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Runamula

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Historias secretas de la runamula

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Oswaldo Gonzaga Salazar

PERSONAJE MÍTICO-LEGENDARIO de los pueblos amazónicos en pleno proceso de transformación cultural, en donde el sentimiento religioso del cristiano practicante se entremezcla con las creencias y costumbres arraigadas con la superstición y lo maravilloso del folclore oral.

La runamula (mula y jinete) hace su aparición a todo galope después de la medianoche, aterrorizando a la gente. El diablo con sus malas artes de brujería, transforma a la mujer infiel en mula y la cabalga entre gritos y azotes. Todo esto en el imaginario popular, se refiere a la mujer infiel casada en sagradas nupcias que traiciona clandestinamente a su esposo, peor aun cuando llega al extremo de hacer lo prohibido con el mismo sacerdote, quien representa la autoridad de Dios y la moral de la comunidad, base de la fe católica: un hombre que ha hecho voto de castidad y pureza para llegar a ser intermediario de Dios en los actos sagrados como bautizar, unir en matrimonio, administrar la confesión y absolución de los pecados, mostrando vida ejemplar y digna.

El diablo tentador, por oposición, es el jinete que propicia los desenfrenos pasionales, arrebatos y concupiscencias, conduciendo a sus víctimas a su penitencia y condenación eterna.

En los pueblos, las creencias y costumbres tienen carácter de ley. Es más, la superan. Quebrantarlas equivale a contaminar toda la comunidad, mancharlo todo. Se impone, por lo tanto, el castigo, con el desprestigio, la marginación, la fealdad que producen los cargos de conciencia. Tiene que sufrir la sanción todo el que la transgrede. El retorno al orden y a la norma se impone como parte de la salud moral del pueblo.

¿Es posible el perdón por parte de la comunidad, de Dios, del esposo, del verdadero amante? ¿Cabe o no, o solo la condenación? En ciertos pueblos, las lapidaban; en otros, las expulsaban como apestadas del grupo social. Incluso creían que contaminaban las cosechas.

¿Qué dicen nuestros escritores? Tal vez no sea demasiado tarde y se pueda alcanzar el perdón. Esa alma que quizás fue arrastrada sin poder contener el sentimiento de amor puro que terminó en sacrificio y deshonra. Todo aquello que sucedió entre las sombras de la madrugada (como en las historias tan reales que ellos narran con euforia y dolor), tanto que en determinado momento su pasión supera el miedo a las llamas del infierno y a los azotes del demonio.

Esta es una de las cosas más hermosas que tiene la literatura: que se presta al libre juego de ideas, en la libertad para explorar y opinar.

¿Qué piensa usted, querido lector? Comprometa su conciencia. Entonces descubrirá cosas más profundas de la vida: las acciones y reacciones malévolas del gentío, corazonadas y críticas precipitadas, las viejas chismosas frustradas, las sospechas y rumores maledicentes corriendo con fuerza por montes y quebradas, los runamuleros culpables a escondidas… todo ello en medio de lo real y lo fantástico.

Las creaciones literarias en esta obra, no son solo la noción horrorosa del personaje legendario: conllevan una trama con encrucijadas y hasta feminicidios para la reflexión profunda, haciendo de carácter universal las historias contadas.

Y no lo olvides, la runamula sigue apareciendo los martes y viernes al filo de la media noche en el campo, en pueblos y caseríos que tú conoces.

La runamula de El Embrujo

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Wilmar Frankie Perea Becerra

***

«El río Bravo está realmente impredecible, su caudal ha aumentado su nivel elevándose a dimensiones peligrosas; esto es a consecuencia de las incesantes lluvias de este año. La magnitud de las aguas han ocasionado inundaciones y desastres humanos, puesto que ya van varias personas desaparecidas». (En un noticiario regional).

Una noche en el pueblo de «El Embrujo», algunos pobladores, entre ellos las autoridades, escuchaban atentos las noticias relevantes, sobre todo las referentes a las ocasionadas por el inestable clima.

«Familiares y amigos del párroco Anselmo Gómez piden ayuda para buscarlo, pues lleva perdido en la selva varios días. Según informaciones, el párroco de la iglesia de Los Santos Evangelios fue visto por última vez cuando se dirigía a pie desde El Embrujo a la ciudad de La Calurosa, lugar donde oficiaba. Su amigo, el cura Américo Estupiñán, superior de los padres gregorianos, señaló que está extrañado de su desaparición porque el sacerdote conocía la zona y que para él “es incomprensible que se haya extraviado”».

