvora; sin embargo, casi todas las plantaciones eran pequeñas, por lo que el trabajo remunerado escaseaba. La mayoría de personas se encontraba haciendo chacras, cual una fiebre que inunda los bosques, en diferentes direcciones, y con la cantidad de hectáreas que muchas veces no podía dominar; no había quien regularizara ni se preocupara por ello.

En este laberinto de cosas los trabajadores no siempre estaban a la mano, pues muy pronto estos empezaban a tener sus propias parcelas. La coca es una planta que exige cuidado en forma continua, ya que la maleza, plagas y cosechas no dejan margen de tiempo disponible para otras actividades

En reducido tiempo, San Juan de Cañutillo, comunidad que en un principio tenía pocas casas en sus alrededores, empezó a crecer en forma geométrica, por lo que el comercio y los bares se multiplicaron.

En cambio con los productos del campo sucedió al revés, pues empezaron a escasear y a tener costos elevadísimos. Casi nadie se dedicaba a producirlos.

La escuelita de maderas, unidocente, también sufrió los embates de este auge. Con la concentración de personas, la cantidad de estudiantes se centuplicó y el profesor responsable, don John Hidalgo, hacía maravillas para atenderlos ya que carecía de muchas cosas. Tanto era así que sus clases las impartía en el patio, bajo la sombra de un pan del árbol.

2

↑ Volver al índice

Para llegar a la chacra había que sortear lomas llenas de verdulería y luego alcanzar especies de bolsones asentados entre suaves pendientes, sin olvidar la presencia de innumerables criaturas y aves que se desplazaban persiguiendo sus propios afanes o expresando sus emociones.

Cuando Tegonio, en aquella mañana, se acercaba a sus dominios, dos pesados bocholoches volaron desde un mechón de árbol y fueron a posarse a un costado de la chacra, diversificando el paisaje con sus vestimentas negroamarillentas, semejantes a las de los paucares.

Ya cerca del lindero una ardilla colorada corrió con la cola levantada, llevando en la boca un fruto de yarina mientras trepaba las arqueadas ramas de una siringa. En el apuro dejó caer con grotesco sonido su preciada carga. No lejos de ahí, en una hondonada, un uchpacoto desgranaba su melodía haciendo retumbar las cercanías y mezclando su canto con las de otros inquilinos: ¡Uchpacoto, roó! ¡Uchpacoto, roó, roó!

Una vez en el lindero, fijó la mirada en la aún pequeña plantación de coca extendida a unos pocos metros de ahí. Estaba hermosa. Aquel sembrío se mecía ondulante con el vientecillo mañanero, y era como si el color amarillo-verdoso se granjeara en una melodía. Sintió ganas de rozar con la frente a una ramita y luego acariciarla como si se tratara del suave plumaje de un polluelo. A él le encantaban las diversas plantas.

En este lugar, aunque se había sembrado en forma homogénea, algunos hoyos lucían desiertos. Aquellos huecos distorsionaban al conjunto de la plantación y la hacían verse como cuencas vacías en un rostro esplendoroso. Siempre era así.

Al ir hacia el otro extremo, el suelo lucía cubierto por una algodonosa capa de champa, razón por la cual muchas plantas no lograban crecer. Al menos eso fue lo que dictaminó tiempos después, Norita, la trigueña de gruesas caderas y sonrisa conmovedora, que llegó como enviada del cielo para aliviar el estrés a falta de vecindad.

Norita era una mujer joven. Se apareció un día en horas de la tarde, cerca del anochecer. El hombre se disponía a merendar cuando escuchó, en la banda de una loma, un puquear de manos. Ningún conocido llegaba de esa manera. Un vecino que en forma casual pasaba por el camino, le dijo que era una mujer preguntando por él. Al implicado no le quedó otro remedio que ir a su encuentro y entonces dio con la presencia de Norita. Resultó complicado llevarla consigo, pues no existía un camino despejado y la noche se acercaba sin estrellas. Además de eso, la mujer llevaba consigo una niña.

De haber llegado aquella mujer por la vía que comenzaba en la carretera, siguiendo la trocha de los madereros, fácilmente hubiera alcanzado la bulliciosa quebrada y por ende, a un centenar de pasos, la casa de Tegonio; pero aquel enmarañado camino que eligió, seguía por el costado de la chacra y daba con otro punto de la quebrada, por donde, tras chimbarla, empezaban los sembríos del sector Ramón Castilla a lo largo y ancho de una cuesta pronunciada. Con el pasar del tiempo, no obstante, este camino alternativo sería de mucha relevancia para los levantados en armas, por ser difícil de localizar.

La llegada de Norita no fue improvisada, ya que hacía algún tiempo, en el pueblo, había preguntado cómo llegar a ese lugar.

Tegonio le comentó que se encontraba sin compañía, realizando algunos sembríos.

—¿No hay nadie contigo, entonces? —se interesó ella.

—No, al menos por ahora, no lo hay.

—Yo he venido para ayudarte en lo que sea —dijo Norita, decidida.

El hombre no pudo rechazar su propuesta. Al contrario, respetuoso de una mujer como era su temple, le dio un cuarto para que descansara. Así pasaron algunos días hasta que, en una oportunidad en que la oscuridad reinaba a plenitud, a eso de medianoche, la mujer le llamó con apremio.

—No puedo dormir sola —le dijo tras lograr que le abriese la puerta—, perdona que sea sincera contigo, y espero que no me eches de tu cama.

Él la invitó a pasar y ella se acurrucó en sus hombros con ternura. Enseguida se fundieron en amor profundo, hasta el amanecer. Norita era una mujer que lo daba todo a cambio de nada. Así pasaron una quincena hasta que pasó Navidad. Luego ella regresó a la ciudad. Posterior a esto, se apareció en dos oportunidades más, hasta que un día se fue y no volvió más. Probablemente encontró un compañero, esa era su ilusión. “Si lo encuentro, ya no regresaré”, le había dicho a Tegonio, al ver que este no proponía nada serio. En vano él la esperó con el corazón en la mano. Sus recuerdos crujían en su desolada habitación, pero al final hubo de concluir que los milagros no se dan en todas las oportunidades. En realidad, sí la vería una vez más, pero ni se imaginaba en qué condiciones.

En una fresca mañana en que llegaba a su chacra, Vicente, un primo de Tegonio que le estaba ayudando en el cultivo, le dio alcance justo cuando se adentraba en la ordenada plantación. Avanzaron por el caminejo para llegar al pequeño tambo ubicado a unos cincuenta metros de allí, cuando de pronto el visitante recogió algo del suelo y, después de levantarlo, exclamo:

—¡Hey, primo, un boquichico; y el bandido está sanito!

—Je… —respondió el aludido— mucho me temo que ya no sirve.

—Pero, ¿por qué?, si no se ve que tenga algo de malo en ninguna parte.

—Estaban demasiado duros y resecos, ayer los boté

—¡Los botaste! ¿Quieres decir que eran varios?

—Sí, fueron tres; pero el que has encontrado era el más grande de todos.

—No importa, encontraré a los demás —exclamó el primo, y pasó a buscarlos; pero aunque lo hicieron entre los dos, no los pudieron hallar.

Después se dirigieron al campamento y, tan pronto como cocinaron un gajo de plátanos, Vicente puso el pescado sobre una parrilla con palos de yuca, aprovechando el abundante fuego de carbón. Luego de dorarlo a discreción, repartió el asado. ¡Resultó una delicia! Ambos degustaron el convite acompañado con pocillos de pampaorégano.

—No hay como un asado a la parrilla —dijo el primo, observando el campo y dirigiéndose a lavar las manos en una bandeja con agua.

—Sí, es cierto; todo asado a carbón es más sabroso que cocido de otra manera, como por ejemplo, en forma de pango.

—Eso es parte del atributo del poblador selvático, primo. Decir lo contrario equivaldría a ignorarlo—y se dirigieron con machetes en mano a la faena diaria.

Pero antes de empezar la jornada un viejo jergón, mimetizado con el color de la tierra, fue despedazado por el filo del acero cuando mordió el talón del Vicente. Felizmente los pies los llevaba protegidos con botas. En esta oportunidad salió ileso. Pero no correría la misma suerte algunos años después cuando un marido celoso lo acusó ante el responsable de una columna tupacamarista de mantener relaciones maritales con su mujer. Esto sucedió en un sector de Bellavista.

3

↑ Volver al índice

La muerte de una joven universitaria por parte de la división de policía UMOPAR, en la carretera de penetración Tingo María-Tocache, desencadenó una protesta generalizada en la región. La chica había sido violentada sexualmente y luego sembrada con algunos paquetes de droga para anular la culpabilidad de los responsables del crimen.