Al día siguiente, llegó a El Embrujo una comitiva proveniente de La Calurosa y fue de inmediato a visitar al alcalde y solicitar la organización de un equipo de búsqueda.

—¡Acá nadie se pierde! ¡Ahorita mismo nos organizamos con el sargento para buscar al curita! —dijo el alcalde en la reunión.

«Más información sobre el párroco Anselmo Gómez que desapareció misteriosamente en el pueblo El Embrujo hace más de siete días y no hay noticias sobre el paradero de este misionero perteneciente a la Orden de los Gregorianos.

»Lo último que se supo de él fue que salió el viernes once de julio, indicando en la parroquia que iba para El Embrujo para cumplir los compromisos relacionados con su función sacerdotal. Sin embargo, su retorno no fue posible debido a un deslizamiento de tierra en la carretera, por lo que decidió regresar a pie.

»Algunos testigos que lo vieron esa tarde notaron una preocupación por volver, así que lo vieron salir hacia el poblado del Santa, por un camino rural, que bordea la carretera…». (En el noticiario regional).

—Ojalá el padrecito no haya caído al río —hablaban los vecinos.

—Y con lo caudaloso que está, ya vuelta, de allí no hubiera podido salir.

—Ojalá que no se haya adentrado en las chacras de los narcos, ¡aldián!, ¡esos no preguntan, esos te matan nomás! —intervino otro vecino con voz preocupada.

En medio de la discusión un barullo los interrumpió. Se trataba de los equipos de búsqueda.

—Nadie sabe nada, es muy extraño… ¡como si se lo hubiera tragado la tierra! —dijo el delegado.

—¡O el río! —intervino otro.

—Hay muchas versiones de lo que pudo ocurrir y de las rutas por donde pudo ir. Todos suponen, todos rumorean cosas por allí —compartió uno de los sacerdotes que viajaba con el equipo.

—Unos campesinos dijeron que hubo un derrumbe posterior al que cerró la carretera y se llevó parte del camino que pasa por las tierras de arriba, que pudo ser cuando el curita pasaba por allí, entonces suponen que se lo pudo llevar el huayco —comentó un rescatista.

—Unas mujeres dijeron que después de la homilía el padrecito se apuró en despedirse porque tenía asuntos que atender, y que él siempre acostumbraba darse una escapada para relajarse —dijo otro de los buscadores.

—¡Hay rumores de que tenía una amante!... —sugirió alguien.

El alcalde paró este último comentario.

—No hay pruebas —enfatizó. Enseguida se comprometió a ampliar las investigaciones hacia los diversos caseríos no contemplados en la búsqueda, incluyendo a los que quedaban en la ladera del río—. No vaya a desembocar un cuerpo por allí —previno.

—Si ha caído al río Bravo, ¡aldián!, su cuerpo tragado está —comentó a media voz el sargento.

La discusión continuó paralelamente a la organización de la búsqueda. En los días siguientes, los equipos de rescate agotaban esfuerzos pero procuraban mantener las esperanzas. Sin éxito y al retornar, el guardabosque zonal expresó:

—Señor alcalde, mi sargento, seguimos el rastro de unas ancianas que dijeron haber visto al curita varias veces desviar su ruta hacia el poblado de El Manantial, pero no supieron decir con exactitud hacia dónde.

—Para ir a El Manantial, hay que pasar por las faldas de la montaña Ayahuanca —dijo el sargento, entre sorprendido y preocupado, carraspeando la garganta para aclarar su voz.

Un silencio helado intentó detener la voz del sargento, pero él continuó:

—Esas tierras no son de confiar, hay muchas cosas misteriosas por allí, los pobladores dicen que hay chullachaquis, lloronas…, ¡hasta runamula dicen haber visto!

—¿Runamula? —Se sorprendió el alcalde.

«La población feligresa de La Calurosa ha organizado veladas y cadenas de oraciones pidiendo por que aparezca y encuentren al párroco de la iglesia de Los Santos Evangelios que lleva ya quince días desaparecido. Algunos miembros de la Orden de los Gregorianos y los feligreses participan en expediciones de búsqueda sin éxito pero con esperanzas. Además, se movilizaron los equipos de rescate especializados, pero hasta el momento no se ha obtenido ningún resultado favorable. Esto se debe a que la inclemencia del tiempo hace más difícil la misión. Las lluvias no cesan y los caminos están colapsados. El mal estado de la carretera ha dejado aislada a la población de El Embrujo y caseríos aledaños.

»Como parte de esta nota, uno de los informantes del equipo nos cuenta que algunas personas, por su cuenta, han hecho uso de brujos rastreadores y curanderos ayahuasqueros para dar con algún rastro que los lleve a resolver esta misteriosa desaparición, pero no hay resultados claros ni concretos». (En el noticiario regional).

En medio de las noticias uno de los campesinos presentes, en claro estado de embriaguez soltó un comentario desatinado:

—El curita andaba de amores en El Manantial… yo lo he visto varias ve…

Pero recibió insultos y empujones de los feligreses allí presentes hasta silenciarlo y botarlo, mientras gritaban en tono aclarador:

—¡No se puede mancillar el honor de un hombre bueno, de un santo!

***

El párroco Anselmo Gómez era el encargado de la administración de la casa parroquial que se alquilaba para algunos eventos culturales educativos o celebraciones de la población fiel a la parroquia. Aquella semana de su desaparición estaba preocupado por las noticias de los derrumbes y accidentes causados por el clima que azotaba la región. Las últimas noticias que recibió fueron referentes al derrumbe de la carretera recién asfaltada que llevaba a El Embrujo y al huayco que arrasó con una camioneta que transportaba pasajeros. Una tragedia que aparentemente motivó el cambio de su carácter: se puso taciturno y meditabundo, muchas veces de mal humor.

Anselmo tenía la costumbre de dejar el celular en la parroquia para no ser molestado por los problemas de la ciudad cuando él estaba ofreciendo su ministerio en las poblaciones de El Embrujo y los pueblitos circundantes, así podía también tomarse un respiro sin recibir la presión de las actividades cotidianas de la iglesia. Según él, «la palabra de Dios no debe de ser perturbada por minucias caseras». Ya era una práctica habitual en el personal de la parroquia esperar su retorno al día siguiente de su partida, muy temprano, sin demora.

***

Felícita Sangama amaneció con heridas profundas y quemaduras de gravedad; empapada en su propia sangre fue encontrada en su casa, en la chacra donde vivía con su marido Santiago. De este último no se sabía nada, estaba desaparecido.

Los autores del hallazgo, su sobrino y un vecino, la llevaron al poblado El Manantial.

Los vecinos se aglomeraron en torno a ella y se espantaron de verla tan mal, casi irreconocible por la hinchazón que tenía en la cara y el aspecto general de su cuerpo.

Los rumores y habladurías no se hicieron esperar.

—¡Runamula es! ¡Runamula es!

—Anoche ha sido luna llena. ¡Es la prueba!

—¡Amante del cura era la Felícita! —gritaba la gente.

—¡Desgraciada está, hay que dejarla para que muera allí mismo! ¡Tiene castigo de Dios! —vociferaba una mujer frenética.

Evangélicos, cristianos, testigos de Jehová y supersticiosos, huyeron espantados sin darle espacio a la explicación racional; otros, amigos más cercanos, ayudaron al sobrino y llevaron a Felícita en dirección a El embrujo, en busca de alguna posta médica.

—¿Será verdad que es runamula? —se preguntaba el grupo. Los recuerdos de los mitos antiguos que transmitían los abuelos tomaban forma real y eso los atemorizaba por completo—. ¿Será que la Felícita es una runamula?

Imaginar ese cuerpo delicado transformado en una bestia colosal del tamaño de una mula que bota fuego por su boca y ojos y que en las noches de luna llena corría por allí cabalgada por el mismísimo diablo, quien latigueaba su lomo abriéndole profundas brechas en la piel, resultaba inverosímil. ¿Y todo eso por haberse atrevido a ser la mujer de un hombre religioso? ¿Cómo era posible que eso existiera? De ser así, ¿sería verdad entonces que Felícita era mujer de un hombre de Dios? ¿Acaso ese hombre viejo que llegaba a El Manantial y visitaba a Felícita era un sacerdote? ¿Y el Santiago, no sabía nada de eso? ¿Y dónde estaba ahora el Santiago?

El grupo llegó a El Embrujo y los rumores llegaron de inmediato al alcalde, quien junto al sargento se apersonaron de inmediato a la posta médica. Felícita, que ya había perdido mucha sangre, no respondía al tratamiento, no volvía en sí.

—¡Runamula es! ¡Runamula es! —decía la población.