El pelado de miles de hectáreas de coca llevado a cabo en varios sectores aledaños a Tocache y la muerte de dos familias, de las cuales nunca se supo quiénes provocaron estos decesos, fueron otras de las muchas razones para que los hombres del campo y la ciudad se sintieran ofendidos y procuraran realizar una huelga campesina.

En el Alto Huallaga, las huelgas cocaleras se habían ido sucediendo hasta sumar decenas; implementarlas y llevarlas a cabo era de necesidad para frenar en algo los múltiples abusos de los diferentes cuerpos policiales que enviaban los gobiernos de turno supuestamente para controlar el narcotráfico. Quizá por el conocimiento limitado que tenían, quienes dirigían las políticas de interdicción, solo dictaban medidas en contra de la producción cocalera, olvidándose de hacer seguimiento a los capos de la mafia, proveedores de insumos químicos y a quienes surgían de la nada. En este suelo movedizo sólo se hacía la vida imposible a las personas que salían de esta zona, pues se creía que quienes se encontraban en el lugar se revolcaban en un paraíso de dinero y bienestar; entre tanto el Alto Huallaga se encontraba en un total abandono en lo referente a carreteras, infraestructura de locales educativos, centros de salud y saneamiento.

Con todo, no obstante tener razón, realizar una huelga en esta zona, era como agregar apenas una línea más al panorama.

Aquel día Tegonio se encontraba cultivando con lampa. De pronto sintió que ya no tenía fuerzas para seguir en pie. Estaba tiritando de frío, pese a que el sol brillaba a plenitud. Seguramente tenía terciana, pensó.

Regresó a casa enseguida, decidido a reponerse con un descanso. Se introdujo por entre los tablones, y, antes de recostarse en su cama, llamaron a la puerta.

—¿Hay alguien aquí?

—¡Sí! ¿Qué pasa vecino?

—Incómodas novedades Teo, parece que la huelga empieza el otro lunes.

—Eso es cierto. Yo traje la convocatoria.

Tegonio se sacudió del letargo que lo agobiaba, salió hasta la puerta y la abrió. “Gato-plato”, su vecino, como siempre muy afirmado y limpio, apareció en la entrada con un mechón de pelo cayéndole por la frente. El mote se lo puso el morador Fructuoso, en una jornada de minga, cuando servían el almuerzo. Como era en extremo flaco y lucía ojos de gato, aquel patrón deseaba que su trabajador engordara algo. “Gato, trae tu plato para que te sirvan más. ¡Gato-plato!”, y se reía en extremo al abreviar la frase.

—¡Caray, Teo, desencajado el rostro te veo! —exclamó, y sin esperar respuesta le pasó una mano por la frente para comprobar si tenía fiebre—. Ya lo imaginaba —siguió diciendo—, ¡estás que ardes! Te prepararé un té caliente de pamporégano que luego lo tomarás con una antalgina.

—No lo considero adecuado, vecino. Al parecer tengo malaria. Estoy que tirito de frío. Si tuvieras aralen, sería magnífico.

—Oh, en eso no hay problema —expresó, casi entusiasmado—, acabo de traer una docena de aquella medicina. Pero aun así, calentaré agua para que la tomes con una unidad —y diciendo esto se encaminó a prender la cocina a base de leñas.

Una vez puesta a hervir una ollita, se dirigió a su casa a traer la anunciada medicina.

En los días siguientes, antes de la fecha planificada, los hombres de la comarca se sometieron al ajetreo de proveerse de víveres, leña, y otras cosas para afrontar la huelga que se avecinaba. Tegonio y algunos vecinos notables tenían la misión de organizarlos por grupos, de acuerdo a la zona donde vivían. El objetivo principal consistía en encargarles diferentes misiones y así evitar en lo posible las improvisaciones a última hora.

A las tres de la madrugada de aquel domingo de finales de 1985, una columna de hombres, siguiendo un camino cerrado de malezas, llegó a la cima de Ramón Castilla. Desde ese lugar se podía ver a San Juan de Cañutillo en un extremo y en el otro a Nuevo Chilia, además de las llanuras del río Tocache. Al acercarse a la carretera Marginal el camino descendía peligrosamente y acababa en el corte abrupto de un barranco, donde se tenía que hacer malabares para pasar. El lugar se ubicaba a pocas vueltas del puente sobre el río Tocache.