—¿Runamula, otra vez runamula? —se preguntó para sí el alcalde.

El sargento se acercó a él.

—La gente del pueblo está hablando, «runamula» le dicen a la mujer, «amante del cura» le dicen. Yo le quería decir que uno de los hombres del grupo me contó hoy que siguieron un rastro del curita que los llevó al caserío de El Manantial, ¿será?... —le dijo en tono bajo pero preocupado, haciéndolo a un lado.

—Cállese sargento —lo silenció de inmediato el alcalde—. Sobre esta situación mejor no decir nada porque no tenemos nada confirmado. Esta historia nos daría desprestigio y además, ¡no me daría buenos votos! Tendremos que esperar que la mujer despierte. ¿Y tiene marido?

—Solo se ha tomado el testimonio del sobrino; es quien la ha encontrado y traído, dice que del marido no se sabe nada —respondió el sargento.

—Así que tenemos otro que se nos evaporó… —reflexionó el alcalde—. ¡Otro a quien se lo traga la tierra!... ¡O el río!

***

Felícita ya está cansada de vivir en la chacra. El no haber tenido hijos la ha mantenido conservada, pero la vida campesina es dura y marcada por la ignorancia. Pese a eso, a sus cuarenta años aún mantiene una belleza juvenil.

Condenada a vivir en soledad, ha renunciando a sus aspiraciones por el abandono a la que la tiene acostumbrada Santiago Arévalo, su marido, que anda de faenas en montes ajenos o en uno que otro trapiche hasta quedar rendido de borracho. A él, «hombre macho come tachacho», no le preocupa en lo más mínimo lo que sienta o necesite su mujer. Lo que ella diga es letra muerta, tan muerta como su vientre.

Sin embargo, ella encontró el alivio a su tristeza en las palabras del párroco que visitaba de forma permanente el pueblo de El Embrujo, ofreciendo su ministerio pastoral a los más necesitados. Pero la vida es misteriosa y los corazones son débiles ante el amor verdadero. La compasión del párroco despertó un amor incondicional en aquellos ojos tristes, en ese rostro fino y delicado; la amó y Felícita, con tanto amor acumulado para dar, a pesar de sus miedos, a pesar de lo que los demás pudieran decir, se entregó a lo que su corazón demandaba. Y tuvieron un romance puro, inocente pero secreto, oculto de los ojos ajenos, porque la ignorancia es cruel y despiadada. Nadie lo iba a entender, nadie iba a aceptar ese amor inmenso. Y así pasó el tiempo, mucho tiempo.

***

«…y las lluvias, según el SENAMHI, no tienen cuando parar, ya van millones de pérdidas en tierras de cultivo, colapso de carreteras y bienes materiales, y va en aumento las pérdidas humanas y los damnificados, y ante todo esto, ¿qué hace el presidente regional? ¿Qué pasa con el gobierno regional?

»Y la siguiente noticia nos ha dejado consternados. Una víctima más de la violencia contra la mujer, ¿por qué no se hace nada para detener esto? La policía busca a Santiago Arévalo, acusado de intento de feminicidio por ultrajar salvajemente a su pareja Felícita Sangama. El sujeto, según se sospecha, la habría golpeado salvajemente en el cuerpo y el rostro y luego lanzando sobre ella carbón encendido y, tras ello, huyó cobardemente.

»El caso ocurrió en el pasaje del pueblo de El Embrujo, en un terreno rural perteneciente al caserío denominado El Manantial. El paradero de Santiago Arévalo es desconocido». (Otra vez en las noticias regionales).

***

Felícita, como tantas veces, espera la llegada de su amada compañía. Santiago, como siempre, la ha dejado para irse a faenar con sus amigos del caserío lejano donde al finalizar el trabajo siempre juegan fútbol y beben hasta perder los estribos. Una sensación en su corazón le hace pensar que el párroco quizá no aparezca porque la carretera no ha dejado pasar a nadie de la ciudad y la lluvia no ha parado todo el día, está todo enfangado y además, la neblina espesa comienza a cerrar la vista del monte y los caminos. Esa sensación la mantiene inquieta, nada la tranquiliza. Piensa, decide ir por el camino para ver si le da alcance. Sale entonces de su casita en la chacra dejando la tushpa encendida mientras hierve un poco de agua para hacer un café que combata el frío.

Avanza rauda por el camino solitario, mirando a todos lados por si algún vecino pudiera descubrir sus acciones y llega a la explanada pedregosa que está en las faldas de la montaña Ayahuanca, envuelta en todos sus misterios, cubierta por nubes y neblinas. Solo se escuchaba el caudal furioso del río Bravo allí abajo, en el abismo cercano; sin embargo, el río silenció su canto para que Felícita lograra escuchar el sonido de unas pisadas que venían a lo lejos, luchando por no perder el paso. Observó entonces fijamente y en lo poco que podía permitirle la garúa fina y la espesura de la neblina logró distinguir la figura alta y de caminar decidido de su amado, envuelto en capa de lluvia chorreante y con botas de caucho cargadas de una amarilla tierra arcillosa y pasto pegado a ellas. Felícita, de corazón alegre, intenta correr para darle el encuentro, pero un frío intenso la detiene de súbito.

Detrás del párroco la espesa niebla abre paso a una figura terrible: un caballo negro mojado que bota vapor por las fosas y el hocico, con Santiago sobre él como jinete.

El marido de Felícita, con un rostro más duro que un palo chungo, con los ojos fuera de sus órbitas y rojos como la sangre, avanzaba con furia incontenible.

«¿Nos ha descubierto?», piensa Felícita e intenta gritar, pero se le cierra la garganta al ver que el jinete fustiga al caballo con fuerza y galopa sin remordimiento.

Lo ve lanzarse sobre Anselmo pisándolo inmisericorde con el caballo. El cuerpo de este cae, pero, a pesar del golpe y sin saber lo que pasa, intenta ponerse de pie. Entonces, con frialdad absoluta, Santiago gira el caballo y asesta un machetazo en la cabeza del párroco, quedando este clavado en el cráneo.

Sin bajarse del caballo, Santiago voltea la cabeza y mira ahora en dirección de Felícita. Ella, aterrada, sale corriendo desesperada en dirección a su casa, pero sus piernas temblorosas no tienen la velocidad del caballo. La ira del jinete traía olor a trago barato y apestaba a sudor de días. Alcanzó a Felícita y la cogió de los cabellos, y sin detener al caballo, siguió corriendo hasta llegar a la casa y allí, la lanzó hasta estrellarla estrepitosamente contra la tushpa. La leña y el carbón ardiente saltaron violentamente sobre su piel.

Santiago bajó de un salto del caballo y fue sobre ella para golpearla sin piedad. Sin decir palabra, cogió un látigo de caucho, esos de los que se sacan de las llantas de carros, y descargó su furia contra el cuerpo de la mujer. Al verla sin reacción, se detuvo un momento.

—¡Primero me deshago de tu amante y luego me encargo de ti, prostituta! —dijo entre dientes y con la mandíbula tensa.

Y allí la dejó ensangrentada.

Tomó otra vez el caballo y volvió al lugar donde dejó a Anselmo. Lo vio allí, tirado.

—El río, que se lo lleve el río —se dijo.

De esa forma se libraría de toda sospecha. La llovizna y la neblina proporcionaban un perfecto camuflaje. Cogió el cuerpo y lo puso sobre el caballo, caminó entonces hacia una pendiente al filo del abismo y muy abajo divisó el río Bravo.

—Aquí me la pagas maldito, nunca te metas con un verdadero hombre —le dijo al bajar el cuerpo.

Y al empujarlo por el abismo sintió una mano que lo sujetó de la muñeca haciéndole perder el equilibrio y caer, mientras observaba una sonrisa en la cara de Anselmo, el párroco que caía llevándoselo en el último suspiro de su vida.

Pasión y muerte de una runamula que amé

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Werner Gustavo Bartra Padilla

Y, FINALMENTE, MURIÓ. El marido, conjuntamente con tres policías más, irrumpió, arma en mano, en la oficina donde yo la tenía desmayada, en mis brazos. Era la mujer más hermosa que la gente de Santa Rosa había visto en años. La policía me detuvo acusándome del delito de lesiones graves y, a ella la llevaron al hospital regional de Tarapoto, donde, a los cinco días, falleció, víctima de laceraciones múltiples producidas por golpes continuos con arma punzocortante. Cuando murió, la fiscalía, cambió la acusación por el de lesiones graves seguidas de muerte. La población, sin embargo, sospechaba que ella era una runamula. Ahora, yo no lo sospecho, estoy convencido de que sí, era runamula y que fue el diablo quien, con sus golpes, la mató.