Eran más de sesenta hombres. Algunos llevaban machetes, mochilas, y unos que otros portaban linternas para alumbrarse en el recorrido. La misión consistía en tomar el puente, para bloquear la única vía de acceso. Cuando la luz del día se hizo presente, los piquetes de huelga habían cerrado el paso a los vehículos y hasta a transeúntes.

El lugar de bloqueo era estratégico, con tupiciones y matorrales a un lado, y cortes abruptos y encajonados, hacia el otro.

No llegaron vehículos de ninguna clase, pues los transportistas, al estar enterados sobre el inicio de la huelga, tomaron sus previsiones. Mas no sucedió así con los transeúntes que se desplazaban con bultos, mujeres y hasta niños; estos, para pasar por el piquete, debían permanecer dos horas como mínimo, antes de reemprender la caminata. Debido a esta aglomeración, el lugar tomó el aspecto de una feria dominical.

Así pasó una semana, llena de altibajos, con una serie de rumores que llenaban de ansiedad a los huelguistas. Muchos tenían que cosechar, otros debían fumigar a fin de que la malumnia no malograra las plantaciones; y, por lo general, todos debían realizar una serie de obras propias de la vida del campo.

Transcurrió otra semana y no se logró nada. El gobierno de turno no tenía tiempo para atender esta clase de requerimientos y quizá ni se enteraba de lo que sucedía. En realidad el estado no perdía nada con una huelga en este rincón apartado de la patria; más aún, hacerla, equivalía a inmovilizar un simple mechón de cabellos para intentar dañar el resto del cuerpo. El único sector industrial perjudicado correspondía a la empresa de palma aceitera EMDEPALMA, asentada en algunos puntos de la provincia.

Los hombres iban y venían realizando una serie de comisiones, desde buscar renegados que no participaban en la lucha, así como traer víveres y productos de panllevar de sus parcelas.

En las noches, junto al sólido puente, hacía un frío estremecedor. Las corrientes de aire se desplazaban toda la noche haciendo zumbar los oídos y engarrotando las extremidades. Demás está decir que se prohibió hacer fogatas, y entonces los hombres acudían al artificio de chacchar talegos de hoja de coca y fumar cigarrillos. Envueltos en mantas parte de los huelguistas, armados de silbatos, iban y venían silenciosos sobre las estructuras de fierro y cemento del solitario pasadero, mientras el viento soplaba con denuedo.

Tan pronto se hacía el cambio de guardia los hombres se juntaban en el extremo norte del puente, donde había unos metros de capa asfáltica. En ella, en plena carretera, gozaban de la tranquilidad del lugar, ya que el asfalto guarda una temperatura agradable producto del calor recibido en el día. Esa dulce placidez duraba hasta la medianoche y los hombres conversaban y gozaban a sus anchas del bolo. Para darle relevancia, de vez en vez utilizaban cal extraída de checos de novísimas formas. Entre bromas, los hombres afirmaban que la boca de los chacchantes era el “pozo primigenio” de la elaboración de droga. Apenas rayado el día bandadas de garzas se desplazaban en plena formación siguiendo el cauce de río.

Pasados quince días de huelga, la dirigencia decidió reorganizar los piquetes y concentrarlos en poblaciones grandes ubicadas en zonas estratégicas como La Pólvora, Pizana, Nuevo Bambamarca, Uchiza, Nuevo Progreso, y por supuesto, Tocache. Esto se dispuso con la finalidad de dar un respiro a los huelguistas y permitir dejarles volver a casa a fin de realizar parte de sus acostumbradas tareas. Con esta modalidad, la mitad de los hombres de las comunidades estaban en los piquetes de huelga y la otra mitad en sus hogares. Terminado el turno se hacía la rotación y entonces los que estaban en sus hogares iban a su vez a los piquetes de huelga. De esta manera, la asistencia fue total.

En cierta oportunidad Abelardo Collantes, el presidente del Frente, junto a sus directivos decidieron hacer una “bajada a bases” para dar aliento a los diferentes piquetes. En la fecha planificada, una caravana de motos y camionetas empezó a desfilar en la carretera, abriéndose las tranqueras, a fin de dar paso a los compañeros de lucha.

Iván Upiachihua, un veterano sargento primero del ejército, natural de Iquitos, en el tiempo libre deleitaba a sus compañeros contando historias y anécdotas con las cuales los dejaba maravillados; tenía una forma particular de abordar los temas y lo hacía con una expresión que daba gusto escuchar. En aquella mañana, con su colorada nariz afilada y un mechón de cabello que le tapaba la frente, en medio de un corte pulcro, el exmilitar estaba narrando una aventura sucedida en su campamento. Se trataba de un teniente que se había quedado dormido en horas de la madrugada, después de haber vuelto de parranda, bajo los efectos del alcohol. Según Iván, que estaba de guardia esa noche y que no le veía bien a su superior, le arrebató sin ningún contratiempo el arma de reglamento y lo puso a buen recaudo. La narración estaba en todo su apogeo cuando de pronto todo se vio interrumpido por la caravana de vehículos que pasaba.

Tegonio había comunicado con anterioridad los pasos que se iban a dar, y por esta razón la dejaron pasar sin ningún contratiempo. Sin embargo, ante la cantidad de vehículos sumados a los primeros, Iván tuvo la idea de “sacar la lengua”, para saber de qué se trataba y en todo caso cerrarles el paso.

Los vecinos de una determinada comunidad saben a qué labores se dedica cada uno de sus conciudadanos, por lo que cualquier indagación resulta una simple rutina. El hombre que manejaba una 4x4 de color blanco humo respondió preciso a las inquisitivas preguntas del responsable de grupo:

—Llevo frutas y plátanos para uno de los piquetes de huelga de mi sector, acantonado en el puente de Tocache, en el río Huallaga.

—Y en esos sacos negros, ¿qué llevas en ellos?

El hombre miró con malos reflejos al interrogador; después de dudar, respondió confundido:

— “Bolas”, son “bolas”, compañero. Usted debe saber.

—Eso está mal —dijo el ex sargento levantando una mano y señalando con un dedo en el vacío—, el que debe saber precisamente lo que está haciendo es usted. ¿No sabe que está prohibido hacer negociados con el producto de la coca mientras dure esta paralización? Es sabido que todos estamos involucrados en esta lid, pero no veo bien que mientras unos cuantos hacen negocios, la mayoría de nosotros no podemos ver ni siquiera nuestras plantaciones.

Sus acompañantes se miraron preocupados ante este razonamiento. El vehículo estaba demorando mucho. Cualquier persona de los alrededores podría darse cuenta de que algo andaba mal, por lo que el chofer, sintiendo el peligro, se apresuró a dar una salida que satisficiera a las partes.

—Está bien, compañeros, no la hagamos muy larga. Todos trabajamos y vivimos de alguna manera de esto —dijo, señalando en forma vaga con el rostro—, voy a dejar cien intis al piquete y con eso considero que podemos darnos por entendidos.

—Bien —dijo Iván a media voz—, eso está bien como una salida, pero es mi deber advertirle que no debe aprovecharse del mismo ardid, mientras dure la huelga; de hacerlo, simplemente no lo dejaremos pasar. ¿Queda claro lo que le digo?

—Sí, muy claro. No volverá a ocurrir, se lo aseguro.

—Muy bien, entonces ya puede seguir su viaje.

Pero el responsable del grupo tenía unos reflejos más que picarescos. Apenas la camioneta empezó a rodar, él, en forma increíble se encaramó en ella y arrojó dos racimos de plátano; luego fue a descender, pero un bache en el suelo desigual sacudió con tal fuerza al vehículo que hizo perder el equilibrio al hombre, el cual cayó sin más. Fue un golpe seco y aquel individuo, con el impacto, quedó desnucado. Fue un desgraciado incidente que no melló la marcha de los acontecimientos.

4

↑ Volver al índice

A las cinco de la tarde de aquel sábado, lleno de sobresaltos y movimientos, empezó la asamblea. Debía iniciarse a las tres, pero por tener bases en pleno desplazamiento desde sus lugares de origen, no se pudo cumplir con la hora estipulada.

La plaza de armas de la ciudad tocachina se encontraba abarrotada de gente, siendo el local de la comuna, ubicada en una de las esquinas, el lugar de máxima concentración.

La dirigencia del FEDIT había convocado con varios días de anticipación y en forma obligatoria, a todos los grupos organizados. Los objetivos eran informar y evaluar esa jornada de lucha que, a decir de muchos, no obtenía resultados positivos que todos deseaban alcanzar.