La verdad es que yo andaba tan descontrolado por las cosas que me estaban sucediendo con ella que ni siquiera tomaba atención a las murmuraciones de la gente del pueblo, pero el rumor se hizo más fuerte y lo escuché. Así que esa noche no dormí. Aproximadamente a la una de la mañana oí unos relinchos continuos. Tuve la sensación de que esos alaridos decían mi nombre. El galope pasó cerca a la ventana donde, agazapado, estaba escudriñando. No vi nada con certeza pero parecía un caballo montado por un jinete con la melena alborotada, que golpeaba con látigo la grupa del animal, mientras que de la boca de este, parecían brotar chispas de fuego. Ahora sé que no era un caballo sino una mula. Fue todo lo que vi.

Al día siguiente, en uno de nuestros encuentros furtivos e intensos, ella me contó que se sentía mal, que no entendía por qué tenía esos moretones en el cuerpo. Estaba revisándolos cuando, intempestivamente, se cambió de ropa y me dijo que se iba. Al momento de despedirla, se desmayó en mis brazos. Luego llegaron, como ya les dije, los cuatro policías que me empapelaron y por lo que estoy aquí, hablando con ustedes, señores jueces. Pero me parece que, para que ustedes crean en mi inocencia, debo empezar desde el principio...

El domingo que la conocí de cerca, sucumbí al fisgoneo. Me acerqué lo máximo que pude a ella. No logré verle el rostro, porque en este pueblo, todavía, las mujeres usan velos cuando van a misa, pero, sí percibí su olor. Me impresionó tanto el aroma que se desprendía de la mujer que lo tuve en mi nariz por casi una semana. Era una mezcla de perfume de rosas con olor a animal de monte, a venada, fuerte, casi embriagador.

En realidad mi interés por la dama, fue, primero, pura y simple curiosidad porque, desde que llegué a Santa Rosa, los feligreses no hacían más que hablar de la extraordinaria belleza de doña Ludovica del Cisne Murayari, esposa del guardia civil Valentín del Águila. A mí no me interesó en lo más mínimo. En mi actual situación, había cosas que atraían mucho más mi atención que andar indagando sobre la presunta belleza inigualable de una devota. Sin embargo, la fama de la mujer se extendió por todas partes del pueblo. A donde iba, algún parroquiano siempre me hablaba de este tema. Así que decidí que en la siguiente celebración litúrgica me acercaría a ella para ver si había algo de cierto en todo esto. Lamentablemente no logré mi propósito, pero ese bendito aroma se quedó impregnado en mi sistema olfativo por varios días.

Al domingo siguiente, valiéndome de mi cargo, la hice comparecer frente a mí. La verdad que era bonita. No con esa belleza de los cánones occidentales sino, con un no sé qué que solo tienen las mujeres en la selva peruana. Pero lo que a mí me encantó fue su conversación. Tenía cinco años de casada con el policía Valentín. En esos años, había viajado por muchos lugares del país, en especial de la selva amazónica. Había pasado por una serie de vicisitudes y era una católica practicante. Pero, también había escuchado muchas historias de demonios por lo que, según ella, necesitaba hablar de esas cosas para olvidarlas. Me pidió, por favor, establecer reuniones conmigo para afianzar su catolicismo. Me dijo que, a veces, tenía dudas existenciales y crisis de fe y por eso necesitaba mi apoyo. Convenimos que el nuevo encuentro sería el próximo martes, luego de la catequesis.

A la luz de los hechos que ocurrieron posteriormente, creo que este encuentro es crucial para entender todo lo que pasó luego. Si alguno de ustedes, señores jueces, quisiera reconstruir la verdad de esta historia, deberían tener en cuenta esta reunión que, además, fue, absolutamente, formal. Hablamos de varios temas y a mí empezó a encandilarme, de nuevo, la forma de conversar, de argumentar, del fino humor del que hacía gala, que empecé a fijarme en sus labios, en sus ojos, en sus cejas, en especial la del lado derecho, que la enarcaba siempre con una coquetería sin par. Asumí que, por la naturaleza del cargo que yo ostentaba, estaba inmunizado a cualquier situación que implicara algún tipo de acercamiento a una mujer. Fue una trampa en la que caí sin ninguna previsión. Terminé pensando en ella en todo momento y esperando con ansia, casi enfermiza, la siguiente reunión de afianzamiento de su fe. Esta última frase me sonaba hueca e hipócrita, porque lo que estaba sucediendo era que yo estaba perdiendo, casi por completo, mi fe.

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