Tegonio, por ser parte de la plana directiva, sabía que uno de los puntos a tratar era la posible suspensión de la huelga. Otro de los puntos era conformar una comisión para que viajara a la ciudad de Lima a fin de informar al país sobre las reivindicaciones que el campesinado de esta parte de la patria exigía al gobierno central. Además, denunciar que los programas gubernamentales del CORAH y PEAH, en su lucha contra el narcotráfico, no estaban cumpliendo sus objetivos. Se sabía que al respecto existía una corrupción generalizada. Quizá uno de los únicos puntos logrados a favor de la causa era la supresión de la temible y aborrecida UMOPAR, que era una suerte de policía inquisidora.

Antes de empezar la asamblea los directivos se encontraban reunidos en el jardín de niños. Al momento de analizar los puntos a tratar había un acaloramiento entre ellos. Tegonio, sobresaltado, pudo comprobar que Andrés Rubio se trababa en una exaltada discusión con el llamado “V doble doble A” a raíz de una observación que el último de los nombrados le había hecho al primero.

—¡No me levantes la voz, carajo! —gritó Andrés a su contrincante, completamente alterado.

—¿Y quién eres tú para no hacerlo? —se exacerbó el robusto compañero.

—¡Yo soy yo, carajo! —le respondió fuera de sí, el otro, con el rostro a punto de estallarle; y, saltando por encima del escritorio, le propinó un puñetazo en el rostro.

La acción tomó completamente desprevenido al oponente que no tuvo tiempo para defenderse; pero de inmediato los demás miembros se arremolinaron entre los actores y los separaron con esfuerzo, hasta que las aguas de alguna manera volvieron a calmarse.

Al poco tiempo empezó la asamblea. Los oradores fueron sucediéndose unos a otros haciendo conocer lo suyo, con énfasis, dando sus puntos de vista.

En la sección de acuerdos se decidió suspender indefinidamente la huelga hasta otra oportunidad y, tal como se había proyectado, también se decidió enviar una comisión a la ciudad de Lima, conformada por Abelardo Collantes, Regner Soto, y un tercero de incógnito. Grande fue la sorpresa para Tegonio cuando el conductor de debates, tras extraer de un sobre cerrado un papel con un nombre que el presidente le hizo llegar, pidiera que se le incluyese en esa comisión. El señor Abelardo Collantes sustentó su petición y la asamblea dio su consentimiento sin que hubiese oposición.

Ya en los comienzos de la noche, al llegar la asamblea a término, el presidente convocó a los demás integrantes de su consejo directivo para reunirse al día siguiente a fin de acometer una serie de tareas y confeccionar la documentación respectiva.

Al salir a la calle y cruzar hacia la plaza el señor Collantes, hablando en voz alta, manifestó sarcástico:

—Y lo hicieron los retacos.

—¿A qué se refiere? —se sobresaltó Tegonio, que iba rezagado llevando un grueso folder documentario en las manos.

—Al grupo que enarboló la bandera grande con la hoz y el martillo.

—¿Querrá decir que fueron los tucos?

El informante no respondió, pero su forma de callar lo decía todo.

Entonces el muchacho recordó lo sucedido. Un grupo de manifestantes ubicado frente al palco principal desplegó, como muchos de los grupos que también exponían sus pancartas y emblemas alusivos a sus demandas, un enorme lienzo con el que, entre arengas y puños en alto, dieron vivas con exaltación. La noche se estaba cerrando. Las escasas luces de los alrededores no permitían ver de qué exactamente se trataba, por lo que Tegonio pensó que era una belicosa base que quería hacerse escuchar. El lienzo no llevaba los consabidos retazos de madera en los costados, por lo que los hombres que la portaban simplemente se la echaron encima como si se tratara del estandarte nacional. La mayoría de asistentes no comprendió el mensaje, incluyendo Tegonio.

Esta fue la primera expresión pública de los pupilos de Abimael y del partido comunista Sendero Luminoso. Aquí empezaron sus manifestaciones, aunque tímidas, pues de inmediato se disolvieron entre el gentío.

El desprecio por la vida de estos acólitos, pronto sería una constante que azotaría con inclemencia a los diferentes lugares del Alto Huallaga, que por entonces ya sufría los embates del narcotráfico y otras plagas sociales.

5

↑ Volver al índice

La comunidad de San Juan de Cañutillo, que siempre tuvo una apacible vida con poquísimas incursiones de la UMOPAR y personas marcadas por la ley, ahora no sólo empezaba a despuntar en producción cocalera, sino también en asaltos, querellas y otros males propios de los lugares donde circula dinero.

0%
Hasta aquí llega la muestra

Continúa la lectura adquiriendo el libro completo.